Cómo ayudar a los niños a manejar sus emociones

Cómo ayudar a los niños a manejar sus emociones

Escena 1. Diego, de 5 años, le pide a su mamá que no le apague la luz porque tiene miedo. ¿Miedo a qué? A monstruos y fantasmas. La mamá se sienta a su lado y le explica con toda racionalidad que nada de eso existe y que no hay motivo para estar asustado. “No tengas miedo”, le indica la mamá, le apaga la luz y se va. Resultado: a la media hora el niño llega llorando a la cama materna.

11 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Escena 2. El mismo Diego, el mismo miedo y la misma mamá. Pero esta vez ella responde de un modo diferente: “Tienes mucho susto, ¿adónde crees que podría haber un fantasma? Vamos a mirar. Nada por aquí, nada por allá. ¿Cuál de tus peluches crees tú que no tiene miedo? Te lo voy a pasar para que te acompañe y te dejo prendida la luz del pasillo para que no esté tan oscuro”.

Resultado: Diego se duerme abrazado a su oso.

La diferencia entre ambas reacciones maternas está en aceptar o no el miedo del niño. Las emociones no se deben reprimir ni tapar y, simplemente, no se pueden prohibir. Son parte de nuestra naturaleza humana, “y tal como un niño no puede dejar de ir al baño, tampoco puede dejar de sentir pena o rabia si hay estímulo para ello”, explica Leticia Cortés, psiquiatra infanto-juvenil del Instituto Neuropsiquiátrico de Chile.

Las emociones no son ni buenas ni malas. Simplemente son. Y pueden ser muy útiles si se sabe reconocerlas y manejarlas bien. Y he aquí un cambio cultural. Cuando los padres de hoy eran chicos, nadie hablaba de inteligencia emocional. Y lo que más se escuchaba hacia los niños eran mensajes del tipo: “¡No tengas pena!”, “los hombres no lloran”, “¡no seas rabioso!”.

Tres pasos clave Los tiempos han cambiado y hoy las emociones antes llamadas negativas, en teoría, han perdido ese rótulo. Pero a los padres les cuesta mucho manejarse de un modo adecuado con las emociones de sus hijos porque cuando ellos fueron niños no recibieron formación en ese ámbito. Entonces, llegado el momento, suelen replicar el modelo de sus padres.

Lo primero es aceptar la emoción del niño sin juzgarla. “Si uno no acepta lo que él está sintiendo, a la larga él tampoco lo va a aceptar. Pero no por eso va a dejar de sentirlo, sino que lo va a reprimir. Y la represión de las emociones influye negativamente en la salud mental”, explica la psicóloga infantil Magdalena Oyanedel.

El segundo paso es que el niño aprenda a reconocer sus distintas emociones y sentimientos. Y que pueda verbalizarlos. Los padres pueden ayudarlo, nombrándolos: “Parece que estás enojado, que tienes rabia porque querías seguir jugando... Pero nos tenemos que ir”.

Esta identificación verbal se puede hacer incluso desde que el hijo es un bebé. “Aunque no entienda las palabras, va a asociar el estado en que se encuentra con algún nivel de verbalización. Si está llorando porque tiene hambre, la mamá le puede decir lo que le pasa y que ‘ya viene el tete’. Eso permitirá a largo plazo que el niño les vaya poniendo nombre a sus experiencias. Cuando le podemos poner palabras a lo que nos pasa, de alguna manera, nos baja el nivel de angustia”, dice la psicóloga.

Pero una cosa es aceptar que el hijo está sintiendo rabia o pena, y otra es que él pueda reaccionar como quiera, presa de ella. Y he aquí el tercer paso: enseñarle a expresarlas adecuadamente. Ejemplo: Diego pinta con témpera y se le mancha la hoja. Enojado, la arruga y la tira lejos. En vez de gritarle “¡eso no se hace!”, la mama le dice: “Parece que te dio rabia.

Qué te parece si en vez de botarlo, dejamos el dibujo aquí al lado, sacamos otra hoja y lo intentamos de nuevo”, propone Leticia Cortés.

LA IMPORTANCIA DE SABER INTERPRETAR LAS SEÑALES Para ayudar a los hijos a reconocer sus emociones, los padres deben ser capaces de comprenderlas. Y para ello, deben ir más allá de lo que el niño está verbalizando, dice la psicóloga Magdalena Oyanedel.

“Las emociones se muestran, sobre todo, con el lenguaje corporal".

Sin embargo, los padres suelen quedarse en el mensaje literal del niño, proponiéndole soluciones desde la lógica, sin ir al fondo de lo que le puede estar ocurriendo al pequeño. Por ejemplo, el hijo llora y le dice a la mamá: “Es que tú ya no me quieres”.

Y ella se centra en ese argumento: “Pero, cómo no te voy a querer, ¡cómo se te ocurre!”.

“Ella se va por el lado literal y le plantea al niño que no es lógico lo que está sintiendo; por lo tanto, no debería sentirlo.

Sin embargo, las emociones no responden a la lógica.

“El hijo se siente triste y pide más atención y eso es lo relevante”, dice Oyanedel.

“Emociones como los celos y la rabia, en general, están ocultando otros sentimientos de fondo, como inseguridad o miedo a ser excluido, que el niño no es capaz de expresar verbalmente”, dice la psicóloga infantil.

Por eso es tan importante que los padres sean empáticos ante las emociones de sus hijos: que intenten ver cómo los pequeños están viviendo el mundo a partir de su corta edad.

CONSEJO "Un niño no puede dejar de ir al baño, tampoco puede dejar de sentir pena o rabia si hay estímulo para ello”.

Leticia Cortés, psiquiatra

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