GONZALO ARANGO

Difusa y levemente herida en mi memoria he rescatado en estos días la imagen de Gonzalo Arango. Un hombre que de muchas formas fue un ser extrañamente maravilloso. Un solidario y un solitario. Un enigmático y un transparente. Un hombre que padeció el caos y el cosmos. Un ser tibiamente atormentado por ese delirio siempre incomprendido e incomprensible de ser y sentirse poeta. Por supuesto que en él resplandecían un alma y un carisma que proyectaban su imagen con fuerza y certidumbre sobre el espectro colectivo. El nunca fue exactamente un ciudadano, es decir esa clase de personas sin ninguna importancia colectiva. Fue un hombre público, desafiante, belicoso muchas veces, inocente y manso casi siempre.

26 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Pero fue un rebelde esencial y metafísico, con esa rebeldía que no perdona ni entiende la anodina y ridícula crítica izquierdizante que solo ve en un poeta un producto elaborado por el tiempo (el periódico naturalmente) o un criminal de lesa humanidad que cometió entre nosotros el abominable delito de llamar poeta de la acción al doctor Carlos Lleras Restrepo.

Conocí a Gonzalo de una manera fugaz, pero que quiero imaginar intensa. Fue en las afueras de Popayán. Ahí descubrimos y exploramos un Popayán de yerba pensativa. Y conversamos de Nietzsche, del que Gonzalo dicho sea de paso solo tenía un conocimiento fragmentario y casi de salón. Y conversamos, supongo yo, del futuro y del amor, del poder y la lujuria, del cielo y del infierno, con alguna que otra mención de alucinógenos.

En esos pretéritos Gonzalo ya era un profeta en alborotado ejercicio. Ya era un hombre que pese a todo encarnaba una ruptura de la sensibilidad y del gesto frente a un país con persistente olor a misa de cinco. En él sin duda había talento, ese delicioso, escaso y amargo fruto que sostiene toda certidumbre. Su pequeño y casi olvidado libro de Sexo y Saxofón es una prueba evidente de lo mismo y sin duda muchas de sus cartas también lo testimonian.

Pero con o sin talento literario o publicitario, Gonzalo estaba condenado, por obra de los dioses indescifrados que orientan el azar histórico, a convertirse en un hombre y casi en un símbolo de un nuevo país que quería liberarse del idiotismo ideológico que en su momento parecía imponernos el marxismo.

También él fue una señal de luz y de alerta sobre la opaca y oscura presencia que ha significado entre nosotros el predominio de una seudo cultura aristocrático-alpargática a la que le debemos la muerte de nuestras mejores potencialidades y nuestra secular alienación en lo insignificante.

Creo que es conveniente y justo recordar que Gonzalo Arango, así fuese balbucientemente, tocó y abrió horizontes que estaban vedados en nuestro medio. El entreabrió un poquito la puerta ecológica. En un prematuro ataque de maravilloso hippismo , invitó a que hiciéramos el amor y no la guerra. Sin el dramatismo oscuro y equívoco de Barba Jacob, nos habló de la inocente marihuana y divulgó un poco el pensar y el sentir de los existencialistas y se burló con audacia y con ese siempre necesario espíritu iconoclasta de toda una serie de fetiches desdibujados, a los cuales les ha rendido culto este país domesticado en la estética de la sumisión a los valores ajenos. Y eso ya es suficiente.

Del nadaísmo no quedará nada, solo el recuerdo de Gonzalo. Su memoria atrayente y sugestiva, su gesto desdibujado pero interesante. Afortunadamente los profetas no tienen la deleitosa costumbre de reproducirse. Una flor de futuro a la memoria y a la tumba del poeta amigo.

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