La centralización del poder

La centralización del poder

La recientemente aprobada reforma del Consejo de la Magistratura en Argentina es un ejemplo más del preocupante nivel de concentración del poder que adquiere el presidente Kirchner.

07 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Dicha institución tiene por función nombrar y remover a los jueces de cámara y primera instancia, y se encuentra compuesta por el presidente de la Corte Suprema, jueces, diputados, senadores, abogados, académicos y un representante del Ejecutivo. La reforma prevé, entre otras cosas, la disminución del número de miembros de 20 a 13. Lo controvertido de la misma es que reduce en una proporción mayor la cantidad de personalidades apartidarias y permanecen con mayor peso específico los diputados y senadores. El partido oficialista controla ambas cámaras en el Congreso y por ello más cantidad de miembros en el Consejo.

Las sucesivas reformas institucionales de los últimos 20 años en América Latina, con excepción de Nicaragua, han centralizado poder en el Ejecutivo.

La tradición caudillista de la que somos parte tiende a afianzar la figura del líder, y más si este es carismático. Lo que ocurre en Argentina en estos momentos puede no ser llamativo a la luz de lo heredado. Sin embargo, sería prudente destacar que el famoso “sistema de pesos y contrafrenos” que adoptamos dista mucho de ser el principio rector en nuestras democracias.

Kirchner llega al poder gracias al aparato del ex presidente Duhalde con un caudal de votos del 22 por ciento, en momentos en que la opción era Menem sí, Menem no. Una vez instalado en la Casa Rosada, el nuevo Presidente se dedicó a aumentar su capital político a como diera lugar: la necesaria derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que evitaron durante largos años cerrar más de una herida de la feroz dictadura militar, el llamado al boicot de las petroleras por aumentos del precio de los combustibles, las negociaciones por la condonación de la deuda, las peleas mediáticas con las empresas extranjeras proveedoras de servicios públicos.

Una combinación de centralización de poder y gobierno para los medios es el esfuerzo que Kirchner llevó adelante durante su gestión para asegurarse legitimidad popular y la construcción de su propio aparato político, antes inexistente.

Si hacemos un repaso de las últimas elecciones legislativas argentinas, realizadas en octubre del año pasado, el panorama muestra que el partido del Presidente se llevó la mayoría de los escaños en danza en casi la totalidad de las provincias. Además, un número significativo de gobernadores antes hostiles al Presidente se han cambiado de acera y se encuentran dentro del círculo que recibe apoyo por estar del lado de quien maneja la caja chica, en un momento en que el país goza de superávit fiscal y el Gobierno puede manejar inversiones en obras públicas a diestra y siniestra.

Los últimos cambios en el gabinete ministerial acercaron a figuras más cercanas a su proyecto político, como las nuevas ministras de Seguridad y Economía, y lo distanciaron de aquellos más orientados a una centroderecha, como el ex ministro de Economía Roberto Lavagna.

La ética parece ser un concepto bastante alejado de la política en estos días. La Primera Dama es senadora. No solamente esta situación sitúa a una persona en el papel de juez y parte, sino que su trabajo en el Congreso se ve constreñido a los espacios de tiempo que sobran entre viaje y viaje cuando acompaña al Presidente.

Nuestros gobiernos pensaron que fortalecer la figura presidencial era necesario para afrontar las recurrentes crisis económicas en desmedro del Parlamento, bien sea por argumentos de lentitud por los tiempos propios de una institución colegiada, o por la falta de consensos. La gestión de Kirchner es un ejemplo más de la peligrosa forma que está adquiriendo la democracia en América Latina.

* Politóloga, Universidad de Buenos Aires pauclerici@yahoo.com.ar

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