LOS OTROS TRES SAMARIOS HEROICOS

LOS OTROS TRES SAMARIOS HEROICOS

La historia de Santa Marta es rica en héroes. Fueron heroicos los aguerridos taironas que prefirieron morir a vivir doblegados, como lo fueron tres siglos más tarde los indígenas de los vecinos poblados de Bonda, Mamatoco, Taganga y Gaira, aquéllos que en las guerras de independencia enfrentaron a los ejércitos patriotas para defender -quién lo creyera- al Rey de España. Fueron heroicos Rodrigo de Bastidas al fundar la más antigua de las ciudades que hoy sobreviva en el continente suramericano, y también los primeros conquistadores que -tomando a Santa Marta como base- penetraron en la Sierra Nevada, vadearon las ciénagas o remontaron el Magdalena. Incluso podrían ser heroicos -cada cual a su manera- el ex director del Das general Miguel Maza Márquez, el guerrillero del M-19 Jaime Bateman Cayón o el científico, escritor y aventurero capitán Francisco Ospina Navia, todos ellos samarios de cuna o de adopción.

20 de julio 2005 , 12:00 a.m.

La historia de Santa Marta es rica en héroes. Fueron heroicos los aguerridos taironas que prefirieron morir a vivir doblegados, como lo fueron tres siglos más tarde los indígenas de los vecinos poblados de Bonda, Mamatoco, Taganga y Gaira, aquéllos que en las guerras de independencia enfrentaron a los ejércitos patriotas para defender -quién lo creyera- al Rey de España. Fueron heroicos Rodrigo de Bastidas al fundar la más antigua de las ciudades que hoy sobreviva en el continente suramericano, y también los primeros conquistadores que -tomando a Santa Marta como base- penetraron en la Sierra Nevada, vadearon las ciénagas o remontaron el Magdalena. Incluso podrían ser heroicos -cada cual a su manera- el ex director del Das general Miguel Maza Márquez, el guerrillero del M-19 Jaime Bateman Cayón o el científico, escritor y aventurero capitán Francisco Ospina Navia, todos ellos samarios de cuna o de adopción.

Si de políticos se trata, hay hasta un presidente samario, más bien desconocido por los libros de historia, a pesar de haber sido él -y no Núñez- el firmante de la Constitución de 1886; se trata de José María Campo Serrano. Y se buscan héroes contemporáneos, es fácil caer en la tentación de hacer una reseña del futbolista del barrio Pescaíto Carlos "El Pibe" Valderrama o del cantante Carlos Vives. Pero, para variar, hoy he decidido escoger tres heroicos personajes del reino animal.

Aunque, de hecho, ninguno de ellos haya nacido en Santa Marta, estos tres animales dejaron no sólo su recuerdo sino incluso sus nombres grabados en la historia de esos primeros años de la ciudad. Se trata de un perro, un caballo y un burro.

El perro se llamaba Amadís, y hacia 1570 acompañó a los soldados españoles en sus campañas contra los indígenas chimilas. A pesar de las protestas de los frailes franciscanos; los soldados españoles seguían empleando la práctica de "emperrar" a los indios. Este gigantesco mastín de raza alano se hizo famoso por la saña con la que devoraba a sus víctimas, paralizadas de pánico. Amadís no fue el primer perro militar; en 1495 Bartolomé Colón -hermano de Cristóbal- había empleado 200 hombres, 20 caballos y 20 perros en la primera batalla contra los caribes, en la isla de La Española. Los cronistas hablan de "perros enormes, con orejas cortadas, ojos de fiera de color amarillo inyectados en sangre, enormes bocas, lenguas colgantes y dientes en forma de cuchillos, salvajes como el demonio". No es difícil creer -como afirman algunos historiadores que los perros fueron armas de conquista más poderosas que las armaduras o los arcabuces. La vida de Amadís no fue larga ya que el que a colmillo mata, a flechazos muere (Mateo 26:52).

El caballo heroico se llamaba Matamoros, y acompañó a su amo Rodrigo Alvarez Palomino hasta sus últimos minutos. Hay que recordar que Palomino fue quien intervino para salvar la vida de Bastidas cuando en medio de la noche, en abril de 1527, lo acuchilló Pedro de Villafuerte. Como premio, Palomino, un excelente soldado pero un mal administrador, fue designado reemplazo de Bastidas en la Gobernación. Para los indígenas, que no conocían los caballos, la imagen del aguerrido Palomino y el brioso Matamoros se convirtió pronto en la de un solo ser sobrenatural. Y caballo y jinete habrían de encontrar la muerte juntos al tratar de cruzar un río crecido, que hoy se llama río Palomino y que separa los departamentos de Magdalena y Guajira. El cadáver de Palomino nunca apareció, quizás fue devorado por un caimán. Fue así como el entierro y las honras fúnebres le correspondieron a su caballo.

Hay que admitir, sin embargo, que no fue tan honrosa la muerte de Marubare, "el burro conquistador". Sus desventuras merecieron mención en los relatos de los cronistas fray Pedro Simón y Juan de Castellanos. Primero el barco que lo traía de España encalló en las costas de la Sierra Nevada, y todos sus tripulantes fueron víctimas de las flechas ponzoñosas de los indígenas. Todos, menos el burro. Sobrevivió también a la toma que a sangre y fuego hicieron los españoles del poblado del cacique Marubare, nombre con el que luego bautizarían al burro. Y así el animal fue a parar a Santa Marta.

Jiménez de Quesada se apoderó de él, y Marubare habría de sobrevivir una vez más, en esta ocasión a la trágica expedición que llegó hasta Bogotá. Vale recordar que sólo 167 de los 800 soldados de Quesada llegaron con vida al altiplano. Y nuestro burro no sólo llegó sino que sirvió de cabalgadura al capellán. Pero la buena suerte de Marubare no lo acompañó en su última expedición, cargando otra vez al capellán, esta vez con las tropas de Hernán Pérez de Quesada, en su fallida búsqueda de El Dorado. Sus hombres hambrientos mataron al burro, según Pedro Simón, "para comer sin dejar perder cosa de él, pues cogieron la sangre y con las tripas hicieron morcillas". Triste final el del burro, pero quizás no tan dramático como el de Hernán Pérez, a quien lo mató un rayo. Bien merecido lo tendría.

Puede que Amadís -incluso Matamoros- no sean dignos de monumentos, dada su complicidad en actividades opresivas. Pero hombre! Marubare sí merece algún reconocimiento, no sólo para recordar el heroísmo animal, sino la ingratitud humana. Propongo una estatua de bronce en el barrio La Candelaria, además de un premio especial con su nombre en el Festival Nacional del Burro, ése que cada año se realiza en San Antero, Córdoba.

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