ÑEROS : UN TÚNEL SIN SALIDA

ÑEROS : UN TÚNEL SIN SALIDA

Los dados ruedan sobre el asfalto, en medio dos billetes arrugados, varios montones de monedas y tres botellas con un líquido del color del brandy. Los jugadores están tirados en el piso. Son hombres harapientos, de barba descuidada y manos maltratadas. El olor penetrante del basuco se desprende de los cigarrillos que consumen los jugadores y otras personas que deambulan por el lugar. Algunas permanecen sentadas en el andén con la mirada perdida en el muro blanco que se levanta al otro lado de la calle del Cartucho, en el centro de Bogotá.

24 de noviembre 1991 , 12:00 a.m.

Varios metros más allá, frente a uno de los depósitos de material reciclable, un niño patea una lata de cerveza entre dos carros esferados llenos de cartón, botellas, hueso y chatarra. Junto a ellos pasa lentamente una patrulla de la Policía. La indiferencia es total. Las vichas (papaleteas de basuco) y los balones de marihuana se venden igual que dulces en cualquier plazoleta de barrio. Un poco más allá de la curva donde terminan los depósitos de reciclaje, recostado contra el muro, está Comanche , el líder de los ñeros de la calle del Cartucho, tratando de sintonizar su radio viejo adornado con una calcomanía del Niño Jesús. A él le obedecen más de veinte ñeros. El respeto se lo ganan dice uno de ellos por antigedad y por braveros .

El Negro Comanche tiene unos 50 años, vive desde hace 11 en esa calle y ahora es famoso porque muchos colombianos lo han visto en noticieros de televisión. En el Cartucho es considerado uno de los duros. Por su facilidad de expresión se ha convertido en símbolo de un mundo subterráneo que la sociedad mira con desprecio. Es un universo heterogéneo, oscuro, con códigos propios que pueden llevar a la muerte al que los irrespete. De ahí muy pocos han logrado salir. Los que quedan se hunden más con cada vicha que consumen en la calle o hacinados en viejas edificaciones del centro de la capital.

Todos ellos están condenados en vida, con un rótulo detestable, que ya no inmuta a nadie, a pesar de que es casi una sentencia de muerte: desechables. Otros prefieren llamarlos ñeros. Nadie dice Comanche es desechable. Tenemos fallas, pero seguimos siendo seres humanos. No somos un pedazo de madera, tenemos sentimientos. Nos matan, nos maltratan y nadie tiene derecho de quitarle la vida a otro ser humano .

Los grupos de limpieza mataron más de 500 ñeros en el primer semestre de este año en diferentes ciudades. Otros murieron cuando cometían algún robo o acuchillados por ellos mismos. O se fueron del mundo con un cigarrillo de basuco en la boca, víctimas de un paro cardíaco.

Esto a veces sucede porque pasan cuatro y cinco días consumiendo basuco, sin dormir y alimentándose con gaseosa y pan. Allí dice un ex drogadicto de la calle es inaudito gastarse 500 pesos en un almuerzo, sabiendo que eso mismo alcanza para dos vichas.

El fenómeno de los ñeros y de los grupos de exterminio es a nivel nacional. Las autoridades han detectado que Cali, Bogotá, Pereira, Girardot, Barranquilla, Bucaramanga y Manizales, son las ciudades más críticas. En Bogotá, la Policía dice que dos ñeros mueren cada semana. Existe un agravante: la Procuraduría descubrió que existe un comercio de órganos humanos extraídos a indigentes. Esta semana la Procuraduría vinculó a 28 policías de Pereira con la muerte y maltrato de estos. En zonas como el Cartucho, todo gira en torno al basuco. Un ex drogadicto de esa zona calcula que el alucinógeno mueve allí unos cuarenta millones de pesos diariamente. Un estudio de la Presidencia de la República y de particulares halló que casi el ciento por ciento de las personas que viven en esa calle consumen basuco.

Aunque esa zona es la más conocida en Bogotá por la proliferación de indigentes no es aquí donde se vive el drama en toda su intensidad. El Cartucho es apenas una fase del proceso que muchas veces comienza en el hogar. Entre los llamados ñeros hay de todo: prostitutas, delincuentes, recicladores y mendigos, duermen al lado de antiguos dueños de pequeñas empresas y ex universitarios y profesionales que terminaron consumidos por el basuco. La calle es el inicio del fin para quienes se les cierran las puertas del hogar. Comienzan durmiendo bajo los puentes o caminando hasta cuatro días seguidos, sin dormir y fumando basuco. La calle novena y la del Cartucho pueden ser el siguiente paso. Las posibilidades a partir de ahí son cada vez más oscuras: la carrera doce, a pocos metros del Cartucho y la carrera 15, a menos de cincuenta metros de un batallón de Policía Militar.

También está Cinco huecos , un callejón de pavimento deteriorado, con edificaciones de cuatro y cinco plantas a lado y lado, habitadas en su mayoría por cientos de consumidores de basuco. Por las noches, figuras desharrapadas que se mueven en la semioscuridad, mientras otros arman el cambucho con plásticos y cartones. Las sombras son rotas a veces por el punto rojizo de algún cigarrillo que es consumido en menos de cinco minutos. Los únicos que pasan por aquí dice uno de ellos son prostitutas, tombos, jíbaros, ladrones y desechables . La escena es muy parecida en los otros lugares.

