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La mañana que fui el huésped de los nukak

La mañana que fui el huésped de los nukak

Solo los había visto por televisión y de pronto, en una curva de la enmarañada trocha apareció un grupo de ellos. Lo presidía un hombre con un machete y más atrás, con la cara pintada de rojo, venía una mujer con un hacha.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
02 de abril 2006 , 12:00 a. m.

“¿Ya habrán desayunado?”, le pregunté a Jorge Díaz, un periodista del Guaviare que me acompañaba, mientras la mujer del hacha no me quitaba los ojos de encima.

Allí estaba, al frente de los nukak makú, la última etnia nómada que ahora está acorralada y vencida, y que lo único que todavía mantiene libre es el espíritu.

Nos saludamos con sonrisas. Supe que salían de cacería y a conseguir los frutos con los que se alimentan. Mi guía me aclaró que el hacha era para conseguir leña.

Dos minutos después llegamos a la finca de la Alcaldía en la que fueron ubicados, a 8 kilómetros del pueblo. Un grupo de niños, la mayoría mocosos, corren a recibirnos. Nos miran, se ríen.

Allí hay 16 familias, compuestas por 138 personas, 51 de ellas menores.

Algunas llegaron en noviembre pasado y otras el 18 de marzo. Hay quienes dicen que salieron huyendo de las Farc y otros que llegaron buscando comida. Los últimos, que provenían de la zona de Tomachipán (San José del Guaviare), dicen que caminaron cerca de dos meses para llegar a la ciudad.

En este sitio hay nukak por todos lados. Unos reposan en hamacas, otros cocinan y otros preparan cerbatanas.

Llego a la primera vivienda, que al igual que las demás no tiene puertas, simplemente porque no tiene paredes. Claro que tampoco techo, pues están cubiertas por unas cuantas hojas de palma que dejan pasar la luz, y el agua.

Saludo a un hombre de unos 35 años que me responde algo. Entonces una mujer comienza a tocarme el brazo, a mirarme a la cara y a sonreírme de manera ingenua. Volteo la cara y se para de nuevo frente a mí, a tocar mi escuálido brazo y a sonreírme. Me hace como sonrojar, pero hace días no me sentía atractivo.

En el suelo, un caldero sobre unos leños. Pregunto qué cocinan y no hay respuesta. Entonces miro y dentro de la olla hay un pedazo de mico. ¿Ustedes comen mico?, pregunto con cara de preocupación y el hombre que está a mi lado sonríe y me señala un pequeño mono que tiene un menor en su cabeza. No más preguntas imbéciles.

Paso a otra casa en la que está Grayid, un viejo, que según Alba Acosta, la promotora de salud que los atiende, tiene 85 años. Está acostado en una hamaca, al igual que por lo menos otros 10 hombres, y eso que son las 8:30 de la mañana. Nada parece preocuparles.

Le hablo y él mira sin contestarme nada. Señala el techo y le dice a Alba “agua”, mostrando que las hojas de palma les dejan pasar la lluvia. “Me están pidiendo unos plásticos para cubrir esos techos”, dice esta mujer que prácticamente se ha convertido en su mamá.

Es entonces cuando desde otra de las chozas un hombre me grita “plata, plata”, mientras come una pasta a medio sancochar. Se nota que han tenido contacto con los blancos.

Todos tienen la mirada ingenua, de niño, la de alguien que pareciera no conocer la maldad, sino la dulzura de la miel que cada mañana salen a buscar en los panales de abejas angelita, que abundan en esa selva. Claro que también comen frutos de las palmas y, en ocasiones, sapo lagunero.

En el lugar también tienen sembradas unas 10 matas de yuca y unas pocas de maíz. “Dicen que con yuca llega el saíno (puerco salvaje) y hay carne y que con la mazorca llegan los monos y hay carne. Dicen que si no siembran, no hay nada”, cuenta Alba.

De acuerdo con ella, 17 de ellos llegaron con paludismo y casi todos con desnutrición.

Piden que les deje ver las fotos. Las ven en la pantalla de la cámara y de nuevo risas y a pronunciar extrañas palabras, por lo menos para mí.

Finalmente me despido. Allí quedan esos nukak, muy puros, muy solos, pero aparentemente felices, sin preocupaciones. “Ollobened (adiós)” les digo con acento capitalino. Algunos me responden y mi amiga de rato atrás ya ni me mira, me ignora.

NO SABEN QUÉ HACER CON LOS ÚLTIMOS NÓMADAS Los nukak makú han vivido en el Guaviare desde hace unos 200 años. Proceden de grupos más antiguos que han habitado en la frontera entre Colombia y Brasil.

La primera vez que se habló de esta etnia fue en 1988.

La base de su cultura es el nomadismo y la recolección, por lo que el desplazamiento forzado a núcleos urbanos les impide ser autosuficientes.

Se calcula que actualmente su grupo está integrado por unos 500 nativos, lo que indica que cerca de un 30 por ciento está desplazado.

El Ministerio de Cultura tenía planeado postularlos ante la Unesco para que este organismo los declare Patrimonio de la Humanidad y así promover su protección.

El gobernador (e) del Guaviare, Jorge Fernando Ramírez, dijo que los nukak no están organizados ni cuentan con un líder, lo que dificulta ayudarlos.

Por su parte, el secretario de Gobierno, Henry Rincón, dijo que que por el momento deberán permanecer en el predio de la alcaldía debido a que no se pueden devolver a la selva “hasta que no haya la seguridad de que nada les va a pasar”.

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