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A desarmar a los civiles

A desarmar a los civiles

Las personas que están armadas tienen cuatro veces más probabilidades de morirse, que aquellas que andan desarmadas. Esta fue una de las conclusiones que presentó esta semana en Bogotá la australiana Rebecca Peters, considerada como la principal activista mundial del desarme. Estuvo en Bogotá invitada a un seminario internacional.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de abril 2006 , 12:00 a. m.

Desconozco la agenda que cumplió la señora Peters, pero concuerdo plenamente con su causa. Si uno no es policía, militar, detective, escolta o vigilante, estar armado es más peligroso que no estarlo. Es como meterse en un incendio con la ropa mojada de gasolina.

Y si al hecho de tener un arma en la casa o portarla en el cinto le sumamos que el personaje se toma sus tragos, el peligro, literalmente, se dispara.

Sin armas una pelea de borrachos termina con unas costillas rotas y un ojo morado; con una pistola de por medio, termina con una bala en la cabeza de alguien. Y así cualquier incidente: un robo, un choque de carros, una pelea callejera. La persona armada no es solamente un peligro contra sí misma, sino contra cualquier ciudadano: el que está a su lado en una discoteca, el que se le cierra en una vía, un menor de edad en su casa.

Pero entremos a lo serio. La legislación colombiana de porte de armas es ridícula. Recientemente un ciudadano en una conocida discoteca de Bogotá decidió terminar una disputa con unos tiros al techo. Milagrosamente nadie salió herido ni por los tiros ni por el pánico que se creó.

Pues bien, como esta persona tenía salvoconducto en regla, ni fue a la cárcel y en 15 días le devolvieron el arma. Lo obvio en este caso, como ocurre en otros países, es que este irresponsable además de ir a la cárcel, hubiera perdido de por vida la posibilidad de cargar armas legalmente.

Lo que plantea la señora Peters en su cruzada mundial contra el desarme de los civiles, es que las políticas estatales no deben hacer diferencia entre armas legales -con salvoconducto- e ilegales. En su concepción, el mercado legal de armas es el que alimenta el ilegal y por ello es el mismo problema.

A pesar de que se trata de un enfoque extremo, creo que es el correcto para trabajar políticas públicas contra el desarme. El último presidente colombiano que trabajó en serio este tema fue Virgilio Barco que en su ‘Estrategia de Seguridad Ciudadana’ planteó reducir al mínimo el porte de armas, permitiendo su tenencia legal en fincas y residencias.

Sucesiones administraciones abandonaron esta política y hoy lo que se ve es lo contrario: la legislación de porte y tenencia de armas es una de las más laxas del mundo, al punto que deja en total impunidad incidentes como el de la discoteca de Bogotá. Y no existe una política seria de controles y restricciones, ni a nivel nacional ni local.

En el mundo hay dos teorías respecto a las armas en manos de civiles: la estadounidense que puede resumirse en todos armados. Así creció y se desarrollá esa nación, desde los tiempos del salvaje oeste donde todos cargaban su pistola. Incluso los sheriffs de más renombre no eran los hombres buenos, sino los pistoleros más avezados y rápidos. Ahí está la leyenda de Wyatt Earp.

Y del otro lado, está la doctrina de Gran Bretaña que es lo contrario: sólo tienen armas los soldados y policías del reino. Colombia y en general América Latina es, como en tantas cosas, un híbrido entre las dos. Pero está claro que el mundo, y aún Estados Unidos, se está moviendo rápidamente hacia limitar las armas en manos de civiles. Ojalá aquí nos moviéramos en esa dirección

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