En todos estos sitio se oyen historias espeluznantes. En las ollas dice un ex drogadicto se tira al piso (se mata) hasta por una papeleta de 200 pesos. Los cadáveres se sacan en bolsas de la basura y se queman y tiran a un basurero . A pesar de eso y de su mala fama , la calle del Cartucho es la más visitada por algunos particulares y por grupos religiosos (krishnas y evangélicos) que les llevan comida y ropa. En ese tipo de labor que algunas personas califican de paternalismo y alcahuetería también participan entidades oficiales y la Policía de menores.

A esa zona también llegan las brigadas de salud de entidades oficiales y los escasos funcionarios que comienzan a buscar un acercamiento con los ñeros para entender su complejo mundo. Los programas oficiales según un funcionario de la Alcaldía de Bogotá son tímidos pasos hacia un problema de gran magnitud .

Esa entidad inició hace mes y medio visitas a la calle del Cartucho a través de la Unidad de Prevención Integral. Fue la que organizó hace 15 días el festival del ñero y tiene prevista una actividad similar para diciembre. El objetivo: Humanizar la imagen del ñero y establecer vínculos de comunicación con las sociedad que los rechaza . Ahora, sin embargo, los habitantes de ese sector dicen que quienes organizaron el festival no volvieron: Solo fueron para darse pantalla en televisión bailando con los ñeritos y diciendo que nos ayudan . De cada 10, uno se salva El proyecto oficial más desarrollado lleva seis meses, se halla en etapa de diagnóstico y solo cubre la calle del Cartucho y algunas manzanas alrededor. Este programa basado en una rehabilitación integral es patrocinado por la fundación Camino a la Felicidad y la Presidencia de la República. La Policía de menores, con dos agentes y una patrulla, y el Instituto de Bienestar Familiar también brindan labores de asistencia.

Esta última entidad patrocina 14 hogares de madres comunitarias en sectores críticos del centro de la ciudad. Hay avances en el proceso de socialización de unos 95 niños entre los 2 y 6 años, pero estos intentos se estrellan contra la realidad: Algunos padres se llevan los niños toda la noche a recoger chatarra y los traen por la mañana amanecidos, golpeados y sin comer. La plata se la gastan en basuco y se lo fuman delante de ellos .

Los mayores logros, hasta ahora, corresponden a unas seis o siete iglesias evangélicas que desde hace algunos años realizan labores de rehabilitación basadas en la palabra de Dios . Hay consenso entre estas en que de cada 10 que intentan rehabilitarse, solo uno y dos salen adelante, los demás retornan a la calle.

La experiencia les ha enseñado que algunos ñeros no quieren abandonar su estado. La indigencia es una forma de vida, explotan el sentimentalismo para recibir dádivas, pero no quieren obligaciones. Los que realmente tienen voluntad se recuperan, los demás solo utilizan el sitio para bañarse, recibir comida y si tienen oportunidad se roban lo que pueden .

El consumo de basuco en algunos de ellos es tan arraigado que cambian la comida y la ropa que les regalan por papeletas de esa sustancia. En eso parecen estar de acuerdo casi todos los que han tenido algún contacto con ellos: algunos ñeros, definitivamente, ya no tienen remedio. Atacan incluso a personas que se les acercan para ayudarlos o para charlar con ellos.

Desafortunadamente por estos últimos se mide a todos con la misma vara. Y el medio más utilizado para contrarrestarlos es la fuerza. Muchos de ellos dicen que la Policía les exige impuesto y los golpea.

Los líderes de los parches de la calle del Cartucho piensan que esta situación difícilmente va a cambiar. Queremos la rehabilitación dice Comanche pero no a base de esclavitud, queremos hacer lo que queramos a la hora que queramos, así estamos acostumbrados a vivir .

Los cinco jugadores de dados continúan tirados en el piso. La voz caribeña de Henry Fioll suena en el radio Sanyo de una banda de el Comanche : Cierta gente se come el jamón y a mi me tiran el hueso. Y yo me rebusco... picotiando por ahí Y me defiendo... picotiando por ahí .

El Comanche se queda sentado, con la espalda contra el muro, cantando sin ganas, con la mirada fija en la pared blanca de enfrente, donde una niña juguetea con una muñeca sin cabeza y un hombre desharrapado se aferra al delgado cigarrillo que acaba de pegar con saliva. La pipa y el chamberlain Son dos cosas que los matan cada día: la pipa la hacen con una copita y un tubo plástico. Es la última moda para fumar basuco. El chamberlain es una mezcla de alcohol antiséptico y gaseosa. Su color, generalmente, es parecido al del brandy. En esos elementos, los ñeros se gastan el 99 por ciento de sus ingresos. El reciclaje les deja entre dos y tres mil pesos diarios a unas cincuenta mil personas que viven de ese oficio en toda la ciudad. Pero no todos son drogadictos.

Las cifras sobre cuánta gente se mueve en la calle del Cartucho son imprecisas. La Unidad de Prevención Integral de la Alcaldía Mayor de Bogotá maneja los cálculos de los mismos ñeros: entre cuatro y seis mil. Un censo auspiciado por la Presidencia halló una población fija de 35 familias con un promedio de cuatro a ocho hijos y 22 familias que se desplazan con un promedio de cuatro a seis hijos. Además de una población flotante que se acerca al millar de personas.

El mismo documento indica que un ocho por ciento tiene estudios superiores y que el índice de prostitución entre niñas de 9 a 14 años es del 10 por ciento. De la población fija de la calle del Cartucho y sectores aledaños hay unos 400 adultos, 270 jóvenes y 160 niños.

Hacia estos dos últimos sectores están dirigidos especialmente los primeros estudios. Los padres piden que la sociedad salve a sus hijos, la mayoría de los cuales ya se traban con pegante. Pero no es una labor fácil porque incluso los líderes que claman por rehabilitación andan armados y expenden y consumen basuco.

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