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¿Filantropía o inversión?

¿Filantropía o inversión?

“Hace falta más filantropía, sin duda, pero el problema en el fondo es de redistribución y de una real solidaridad.” Válida la afirmación del editorial de EL TIEMPO del pasado domingo 26 de marzo, cuando contrapone el dramático informe sobre la pobreza, particularmente rural, con las ostentosas noticias sobre la riqueza de los más ricos y la generosidad de quienes ofrecen entregar un porcentaje de la suya para atacar el problema.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
04 de abril 2006 , 12:00 a. m.

La filantropía es hermana de la solidaridad, y realmente no creo que estén haciendo falta en este país, de miles y miles de esfuerzos, valiosos sí, pero desarticulados frente al objetivo de lucha contra la pobreza.

“El problema en el fondo es de redistribución.” ¡Claro que ese es el problema! Pero la redistribución no tiene que ver con el buen corazón de las personas. No es con la ‘real solidaridad’ de unos como vamos a solucionar la extrema pobreza de otros. Ni es dejándoles esta tarea a las fuerzas del mercado, que en estas latitudes han demostrado, por el contrario, ser agentes de concentración en favor de quienes pueden duplicar sus fortunas en dos años o echarse al bolsillo 5,5 billones en uno solo.

En una sociedad tan inequitativa como la nuestra, la redistribución de la riqueza debe ser competencia del Estado a través de un instrumento por excelencia: la política fiscal. Si hoy estamos en el podio de la inequidad en América, no es porque los ricos colombianos sean más o menos generosos; es porque la política fiscal se ha plegado a sus intereses, ha sido regresiva y no ha cumplido con su finalidad redistributiva en favor de la sociedad como un todo.

Son varias las causas: el inmediatismo del ingreso, que la ha convertido en una colcha de retazos; la complejidad, porque la transparencia es hija de la sencillez, y es por nuestra confusa maraña tributaria por donde se cuelan habilidosamente los intereses de unos pocos, apadrinados por otros pocos, pues otra de las causas es el perverso contubernio entre poder económico y política.

Y como el poder económico es eminentemente urbano, la política fiscal responde a ese sesgo, que ha permeado el quehacer público, desde Lauchlin Currie hasta nuestros días. La ‘urbanización’ del país como palanca del desarrollo no tenía nada de malo. Lo malo fue haberla hecho a expensas del abandono rural, lo que generó un círculo vicioso de desinversión y desinstitucionalización, pobreza y violencia.

Bienvenidos la filantropía y el voluntarismo, pero el campo no necesita que los ricos urbanos ‘le donen’ el 20 por ciento de su riqueza. Necesita que se lleven para allá esa riqueza y, sin regalarla, la pongan a trabajar –que bien saben hacerlo a juzgar por los resultados– y generen empleo, institucionalización y bienestar, que son el complemento de una política de Seguridad Democrática.

Es muy cómodo pensar que la inversión florecerá en el campo una vez se restablezca la paz. Es al contrario: sobre la base de la seguridad que debe proveer el Estado, la paz ‘se construye’ a partir de la inversión que genera desarrollo y disminuye pobreza.

Esa es la tesis que está detrás de la propuesta de inversiones sustitutivas de impuestos, presentada al Gobierno por Fedegán para que, finalmente, una política fiscal consecuente facilite el flujo de recursos hacia el campo.

Que los que más ganan, más paguen –como debe ser– y que una parte de esos impuestos pueda ser ‘remplazada’ por inversiones donde se necesitan. Es un verdadero gana-gana: gana el campo; gana el Estado; ganan los inversionistas; ganan los pobres, que dejarán de serlo; gana la paz... gana Colombia.

* Presidente de Fedegán

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