Vida y época de Michael K .

Vida y época de Michael K .

Este extraordinario relato del inigualable escritor surafricano J. M. Coetzee fue publicado por primera vez en inglés en 1983 y su reedición en español por el sello Mondadori lo convertirá en acontecimiento de la Feria del Libro, que ya se acerca.

24 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Es una novela que, como toda la obra de este hombre enemigo de entrevistas y de portadas, está muy a tono con la posmodernidad: no hay promesas de nada, no hay utopías, ni paraísos, ni porvenires. Parece una lección de budismo, pues todo es leve y la vida es transitoria; es como una superstición o un umbral entre el ser y el no ser.

Michael K es un ser ahistórico, anodino y fuera del tiempo. Su vida, si así se le puede llamar, es una ilusión o una proyección de su mente.

Cada vez menos cuerpo y menos necesidad de cuerpo. El hambre ya no le hace mella, es solamente una sensación de la que no se puede prescindir, pues es paradójicamente la única forma de percibirse y de saberse vivo o, al menos, listo para la muerte.

Desde que nace, K sólo conoce desventura y miseria. Pocas veces en la literatura se ha poetizado la miseria humana como lo hace el premio Nobel del 2003.

El autor reescribe la mejor tragedia griega, la que nunca se escribió; reescribe los míticos pasajes de la tierra prometida y del descenso al Hades.

La condena es permanente y los dioses, o se largaron todos, o simplemente no les interesa un individuo como K. Hay una guerra en Sudáfrica y el fenómeno del desplazamiento es frenético (y, como la vida imita al arte, dentro de poco esto no le será ajeno a ningún colombiano).

“No había trabajo, tampoco había alojamiento. Si ellos se sumaban a ese mar de hambrientos, pensaba K, ¿qué oportunidad podían tener su madre y él? ¿Durante cuánto tiempo podría empujarla por las calles en su carretilla, mendigando comida?”.

Para todos hay sólo dos destinos posibles: un campamento o la muerte, siendo, desde luego, más benigno lo segundo que lo primero.

La desesperanza es total, K quiere conservar las cenizas de su madre pero ni a eso tiene derecho y la única manera de estar medio vivo es olvidándose de la humanidad, de la suya, y convertirse en bestia proveyéndose de lo que sea...una cabra, una calabaza, un insecto, una gota de agua, una larva o una semilla.

“Su necesidad de alimentarse disminuía cada vez más. El hambre era una sensación que ya no sentía y apenas recordaba. Si comía lo que buenamente encontraba era porque todavía no se había liberado de la creencia de que los cuerpos que no se alimentan mueren.

“No reparaba en las cosas que comía. No le sabían a nada, o le sabían a polvo (...) derribaba saltamontes en el aire con su chaqueta, arrancándoles la cabeza, las patas y las alas, y machacándoles el cuerpo hasta convertirlos en una papilla que luego dejaba secar al sol”.

Es obvio que Michael va a morir, pero su muerte tan necesaria deberá ocurrir fuera del relato; el réquiem ya está compuesto y no hay caso escribir un párrafo más.

Si lo inminente ocurre, pierde su condición de inminente. K ya regresó al punto de partida del incumplido viaje con su madre enferma, las cenizas de ella y las suyas son una sola. ¡El resto es silencio!

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