¡Sorpresa, polichinela!

¡Sorpresa, polichinela!

Con los días aumenta la sorpresa de los comentaristas al referirse a las elecciones. Para este servidor los resultados son normales, sin magia: simplemente la gente se apartó del estilo de corrillo capitalino. El elector de a pie, aquí y en provincia, se apartó del alud de sobradez minimalista de los sabios bogotanos y del acoso cotidiano de unos periodistas que madrugan a meterle mala leche al cotarro -añoran tal vez los tiempos de Fernando VII- atribuyéndole al Presidente todo lo que hacen o dejan de hacer miles de funcionarios, militares, policías, congresistas, los propios uribistas, los antiuribistas, las cortes, los gringos, los alcaldes y hasta los ‘paras’. Resuelto ese galimatías, las cosas obedecieron a la lógica.

22 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Al país no se le puede decir que estamos bajo una autocracia insolente, ajena a las preocupaciones del común, porque el ambiente real es bien distinto. El Gobierno tiene desaciertos a montón, pero se esmera. Y no se le puede acusar gratis de antidemócrata, menos si quienes lo dicen se confiesan amigos de Chávez o son de los que hacen visita periódica a Raúl Reyes. La sorpresa es cómo algunos politólogos subidos de lote insisten en explicar su despiste a contravía de todo su arsenal de semanas atrás. Los medios les siguen dando coba y ellos no tosen siquiera. Hubo alguien atinado, el ex presidente Samper, tratando de evitarle al liberalismo el oso de tildar de ultragodo a Uribe con argumentos de baratillo.

Hay todavía quienes padecimos verdaderos gobiernos de derecha en el pasado, que los caricaturistas juppies ni se imaginan. Si de algo sirviera, valdría analizar con toda la ferretería académica si no es precisamente Uribe quien nos ha librado de una coyuntura perfecta para un régimen autoritario. Una prueba está en que el más connotado heredero del falangismo clerical se quemó, y el más inteligente filolaureanista de la generación siguiente ahora es el candidato de confianza de las Farc. Hay otras lecciones. Primero, la recomposición del mapa político con nuevos partidos y una izquierda joven menos ambigua. Se dice que los caciques se cambiaron de bando y es verdad que algunos sobreviven con etiqueta prestada, pero sin el mismo poder. El régimen de bancadas los acabará de meter en una nueva dimensión del oficio congresal.

La otra lección es pedagógica: el lector puede constatar que los perdedores de todos los bandos tenían un rasgo común: un yoísmo arrogante, un hablar siempre en primera persona. Muchos de ellos critican como cotorras el ‘mesianismo’ presidencial, pero me pregunto si alguien ha oído a Cecilia López, a Serpa, a Lucho Garzón, a Mockus, a Peñalosa, a Navarro, hablar de cualquier cosa sin nombrarse ellos mismos como el polichinela dueño del bate. La fronda bogotana cree que la virtud del trabajo, la tenacidad, la austeridad y el lenguaje modesto son virtudes provincianas, aburridoras, que hay que soportar cuando al pueblo le da por elegir un paisa montañero o un payanés anticuado. No quiere aprender que esas son las virtudes que Colombia verdaderamente respeta. Y como es el colombiano del montón el que vota, les hizo pistola a los ‘yoes’ inflamados que no paran de alabarse.

Ser presidente o congresista vuelve a exigir que el candidato salga a la palestra sin moño narciso: los futbolistas, el oportunista viudo de secuestrada, los figurines del espectáculo, los líderes gremiales en busca de curul, los predicadores sacados del púlpito y los hijitos queridos de papá-Dios. Que vuelvan todos a su oficio si lo saben hacer, y dejen que la política se distinga de un concurso por el factor equis o ye. En eso fue un maestro Carlos Gaviria, el primer candidato de la izquierda democrática que exhibe total discreción intelectual y decencia personal, desde Gerardo Molina.

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