Violencia fraterna: Colombia imita a Caín

Violencia fraterna: Colombia imita a Caín

Cuando leía en mi dosis cotidiana de prensa que la sociedad empieza a preocuparse por los niveles de “violencia fraterna” (Caín que mata a Abel, el hermano mayor que golpea a la hermana menor), un titular me atrae hacia otro asunto. Es el viaje del presidente Álvaro Uribe a Bolivia, donde Evo Morales le regaló un retrato de Bolívar elaborado con hojas de coca.

22 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

La firma del TLC impedirá a Colombia seguir comprando soya a los agricultores bolivianos, que exportaban casi la mitad de su producción a nuestro país. Este mercado será, en adelante, de los Estados Unidos. Y más gordo, porque el cupo de 500 mil toneladas que adquiríamos a los bolivianos se amplió a 900 mil para los gringos.

El gobierno de Morales tenía la esperanza de que Uribe no cerrara del todo la puerta a los soyeros, que dan empleo a 120 mil personas. Pero no fue así.

El visitante acudió a decir a sus ilusionados huéspedes que el TLC es un hecho consumado, que Colombia podría otorgar préstamos a los productores de soya bolivianos y que se ofrece a mediar con Estados Unidos para que le den una ayudita a Bolivia.

Según el diario La Razón, el desconsolado vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, resumió la visita en una frase y un suspiro: “Colombia vino a decirnos que este es un asunto ya cerrado. Se abre como última opción ir a Estados Unidos”. Asestado el golpe, Uribe recibió su Bolívar de art-cocó y volvió a Colombia.

El primer tema de mi dosis de prensa cotidiana parece totalmente distinto, pero en el fondo es exactamente igual al segundo: violencia fraterna. Pocos días han pasado de la firma del TLC, y ya Colombia se gradúa de maltratador de sus hermanos de lengua, sangre e historia. Le hemos quitado el mercado de la soya a Bolivia, uno de los países más pobres del continente, para dárselo a los Estados Unidos. Así de sencilla es la cosa. Así de cruel. Ahora nuestro presidente se pasea por ahí con aires de amigote de George Bush y hace pinitos como aprendiz de imperialista prometiendo préstamos a los productores que quebrará.

¿Es esto lo que querríamos todos los colombianos? ¿Convertirnos en esquiroles dentro de nuestra propia región? Evidentemente, no. Pero sí es lo que buscaron siempre los delegados estadounidenses: dividir para obtener ventaja, negociar con cada país –no con el bloque, como pedía América Latina–, para terminar enfrentando a los vecinos y sacándole a cada uno el máximo jugo.

Se consuma así la cadena ecológica del poder económico: Washington es nuestro matón, y nosotros somos los matones de economías más pobres. Ya nos habíamos lucido al apoyar –único país suramericano– la invasión de Irak, cada vez más sangrienta y complicada. Ahora nos exhibimos como agentes oficiosos capaces de vapulear al prójimo y luego llamar compasivamente la ambulancia rubia.

El Congreso tendrá que pronunciarse sobre el TLC. Que piense en el grado internacional de violencia fraterna que este tratado fomenta. Y que se inspire, para otros capítulos, en el verde retrato de Bolívar. Fue el Libertador quien, el 31 de julio de 1829, dictó un decreto que debería motivarnos a todos. En él planteaba la urgencia de “proteger los bosques de Colombia” mediante el control de “el gran exceso en la extracción de maderas”, y, con profética visión, ordenaba cuidar, en particular, las especies vegetales “útiles para la medicina”. Creaba, con tal fin, un cuerpo de inspectores del que formaba parte un médico, a fin de procurar que estos árboles dieran “todo el beneficio necesario” para los ciudadanos. Lo opuesto al TLC. El Libertador, qué duda cabe, jamás lo habría firmado.

cambalache@mail.ddnet.es

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