La melancolía del Festicine

La melancolía del Festicine

El viernes pasado, cuando se clausuró el Festival Internacional de Cine de Cartagena, los asistentes al Centro de Convenciones vivimos el espectáculo de una premiación justa y prevista. Vivimos también la bochornosa atmósfera de una ceremonia provinciana. Si algo revelaba aquella velada, animada por la imprevista y torpe subida a escena de un cuentachistes, era que el Festicine llegaba a sus 46 años de edad sin miedo al ridículo.

16 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

A nadie alegra que el festival más antiguo de América Latina en su género se haya precipitado poco a poco en el abismo de la irrelevancia o que, sostenido apenas por la inercia y los mediocres estímulos oficiales y privados, haya dejado de ser lo que fue durante tres décadas. Esto inquieta y deprime. Sobre todo porque el cine colombiano vive un alentador despegue artístico y comercial.

El Festival de Cartagena ya no es vitrina ni plataforma de lanzamiento del gran cine latinoamericano. Las películas que concursan vienen a un festival más y la India Catalina se ha convertido en una estatuilla deslucida que no pesa en los circuitos de distribución de las producciones del continente.

Cada año se cumple la merecida ceremonia de recordar el esfuerzo indoblegable de don Víctor Nieto, fundador del Festival. Cada año, los archivos fotográficos del evento hablan de épocas de esplendor, cuando el cine mundial y sus figuras pasaban por Cartagena. De ese esplendor solo quedan fotografías. No queda un archivo fílmico.

Lo triste de evocar esplendores pasados es que vuelve más patéticas las crisis actuales. Festicine ha tocado fondo. Y no solo porque sea un festival que cada año vive la incertidumbre de su precariedad económica, sino porque, por razones que nadie se explica, no se ha hecho nada para adaptarlo a las exigencias de las industrias culturales de hoy.

Tengo entendido que se han hecho propuestas para una gerencia imaginativa, pero que han chocado con la desidia de lo acostumbrado. Tengo entendido que ni siquiera sus estatutos han sido modificados. Tengo entendido, esta vez con triste certidumbre, que el patetismo mendicante de cada año es el resultado de una vieja costumbre: pedir ayuda sin hacer nada para salvarse.

Nada de esto reduce los grandes méritos del fundador y director del Festicine y sus colaboradores. De año en año, hacen lo imposible por mantenerlo vivo, pero conectado a los cables de la rutina. Y ahí está el problema: sobrevive rutinariamente y sin creatividad artística y empresarial, resistiéndose a que le inyecten soluciones imaginativas.

El Festival Internacional de Cine había conocido ya una primera crisis hacia los años 90. Fue cuando Gabriel García Márquez se propuso evitar su caída y le aportó sus contactos y credibilidad internacionales. Grandes figuras del cine, el arte y la literatura vinieron a Cartagena como jurados. Concursaban grandes producciones internacionales.

Algo sucedió y el Festival dejó de contar con el apoyo del escritor. Dicen que se aburrió de aportar savia nueva a un evento que no quería renovarse.

Dicen que, en vista de tantas resistencias internas, a García Márquez no le quedó más remedio que decir: “Lo mejor será que se muera para crear otro nuevo”.

No sé si esto sea cierto. Lo cierto y evidente ha sido la supervivencia mediocre del Festival en los años siguientes, la programación azarosa de último momento y el cada vez más reducido interés que suscita entre los grandes realizadores de Iberoamérica.

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