El reto del segundo mandato

El reto del segundo mandato

El triunfo absoluto del gobierno en estas elecciones deja al Presidente Uribe con un espacio abierto para gobernar en su casi seguro segundo mandato. Uribe, que será reelegido fácilmente (o con cierta dificultad si la oposición deja atrás su insularidad histórica y se despierta), no tendrá a mano la disculpa de tener un Congreso enfrentado o adverso o de carecer de mayorías. Tiene el Congreso para hacer, como dice Andrés López, “lo que le dé la gana”. Y algunos dirigentes –derrotados como Peñalosa o triunfantes como Santos– para conformar un gabinete de primera. Uno puede criticar las volteretas pero no hay duda de que serían excelentes ministros (de Relaciones el primero, de Defensa el segundo, por ejemplo).

19 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Uribe ha hecho en este periodo lo que prometió en la campaña. Fue elegido como el capitán de los ejércitos anti-Farc, tras el repudio que produjo en el electorado la tomadura de pelo de la guerrilla en el Caguán y actuó como tal. Destituyó generales, comandó caravanas departamentales, presidió consejos de seguridad, ordenó la recuperación de municipios.

Pero creo que lo hecho no es suficiente para pasar a la historia. Es popular por su diferencia con el pasado reciente. La dureza contra las Farc contrasta con la zona de despeje. El fin de la recesión, que empezó con Pastrana, lo benefició a él. El Plan Colombia apoyó su decisión política. El extraño giro que ha dado el barrio lo pone como el Presidente ortodoxo en la región. La alianza con E.U. asegura frutos económicos.

Ahora tendrá la posibilidad de pasar a la historia. Un segundo mandato de un presidente empecinado como Uribe con una mayoría parlamentaria que le debe su investidura, es una oportunidad para sacar a fondo reformas urgentes, algunas sin duda impopulares, para poder recuperar un camino de crecimiento económico que contribuya en verdad a disminuir la pobreza.

Un segundo mandato con Congreso de bolsillo permite dar un giro de la guerra hacia la paz, posibilita un intercambio humanitario que traiga a Íngrid y a los demás secuestrados de regreso a casa, y permite la búsqueda de la paz por medios políticos desde una posición de fuerza.

Esas son las buenas noticias.

Las malas son que tanto poder concentrado hace posible que suceda todo lo contrario. Abre las puertas a un gobierno autoritario y vengativo con sus enemigos. Desarticula los instrumentos de control político sobre el Gobierno. Ofrece licencia para la arbitrariedad y para la falta de transparencia. Se constituye en un estímulo skinneriano para la intransigencia en el intercambio, el endurecimiento de lo militar frente a lo político, y la ausencia de una política social.

Ojalá los asesores presidenciales miren el caso del presidente Bush y su equipo y encuentren una lección. Bush inició su segundo periodo con un mandato muy amplio y una casi absoluta mayoría en el Congreso. Hoy, por la arrogancia de su círculo interno, ha caído en el desprestigio más grande que haya sufrido presidente alguno en los últimos tiempos y se ha quedado sin gasolina.

Uribe aún tiene que ganar las elecciones. Para ello, tiene que redoblar su seguridad y contener su temperamento. Debe ser generoso con sus adversarios y otorgarles las más amplias garantías. Debe enfrentarse a ellos en debates y explicar qué hará en su segundo período. Debe dejar de lado la propensión al populismo económico y ponerse serio con las finanzas, porque lo que dejó de hacer en los primeros cuatro años en ese frente lo afectará a él en los siguientes cuatro. Y, por supuesto, a todos los colombianos.

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