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Así vi a ‘Simón Trinidad’

Así vi a ‘Simón Trinidad’

Camilo Gómez, Alto Comisionado de Paz del gobierno de Andrés Pastrana, recuerda a ‘Simón Trinidad’ como el hombre que más hablaba. Tenía una parla larga y fluida, dice.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de abril 2006 , 12:00 a. m.

Ahora está enterrado en un diminuto cuarto sin poder cruzar una sola palabra con algún ser vivo. De cuando en cuando se le permite hablar con un abogado de oficio en presencia de las autoridades federales.

Paul Wolf, un abogado de Washington que está obsesionado con seguir este caso y el curso de la política de extradición hacia las Farc, tiene viva la imagen de ‘Trinidad’ en los días de su llegada a Estados Unidos.

Era un hombre grande y desafiante. Como un árbol de corteza inexpugnable, dice ensayando su español balbuceante. Ahora se lo ve achicado. Parece flotando en un mameluco inmenso de color azafrán con el que asiste a la Corte del Distrito de Columbia donde se le siguen los juicios por terrorismo y narcotráfico.

Sentí ese silencio anhelante en sus ojos. Vi en su rostro esa desazón brutal que va secando los músculos y las carnes en la desolada oscuridad.

Estaba situado a no más de cinco metros de la mesa donde ‘Trinidad’ se sienta a escuchar la traducción de la manera como el juez Thomas Hogan va definiendo su vida.

Fue el miércoles 29 de marzo. Supe la tarde anterior por la periodista Natalia Orozco que a las 11 de la mañana empezaría otra audiencia con Ricardo Palmera, alias ‘Trinidad’, como está registrado en el diario de actividades, a la entrada de la Corte.

Me aventuré a ir quizá para alzar la mano y saludar en cualquier momento a ‘Trinidad’ y saber algo del futuro que le espera, quizá para descifrar un poco el significado de la petición de extradición de 50 jefes de las Farc que ha hecho el gobierno americano.

La experiencia sobrecoge. Afuera, en las calles de Washington, no cabía ya una flor en los cerezos que la primavera regala y no había un rincón abandonado por una luz de algodón que contradijo los pronósticos de lluvia que aparecían en los anuncios del tiempo en los hoteles.

Adentro, en el salón 20-05 de un edificio nuevo que prodigó más espacio a esta corte, había una atmósfera fría e impersonal, que escondía la abrumadora tensión que carga este primer juicio a la guerrilla colombiana en los lejanos tribunales de Estados Unidos.

Una guerra sin cauce Cuando llegué al salón, el juez ya había dicho que desestimaba la petición de considerar a ‘Trinidad’ prisionero de guerra. Se discutía, entonces, el aplazamiento de la audiencia.

Pero se hablaba como si se tratara de chulear una tarea más en la agenda de cada uno de los abogados de la acusación. Nadie tenía apremio. Eso podía esperar. Alguien señalaba una fecha en el mes siguiente y otro contestaba que no podía porque tenía otra actividad. Así hasta que fijaron un día en octubre para la audiencia por terrorismo y otro en febrero del 2007 para el juicio por narcotráfico, al que dijeron, asistirán 25 testigos desde Colombia.

Mientras uno y otro abogado de la acusación o de la defensa se ponían al frente del juez para proponer o rechazar algo, le daba vuelta al escenario.

Quizás 120 metros, quizás más.

En el extremo de la entrada al salón, en el estrado más alto, recostado a la pared, Hogan, impertérrito, llama, ordena y decide. En la segunda fila, dos asistentes están pendientes de los detalles.

Luego, en el llano del lugar, a un lado, alrededor, en una mesa en forma de media luna, se sientan los abogados acusadores; al otro lado, en una mesa similar, ‘Trinidad’ y sus abogados de oficio.

Separadas por una baranda están unas bancas para los asistentes. El miércoles apenas seis personas: cuatro periodistas que cubren para Colombia, el abogado Wolf y yo, que preguntaba cada cosa para entender un poco.

Miraba y conversaba, pero también recordaba cosas extrañas. Una historia que oí en los días del 2004, cuando apresaron a ‘Trinidad’ en Ecuador. Que ‘Trinidad’ o Ricardo Palmera y ‘Jorge 40’ o Rodrigo Tovar Pupo eran vecinos en Valledupar y compartían juventud, parrandas y dinero en tiempos que ahora parecen lejanos y en situaciones que ahora suenan imposibles.

Pensaba si ‘Trinidad’ hubiese podido ver en días recientes a ‘Jorge 40’, enfundado en un vestido camuflado entregando un fusil al maestro Escalona, en una desmovilización aplaudida de miles de hombres que le ayudaron forjar mediante el terror, la muerte y el narcotráfico el mayor poder regional de que se tenga noticia en los últimos años. Si supiera que él sólo ofreció devolver 20.000 hectáreas como compensación por los beneficios recibidos en una negociación de paz saturada de interrogantes.

Mi memoria iba también al sur del país, a las selvas ignotas y azarosas donde cientos de secuestrados están en manos de la guerrilla en un mundo menos sofisticado, pero no menos incierto y doloroso que los escuetos salones de las cárceles y los tribunales norteamericanos. Alcanzaba a sentir también los ojos de aquellos presos del destino y la injusticia que claman por un acuerdo humanitario o por el anuncio de una libertad que los devuelva a la vida y a la esperanza.

Es la enredada guerra de mi país, me decía, que ahora tiene todos esos quiebres y paradojas. ‘Simón Trinidad’, de una guerrilla surgida en las entrañas de la controversia política interna en la Colombia de los años sesenta, juzgado ahora en cortes de Estados Unidos por narcotráfico. ‘Jorge 40’ en las mieles de la victoria y la paz en una Costa Caribe no menos incierta que el sur, asediado por una confrontación en la que participan con igual furor actores internos y fuerzas del exterior.

Vuelto a la realidad de la sala de la audiencia supe por todos los signos de apenas una hora de deliberaciones, que a ‘Simón Trinidad’ lo espera un juicio largo y feroz en el que no se ahorrará ningún recurso para demostrar su culpabilidad.

La Corte del Distrito de Columbia se juega en la cabeza de ‘Trinidad’ la posibilidad de forjar argumentos que le den piso legal a la petición de extradición y al juzgamiento de la cúpula de las Farc como un cartel de la droga. ‘Trinidad’, en la hora de su vida, en el reto de mantener el trasegar de su existencia en el cauce de la política, en la batalla por no asomarse al umbral donde las miserias del cuerpo dan paso al quiebre del espíritu y un abismo entre pasado y presente se abre sin remedio.

*lvalencia@nuevoarcoiris.org.co.

NO ES EL MISMO ''En los días de su llegada a Estados Unidos era un hombre grande y desafiante. Como un árbol de corteza inexpugnable”.

Paul Wolf, abogado de Washington

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