Nos lo deben

Nos lo deben

Son algo más de las nueve de la mañana de este día de elecciones. He votado. Pero me preocupan más la estructura, la coyuntura y el proceso políticos que los resultados de las urnas. Puedo reflexionar años y años de esta supuesta democracia y llego a la terrible conclusión de que la clase política tiene muchas deudas acumuladas que no parece ser capaz de cancelar.

15 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Campaña tras campaña, los políticos han renovado las promesas. Han dicho que van a resolver todos nuestros males, pero sus frases sólo han servido como narigueras para llevarnos a las urnas. Una vez elegidos, comienza la tragicomedia del ejercicio del poder, rodeada de negocios oscuros, de defensa de grupos privilegiados, de transacciones de leyes por puestos, de mentiras y propagandas de autobombo. Han hecho esfuerzos, pero para mantenerse en el poder. Es verdad que no todos son así, pues hay excepciones. Pero muchos de los que tenían buenas intenciones cayeron en vanos intentos o acorralados por la realpolitik, se acomodaron a la mediocridad o se limitaron a los discursos de denuncia.

Varios son los problemas sobre los cuales tienen grandes deudas los políticos, aunque dos de ellos tienen consecuencias en la imposibilidad de resolver otros. Me refiero a la pobreza y a la paz. Ninguno de estos dos males endémicos de nuestro país pueden encontrar una solución en la acción de un solo partido o un solo político.

Encontrar la paz y resolver la pobreza e inequidad únicamente se puede hacer como propósito, decisión y pacto de todo un país, de todos los partidos. No se trata de políticos mediocres ni de gobiernos farfulleros. Resolver la pobreza y la desigualdad y encontrar la paz deben ser propósitos de Estado y, por lo tanto, compromiso de todos. Porque a esos males están ligados, entre otros, la discriminación, la marginalidad, la violencia y el maltrato, la baja inversión y gasto público en el desarrollo económico y social.

El no cumplir las promesas, tantas veces hechas, no solo se debe a los vicios de nuestro sistema político, basado en el caudillismo, la corrupción, la indolencia y la ineficiencia, sino, también y principalmente, a la enorme distancia que existe entre lo que se promete y la capacidad de cumplir que tiene el que lo promete. La dimensión de nuestros problemas supera la capacidad de un solo hombre o de partidos y movimientos hechos para las elecciones o de los esfuerzos, si los hay, de una sola clase social.

La solución de los problemas exige un compromiso nacional, un esfuerzo conjunto de todos los partidos y las clases sociales. No podemos depender de un gobierno de cuatro u ocho años. Todos los ciudadanos deben actuar y todos deben controlar. Torpe sería pensar que se pueden solucionar esos males nacionales con la imposición del criterio del que arrase en las elecciones.

¿Utopía? ¡Claro que sí! Seguramente, con el resultado de esta contienda electoral y la de los próximos meses, el triunfalismo del ganador insistirá en el espejismo de que todo se va a solucionar. Sabemos que eso no es posible. Con ello llegará una frustración más. Seguramente seguirá la cantaleta de la ventaja de unas ideologías sobre otras. Nos dirán que el fuego es mejor que la palabra, que el libre intercambio es mejor que la regulación, que la concentración de los beneficios producirá bienestar para todos. O nos dirán lo contrario. No importará quién gane las contiendas políticas porque los intereses de algunos grupos estarán por encima del bienestar general. Porque seguirá siendo más importante escudarse en unas ideas por encima del bienestar de la gente. Sin embargo, me gusta soñar con “un país donde ser feliz consiste solamente en ser feliz”, como escribía Fernando Pessoa. Y el único momento para soñar debe ser el día de las elecciones, antes de saber los resultados.

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