Paraíso con derecho de admisión

Paraíso con derecho de admisión

Un empresario estadounidense llamado Thomas Monaghan está invirtiendo 250 millones de dólares en la construcción de una ciudad donde imperarán las normas más rigurosas de la religión católica. Los 20 mil habitantes de esta villa, situada en el suroeste de Florida, deberán observar estrictas costumbres: en Ave María –que tal es el nombre del municipio o corregimiento celestial– estarán desterrados los anticonceptivos, el condón, el adulterio, el sexo prematrimonial, el divorcio, el licor, los segundos matrimonios, el cine de temas atrevidos, la televisión impura, las revistas pornográficas, el homosexualismo y, por supuesto, el aborto.

08 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Presidirá el barrio un crucifijo de 20 metros de altura, el mayor del país, y funcionará una universidad confesional. De resto, el pueblo se parecerá a los demás: contendrá viviendas, comercios, plazas, templo y, es de suponer, varias pizzerías Domino’s, marca que hizo multimillonario a Monaghan.

Pocos lo saben, y quizás el inventor lo ignora, pero un pueblo tan moderno obedece, en realidad, a arcaicas creencias maniqueas que hablan de la lucha entre el Bien y el Mal por el control del mundo. Semejante, pero sin pizzerías ni automóviles de cambios automáticos, era el sueño de San Agustín, que en el año 426 ya escribió sobre la Ciudad Terrena y la Ciudad de Dios. En esta última se observan los mandamientos y en aquella no. “Dios cura a los ciudadanos de la Ciudad de Dios –señaló el patricio africano–, que peregrinan como pasajeros en la Ciudad Terrena y suspiran por la paz imperturbable de la soberana patria.” Según el santo, Caín fundó la Ciudad Terrena y Abel fue el primer habitante de la Ciudad Divina. Monaghan pretende llenar de Abeles su costoso caserío, para mayor gloria de Dios.

Pero ocurre que las leyes parecen ser obra de Caín, y muchos juristas dudan de que pueda tolerarse en Estados Unidos un territorio donde se restrinjan los derechos civiles, reine la censura y se violen los códigos de intimidad.

Ante las críticas de los opositores del proyecto, Monaghan ha reculado y acepta que solo en la universidad imperarán las medidas más extremas. En los demás casos, se tratará apenas de enfáticas recomendaciones. Sin embargo, quien acepta o rechaza a los compradores de casas es el fundamentalista personaje, con lo que pronto tendrá su paraíso celestial con derecho de admisión. No sobra decir que, en cierta época turbulenta de su vida, a San Agustín le habrían echado bola negra en Ave María.

editorial@eltiempo.com.co

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