‘Aquella noche, antes del incendio, yo estaba con ellas’

‘Aquella noche, antes del incendio, yo estaba con ellas’

“Recuerdo tanto cuando las acosté, a las 9:30 p.m. Amelia tenía sus piernitas ya muy deformes y costaba trabajo moverla. Tomasa me dijo: ‘Sumercé ya va a cumplir un mes conmigo, pero si está aburrida, le cuento a mi hijo para que me lleve, porque entiendo que soy muy cansona’. Anita ya no hablaba. Las arropé y salí, para atender dos pacientes en el segundo piso. Luego me senté a esperar mi parte de la cena de Año Nuevo, que alguien de la familia me traería”.

04 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Con estas palabras, dos meses después de ocurrida la tragedia del hogar geriátrico del barrio Américas Occidental –donde el pasado 31 de diciembre murieron tres ancianas en medio de un incendio provocado por voladores que cayeron sobre las tejas de plástico del patio–, la dueña de este sitio, Isabel Cristina Lagos, rompe su silencio para contar que en esos momentos ella sí estaba allí, que hoy se encuentra igualmente destrozada por la pérdida de estas mujeres que fueron como sus abuelas, y que le duele el hecho de que algunos la culpen por este hecho fortuito, aunque también ha recibido el apoyo de la mayoría de familiares de las personas fallecidas.

Sueño y pesadillas Ella, que después de sacar adelante a sus hijos terminó bachillerato, estudió enfermería, trabajó con el padre Javier de Nicoló; y que luego de tres años de experiencia en la sala de urgencias de la clínica San Pedro Claver –donde se especializó en atención a adultos mayores–, en el 2002 por fin empezó a cumplir el sueño de tener su propio hogar geriátrico.

“Me encariñé con los ancianos porque son los más desprotegidos, porque muchos los llevan para que mueran lejos de la casa, pero yo asumo, con cada uno, el reto de darles mejoría. Realicé estudios para especializarme en ellos. Me gusta llevarlos de paseo a tierra caliente para que regresen vitales. Les hago terapias para que de nuevo se lleven la cuchara a la boca.

En otras fechas de año nuevo me los he llevado a la casa para poder celebrar con mi familia. Nunca los dejo solos, por temor a que les pase algo”, apunta con profundo pesar.

“Esa noche, a las 12, todavía no me había acostado. Pasé al cuarto donde estaban Amelia, Ana María y Tomasa, les di el Feliz Año mentalmente y fui al segundo piso, donde tenía dos pacientes, con llagas en la espalda, y tenía que cambiarlas de posición. Sonaba mucha pólvora y era muy difícil percibir dónde caía, además, ese sitio cercano al patio, donde dormían las tres, estaba muy encortinado.

“Al bajar las escaleras y llegar al corredor, vi por la ventana que daba al patio el reflejo de las llamas. Me cogí la cabeza y lo primero que hice fue sacar una bala de oxígeno que había cerca, para que no explotara. Abrí la puerta. Era Pablo, el celador del barrio. Me gritó que la casa estaba ardiendo por la parte trasera. Le di el extinguidor, pero las llamas ya invadían el paso a la habitación. Además, al abrir la puerta, el aire avivó las llamas. Fui a pedir ayuda, porque mis pacientes no se movían solos. Yo salí a la calle, gritaba auxilio, pero la gente estaba en plena celebración, entonces grité más duro.

“Llegaron los vecinos para ayudar. Alcancé a entrar al pasadizo, muy cerca de donde estaban las camas, pero las llamas ya habían cubierto esa parte.

Alguien entró por una ventana, pero no había nada qué hacer, entonces subí por las que estaban arriba. A una de ellas la saqué alzada.

“Hoy tengo pesadillas, me despierto a medianoche dando gritos de pavor, pero pienso que no me puedo quedar ahí. Se perdieron cosas materiales, pero las vidas, esas que yo cuido, esas personas que yo no dejo solas para que no les pase nada, ya no pueden recuperarse. Sin embargo, debo luchar por los abuelitos que tengo, pues sus familiares nos han dado su apoyo, y entre todos tenemos que salir adelante”.

‘AMALIA ME BESABA Y ME DECÍA MAMI’ Contrario a las versiones de algunos familiares de las víctimas, quienes en su momento afirmaron que Isabel Cristina Lagos no estaba allí cuando ocurrió el incendio, la propietaria del lugar en cambio hace una cronología de lo que vivió desde el interior del hogar.

“Aquella noche –dice–, el primer familiar que vi, de las tres abuelitas que murieron, fue a la señora Cristina Didyme-Dome, hermana de Amalia. Luego los otros. Estuve allí cuando llegaron los bomberos, que actuaron muy rápido, y cuando llegó la Policía y la Fiscalía, también me encontraron allí.

“Amalia me consentía. Cuando la llevaba al baño, alzada en brazos, me daba besos en la mejilla y me decía que yo era su mami. Me duele que ahora, justo las personas que han interpuesto demanda contra nosotros eran, en vida de las abuelitas muertas, las más lejanas, las que menos las visitaban”.

Sobre el caso se sigue un proceso penal que avanza en indagaciones preliminares.

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