¿Rafael Pardo?

¿Rafael Pardo?

En un país donde se confunde la eficiencia con la estridencia, acostumbrado a la parafernalia presidencial -que incluye mulera, sombrero aguadeño e impostado tonito montañero-; a las declaraciones prosopéyicas, pero vacías y a los discursos altisonantes y sin fondo; la figura de un candidato como Rafael Pardo no es suficientemente atractiva para los medios ni justamente percibida por la opinión.

08 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Por esa razón se dice equivocadamente que a pesar de su integridad o su trayectoria, a Pardo “todavía le falta”. Igualmente algunos seguidores moderados del Presidente -pues los furibistas no contemplan opciones distintas del Mesías- argumentan que es mejor dejar que Uribe termine su obra magna, para que después llegue alguien como Pardo a hacerle mantenimiento. Craso error.

Es cierto que Pardo no es el tipo histriónico que muchos quisieran ver, ni acude al vibrato ni a frases altisonantes para tramar a nadie ni para arrancar aplausos; y en consonancia con eso tampoco es un tipo fácil de sacar de casillas. Pero esas características tan suyas, en vez de defectos, son sus grandes cualidades, pues a la hora de analizar problemas o de hacer propuestas, sus capacidades salen a relucir de manera incuestionable.

Rafael Pardo no necesita levantar la voz para hacerse oír, ni es amigo de camuflar sus ideas para convencer; sólo hay que escucharlo. Pardo es un tipo que tiene una concepción de Estado basada en el respeto a la institucionalidad, tan resquebrajada por el régimen actual. Baste recordar el valor con que rechazó la presencia de los jefes de las AUC en el Capitolio Nacional; o la entereza con que afrontó los bajos golpes del alto gobierno a mediados de enero.

Además, como Consejero de Paz y Ministro de Defensa que fue, conoce a cabalidad la doble cara del conflicto colombiano. Y así como es el único que puede hablar con autoridad de procesos de paz exitosos -sobre todo por su transparencia-, sabe también a qué se refiere cuando habla de guerra. Las Farc no le perdonan que se les haya metido al rancho en Casa Verde y el país no debe olvidar que fue él quien lideró el desmantelamiento del cartel de Medellín.

¿Qué es un poco pasivo? Tal vez. Pero contemplando la situación actual, es fácil darse cuenta de que los gritos y las promesas pacificadoras no le han servido a Uribe para resolver nada. Por el contrario, el país está viviendo en sangre propia el colapso de una política de segurdidad mal concebida y peor ejecutada. Y que no nos vengan con cuentos: la arremetida criminal de las Farc no obedece a la coyuntura electoral, sino que es la clara muestra de que su aparato de guerra sigue intacto y de que lo pueden usar cuándo y dónde les dé la gana.

El otro pero que algunos le ven a Pardo es la cercanía con su antiguo jefe, el ex presidente César Gaviria; pero yo por lo menos creo que es preferible esa lealtad abierta con el líder del polémico revolcón y no una complicidad mal disimulada como la de Uribe con el protagonista del proceso ocho mil.

Pardo no sólo puede salvar a su partido de la crisis que atraviesa, sino al país de un segundo período de Uribe que empeoraría aún más el desbarajuste en el que ya bien metidos estamos

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