Médica en las zonas ‘rojas’ del mundo

Médica en las zonas ‘rojas’ del mundo

Cuando supo que se venía encima la guerra contra Irak, tras los atentados del 11-S, Natalia Aguirre Zimerman llamó a su hermano y le pidió que corriera a mandarle un computador portátil. Su hermano estaba en Medellín; Natalia, en Kabul (Afganistán).

06 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Llevaba varios meses allí como parte de la misión humanitaria de Médicos Sin Fronteras. Los tiempos iban a ser difíciles y no quería quedar incomunicada.

Natalia recibió el computador y a partir de ahí comenzó una historia de mensajes electrónicos que luego se convirtieron en un artículo y después en un libro que acaba de editarse: 300 días en Afganistán (Anagrama).

Su propósito no era que los mensajes que enviaba terminaran publicados. No.

Natalia dice una y otra vez que ella es médica ginecóloga, no periodista, tampoco escritora. Lo que quería era contarles a sus amigos el mundo tan desconocido al que había llegado.

Cuando Natalia salía a su trabajo y se encontraba con algo que le llamara la atención, lo apuntaba con un bolígrafo en sus piernas para que no se le olvidara. Luego, en las noches, llegaba a escribirlo.

300 días en Afganistán –que primero se leyó en El Malpensante y obtuvo el Premio de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de reportaje– es la reunión de estos mensajes, llenos de los detalles cotidianos que Natalia veía y vivía; escritos de forma natural, como uno habla con los amigos. Con esa frescura, y con un gran sentido de observación, Natalia describe la cultura de un país tan diferente y a veces tan similar al nuestro.

De Afganistán, viajó a Sudán del Sur. Luego el tsunami del 2004 la hizo llegar a Sri Lanka, donde estuvo hasta hace poco, cuando regresó a su Medellín natal. Aquí está de paso. Vino a tener su bebé, que ya cumple un mes de nacido. Pero las maletas están listas para su nuevo viaje.

Su próximo destino será un país en guerra, por supuesto; y además que acabe de sufrir algún desastre natural. “Esa es mi especialidad –dice, desde Medellín–. A mí me mandan a donde nadie quiere ir”.

–¿Y no le da temor? –Las organizaciones humanitarias con las que trabajo me advierten que voy a un país en guerra. Pero yo les respondo que nací y crecí en un país en guerra. Si uno mira las estadísticas de cuántas personas mueren un fin de semana en Medellín y cuántos de los que trabajan en Médicos sin Fronteras (MSF) mueren en misión, resulta más alto el riesgo de morirme aquí.

Luego de que Natalia salió de Kabul, los extremistas afganos atacaron la misión de MSF en Afganistán. La comitiva de médicos holandeses fue asesinada. Pero una de las cosas que deja clara la lectura del libro es que son muchos los que terminan estigmatizados por unos pocos. (Algo que conocemos en Colombia).

–Cuando iba a irme la primera vez, en el hospital donde trabajaba en Medellín me decían “no se vaya, que la van a violar; todos los musulmanes violan”. No. En el libro muestro que no es así. Hay atrocidades, como en todas partes, pero también hay maravillas dentro del horror.

–Pero sí entró en una cultura totalmente distinta...

–Allá todo es distinto. Tuve que vestirme de otra forma, comunicarme diferente, dejar de mirar los hombres a la cara. Dejar que comer lo que conocía y comer lo que hubiera, medio podrido o no. Pero uno como colombiano, mal que bien, está entrenado para adaptarse a situaciones extremas. Yo la pasé muy bueno.

Natalia llegó a trabajar en una de las zonas de más alta mortalidad materna en el mundo (una de cada 60 mujeres muere en el parto). Un país en el que la mujer vive en condiciones inferiores al hombre; no puede estudiar y, en cuanto a lo médico, no puede ser atendida por hombres.

Pero además de esto, ella cuenta también sus salidas de compras a los mercados, sus ratos de descanso cantando vallenato con los afganos...

–Allá hombres y mujeres son dos mundos aparte. Pero yo tenía la fortuna de ser el tercer sexo: era un hombre para los hombres y una mujer para las mujeres. Los hombres no me miraban mal porque, al no ser afgana, no tenía que cumplir sus reglas.

–¿Las mujeres viven el mundo terrible que uno cree? –Las mujeres de Afganistán no son más infelices que otras mujeres, en general. Hacen su vida de una manera que para nosotros parecería muy violenta, pero ellas no lo sienten mal. Es su cultura. También gozan y bailan y ríen.

–¿Será que llegará el momento en que usted decida quedarse quieta, en un consultorio, en su ciudad? –Antes de que mis viajes iniciaran tenía con mi hermana (también ginecóloga) un consultorio. Pero pensé que aún no era el momento de ponerme las medias veladas y sentarme a hacer consulta. Posiblemente con los años las cosas cambien. No me puedo quedar toda la vida andando de esta manera. Mi hijo va a necesitar ir a un colegio. Y mentalmente no puedo abusar. (Cada vez que termino una misión vengo y descanso un par de meses). Tengo 33 años. Duraré en esto unos cinco más. Y si la situación en el país se mejora, puedo volver.

–¿Cuáles son esos cambios que espera en el país? –Pues que pueda trabajar aquí en algo similar a lo que yo hago. La situación del sistema médico en Colombia es muy difícil. Yo quisiera trabajar en la zona rural de este país, que también tiene muchas necesidades. Pero en este momento no es posible. No hay recursos, no hay estructura, no hay soportes.

Mientras Natalia Aguirre siente que las condiciones en Colombia mejoran para venir a trabajar y vivir aquí con su esposo italiano y su hijo, seguirá por el resto del mundo.

Ahora está vinculada con una organización que prefiere no nombrar, pero que es tan importante y activa como MSF. Dentro de las exigencias del contrato de esta entidad está el que sus trabajadores no escriban nada sobre lo que viven en las zonas de misión. Así que por lo pronto Natalia no publicará.

Pero escribir, escribe. Lo hace en su portátil, donde termina almacenado todo lo que antes ha garabateado en sus piernas.

''Tuve la fortuna de ser un tercer sexo: hombre para los hombres y mujer para las mujeres”.

Natalia Aguirre, médica ginecóloga.

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