Receta para construir una potencia

Receta para construir una potencia

Tras la independencia de Inglaterra, George Washington designó a Alexander Hamilton como Secretario de Industria. Al inicio de su gestión, Hamilton denunció las restricciones que los mercados extranjeros oponían a las exportaciones norteamericanas, a pesar de los argumentos librecambistas que estaban de moda y que él calificaba de falaces. Como afirmara el general Ullyses Grant “los ingleses nos dicen que practiquemos el libre comercio, y por supuesto que lo haremos, sólo doscientos años más tarde cuando seamos tan ricos como ellos”.

07 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Aunque Hamilton creía como Smith que la cantidad de población efectivamente empleada y la habilidad, destreza y juicio aplicados al trabajo son factores determinantes en el nivel de riqueza de una nación, difería de él respecto de la intensidad de la intervención estatal.

Creía que a través de subsidios, aranceles, crédito y apoyo financiero, el gobierno federal debería apoyar a los empresarios ante la competencia desleal de los europeos, y que el erario público debía suplir la escasez de ahorro, de modo que los incentivos financieros eran más importantes que las directrices oficiales. Por ello estableció el crédito público, unificó la moneda y estableció el Banco Central.

Mientras sus contemporáneos seguían a Smith en la tesis de que el gobierno debía ser neutral, Hamilton sostuvo que debía tener un papel activo y crucial en el desarrollo y que el aumento del producto de la nación depende de la división del trabajo y de la creación y uso de maquinaria especializada, la cual además de ahorrar trabajo genera empleo a lo largo de la cadena productiva. Creía además en la necesidad de impulsar la inmigración que estimularía el consumo, la inventiva y elevaría el volumen de mano de obra disponible. Más de medio siglo antes de la abolición de la esclavitud, Hamilton fue ferviente partidario de la libertad de elección y de la abolición del trabajo forzado, por considerar que el esclavo trabajaba por debajo de sus potencialidades. Además, en un clima de libertad, los hombres estarán en capacidad de mejorar continuamente los procesos productivos y generar nuevos productos y negocios.

Entendía que la clave del desarrollo es tener un mercado interno, al que consideraba más seguro que el externo, pues la autarquía apaciguaría los impactos de la inestable demanda externa y su meta no era reemplazar las granjas por fábricas, sino crear una relación de simbiosis con una división geográfica intra-nacional de la producción.

Para lograr esas metas, Hamilton presionó al Congreso a aplicar aranceles proteccionistas para bloquear la entrada de productos extranjeros y como fuente de ingresos fiscales, vetó la exportación de materias primas necesarias para las manufacturas y estableció subsidios monetarios directos y premios a las empresas, rebajas arancelarias a las materias primas requeridas para las manufacturas, fomento de nuevos inventos mediante un sistema apropiado de patentes, y agilización del transporte de mercancías para reducir las distancias y tiempos entre agentes. Estimuló la innovación tecnológica y fue complaciente con la copia de inventos extranjeros.

Creía que la asignación de funciones productivas no dependía sólo de las características de la población, la dotación de factores o designios divinos, sino de los patrones de comercio y de las decisiones de los países poderosos.

Así combinaba la autarquía con la búsqueda del comercio justo, y sostenía que la política exterior debía basarse en el interés propio, pues el supuesto altruismo de las naciones oculta motivos mezquinos. Como expresaría medio siglo más tarde Abraham Lincoln, “cuando compramos bienes manufacturados en el extranjero, nosotros obtenemos el bien y ellos el dinero; pero cuando compramos dichos bienes nos quedamos con ambos en casa”

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