Un tesoro apenas descubierto

Un tesoro apenas descubierto

Hasta hace siete años, Peregrino Rivera Arce no existía en la historia del arte colombiano. Ni su nombre ni su trayectoria ni tampoco sus obras eran conocidos por investigadores y curadores de nuestro tiempo, y menos por algún espectador. Rivera se había refundido del panorama artístico nacional hacía más de 100 años, cuando decidió enlistarse en el ejército liberal durante la Guerra de los Mil Días.

11 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Un pequeño álbum de dibujos, un librito del tamaño de una mano, que realizó durante su permanencia en la guerra como soldado, trajo a Rivera Arce de regreso. Estaba en las bodegas del Museo Nacional y, al parecer, durante muchos años, podrían ser unos 70, había permanecido allí sin que nadie se percatara de su existencia. Una pieza invaluable, que no sólo es un documento íntimo que refleja uno de los episodios más crueles de nuestra historia, sino una evidencia del talento en el dibujo de un artista colombiano de principios del siglo XX.

Rivera Arce no era un autodidacta. Había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá; sus cualidades en el grabado fueron tan notorias que la recién creada Academia de Bellas Artes de Bolívar lo llamó para que colaborara con Epifanio Garay, y posteriormente lo nombró profesor de la cátedra de grabado. Su decisión voluntaria de irse a la guerra, a la que llevó madera y buriles, partió su carrera en dos. Rivera Arce no pudo retomar su vida artística en Colombia, porque salió exiliado del país cuando los liberales fueron derrotados.

Sin embargo, y paradójicamente, esa ‘modesta’ obra que el artista-soldado desarrolló poco a poco a lo largo de su experiencia en los Santanderes, en la que retrató con realismo a sus compañeros de campaña, a tristes mujeres que esperaban el regreso de sus maridos, a soldados malheridos o muertos en combate, fue la que provocó que el Museo Nacional se preocupara por rastrearlo, estudiarlo y recobrarlo para siempre.

La obra más importante de la muestra que presenta esta institución, que reúne 40 piezas de Peregrino Rivera, entre dibujos, grabados, manuscritos, libros y periódicos, sigue siendo ese álbum fechado el 4 de enero de 1900, que por razones de conservación sólo puede verse digitalmente, pero que se consigue de forma facsimilar en el Museo. Las otras piezas dan soporte a la trayectoria e intereses de Peregrino Rivera. Un retrato en lápiz de Lenin, acompañado por un comprometido texto de su autoría, revela la sed de cambio que tenía Rivera Arce. Una selección de xilografías de billetes que diseñó durante la guerra, unos libros de táctica militar ilustrados acertadamente y un retrato en tinta de José Asunción Silva, en su lecho de muerto, dan testimonio de su versatilidad.

Peregrino Rivera existe hoy en nuestro medio artístico gracias al Museo Nacional y a la voluntad de su familia, que el año pasado donó la mayoría de las piezas que ahora se exhiben. La muestra que lo presenta al público es importante de visitar no sólo para reencontrarnos con nuestro pasado, sino para celebrar el regreso de este artista-soldado, que se mantuvo en el exilio durante 30 años y que alguna vez soñó con un país mejor.

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