Ganar no es lo único

Ganar no es lo único

“El Madrid tiene que ganar todo siempre”, repiten quienes dirigen el club español, como si el mundo dejara de funcionar en caso contrario. Pero el Madrid no ha ganado ni la copa de leche en tres temporadas y la vida continúa. Nadie murió.

26 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Soberbia pura: no hay clubes ni deportistas con mandato divino para vencer eternamente. Son procesos. El Madrid apostó a vender camisetas antes que formar un equipo vencedor y hubo una lógica de acero: a) hizo mucho dinero, b) perdió todos los torneos que disputó. Lo cual no es grave, no es deshonroso perder. Eso sí: dado que se arroga el triunfo como única posibilidad, al menos es fracaso.

Una serie de frases seductoras, aunque falsas, fueron echadas a rodar y millones compraron: “Ganar es lo único”, “Ser segundo es nada”. La ultracultura del éxito. Naturalmente, todo deporte tiene un objetivo. El del fútbol consiste en hacer más goles que el adversario. Nunca es mala la victoria; para eso se compite. El foco debe centrarse en otros temas: 1) qué se disfruta, 2) para qué sirve.

Ganar de casualidad, jugando horrible, por un error del árbitro o un gol en contra, ¿alegra? Uno de mis mejores recuerdos de hincha es de una tarde en cancha de Deportivo Español. El árbitro le regaló un penal a Independiente; nos miramos con mi hermano, mi sobrino, mis hijos y dijimos a coro: “Dios quiera que lo falle”. ¿Qué satisfacción podía proporcionarnos ganar así? Un triunfo sin sustento futbolístico, ¿a quién le sirve? Claro, las obligaciones son diferentes según de quien se trate. La modestia de campeones como Cienciano, Once Caldas o Grecia los exonera de revisar su estilo, incluso sus merecimientos. Más que eso: es justo ser indulgentes con ellos.

“¿Qué prefieren, jugar bien o ganar...?”. Los apologistas del resultado por el resultado mismo (una tontería) han desparramado esa falaz disyuntiva.

Como si fuesen premisas opuestas. Jugar bien es el camino más seguro hacia la victoria. ¿Qué es jugar bien? Todos sabemos: buen trato del balón, precisión en el pase, atacar y defender con eficacia, tener orden y, sobre todo, armonía de conjunto.

El buen juego hay que coronarlo con la victoria, si no es una mesa de tres patas. Pero ganar no es lo único. La actitud, las formas, las circunstancias, el espíritu pueden convertir el resultado en anécdota.

Perder es una de las posibilidades del deporte y hay que asumirla con tolerancia y dignidad. Nadie puede vencer siempre. Hasta el Santos de Pelé perdía. Y era una máquina.

Desde niño vi a mi querido club ser 25 veces campeón. Fui muy feliz de ser simpatizante de Independiente. No obstante, nunca sentí más orgullo que una noche de 1987, cuando cayó de local 4 a 2 con Peñarol y fue eliminado de la Copa.

Dio aquella vez una demostración tan notable de grandeza... En tres contragolpes certeros, Peñarol se puso 3-0 arriba. De allí en adelante, Independiente virtualmente lo arrolló. Eran tiros en los palos, salvadas milagrosas sobre la raya, despejes providenciales... Todo con base en fútbol puro, toques, gambetas, paredes, una mentalidad ofensiva fabulosa y un coraje rayano en la intrepidez. Simplemente, faltó suerte. Además, Peñarol era un magnífico equipo, pleno de jóvenes veloces y efectivos. El Maestro Tabárez, técnico mirasol, confesó tras el juego: “Ahora entiendo aquello de la mística roja. Si ganamos este partido, estoy seguro de que seremos campeones de América”. Lo fueron.

Volví a casa emocionado. Aun perdiendo, Independiente hizo temblar a Peñarol.

Años ha, Bernardo Neustadt era el periodista estrella de la televisión argentina. Llevaba invitados de lujo a su programa. Trajo de México a Roberto Gómez Bolaños, colosal autor de El Chavo y El Chapulín Colorado.

Neustadt le preguntó qué clase de superhéroe era el Chapulín, que siempre sentía miedo. “Ahí está su mérito –replicó el genial actor mexicano–, en que, aun teniendo miedo, les hace frente a los peligros”.

Lo que el hincha quiere de su equipo es que lo represente. Aun en la derrota.

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