El nuevo antisemitismo

El nuevo antisemitismo

Vivimos tiempos violentos. Algunos creen que estamos experimentando un nuevo tipo de conflicto: ‘guerras de culturas’, como las que enfrentan a los musulmanes sunitas y chiitas, a los grupos tribales de África y Asia o a los islamistas y los occidentales. Sin embargo, las razones profundas de esos conflictos pueden ser más tradicionales.

10 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

La pertenencia a un grupo cultural es un simple pretexto para batallas entre vencedores y perdedores de la mundialización. Dirigentes implacables movilizan a seguidores desorientados. En particular los perdedores, con frecuencia representados por jóvenes sin futuro, pueden ser inducidos a adoptar medidas, suicidas incluso, contra el supuesto enemigo. No debería extrañarnos que en una época así esté reapareciendo de entre las sombras el más antiguo y mortífero de los resentimientos: el antisemitismo. Su regreso adopta la forma clásica de los ataques a personas, como el reciente asesinato de un joven judío en Francia, o de la desfiguración de lugares simbólicos, como cementerios y sinagogas. Pero hay también una sensación más general de hostilidad a todo lo judío.

Era de pensar que el antisemitismo había desaparecido para siempre con el Holocausto, pero no fue así. Hay quienes niegan que el Holocausto ocurrió.

Van desde historiadores de segunda fila como David Irving hasta políticos aparentemente populares como el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad. La documentación sobre lo que hizo la Alemania nazi es tan abrumadora que tal vez se pueda lidiar con quienes lo niegan sin meterlos a la cárcel, lo que les daría una atención inmerecida.

La causa más preocupante del antisemitismo justifica que hablemos de uno nuevo. Tiene que ver con Israel. E.U. es el primer nombre en el resentimiento antioccidental y el segundo es Israel, el único país moderno en Oriente Medio, que está muy militarizado, es una potencia ocupante y defiende implacablemente sus intereses. Es difícil exagerar el extraño sentimiento existente en Occidente, que podríamos llamar romanticismo palestino. Intelectuales como el difunto Edward Said le dieron voz y tiene muchos seguidores en Estados Unidos y Europa. Este romanticismo glorifica a los palestinos como víctimas de la dominación israelí, señala el trato de segunda clase que reciben los palestinos israelíes y cita muchos incidentes de opresión en los territorios ocupados, incluidos los efectos de la ‘barrera de seguridad’. Implícita o explícitamente, la gente se pone de parte de las víctimas, les envía dinero, declara legítimos hasta a los terroristas suicidas y se aparta de la defensa y el apoyo a Israel.

Es cierto que en teoría se puede uno oponer a las políticas de Israel sin ser antisemita. Entre los israelíes hay bastantes críticos de las políticas de Israel. Pero la distinción resulta cada vez más difícil de mantener. Los judíos fuera de Israel sienten que deben defender –con razón o sin ella al país que, al fin y al cabo, es su esperanza suprema de seguridad. Sus amigos vacilan a la hora de hablar con claridad por miedo a ser considerados no sólo antiisraelíes, sino también antisemitas. La actitud defensiva de los judíos y el incómodo silencio de sus amigos significan que el escenario del debate público está abierto para los verdaderos antisemitas, aunque se limiten a usar un lenguaje antiisraelí.

El antisemitismo es repugnante, sea cual fuere la forma como aparezca. Lo mismo se puede decir de otros tipos de odio grupal, pero el Holocausto hace que el antisemitismo sea único, porque es cómplice de la aniquilación casi total de un pueblo.

No se puede luchar con éxito contra el nuevo antisemitismo mediante la instrucción y la argumentación sólo en el resto del mundo. Está vinculado con Israel. Si uno pertenece a una generación que consideró a Israel uno de los grandes logros del siglo XX y admiró la forma como ese país dio una patria digna a los perseguidos y oprimidos, le preocupa en particular que ahora pueda estar en riesgo.

* Ralf Dahrendorf es miembro de la Cámara de los Lores británica, ex rector de la Escuela de Economía de Londres y ex director del St. Antony's College de Oxford. Copyright: Project Syndicate 2006.

(Ver versión completa en www.eltiempo.com)

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