Copas entre Chile y Argentina

Copas entre Chile y Argentina

La película Entre copas (Sideways), que el año pasado estuvo nominada al premio Oscar, se ha convertido en el manual de instrucciones para cualquier visita a un viñedo.

04 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Unos, pocos en realidad, se sienten como Miles (Paul Giamatti), el intelectual fanático del vino, y otros, la mayoría, como Jack (Thomas Haden Church), bededores ocasionales, inclusive de vino.

La posibilidad de ir a una cata de vino no es mucha para los millones de Jack en el mundo, pero a veces se da y esta vez me ocurrió a mí, un Jack colombiano que estuvo de visita en las bodegas de Santa Carolina, en Chile, y Trapiche, en Argentina.

La visita incluyó tres días de olor a uvas, verdes o maduras, a la tierra donde cultivan los viñedos, a cavas y toneles de madera, a vinos añejos.

Pero también, exquisitos sorbos de los mejores vinos, grandes dosis de teoría sobre cuáles son los mejores, cómo se conservan, cuáles son las cepas que existen en el Cono Sur, cómo probarlos y hasta cuáles son los últimos gritos de la tecnología en cuanto a procesos se refiere.

Fueron varias sesiones de cata, con unas doce copas cada una. Aprendimos, entonces, a escupir los primeros vinos –este es uno de los pocos casos en que es decente hacerlo– y a tomarnos los últimos, cuestión de sentido común, son los mejores y uno nunca sabe si los volverá a probar.

La diferencia es que aquí los excesos sí echan a perder el momento y pueden tener efectos colaterales como les ocurrió a Jack y Miles en Sideways.

*ESTE ARTÍCULO SE HIZO POR INVITACIÓN DE PROMIX COLOMBIA.

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DÍA UNO. LUNES Aterrizaje en Santiago de Chile. Pleno verano, pero un calor soportable. La ciudad está llena de afiches que promocionan el concierto de U2. Pero el asunto aquí es el vino. La primera estación es en las bodegas de Santa Carolina, una de las pocas que están ubicadas en el casco urbano de Chile.

Es algo así como una finca, con una casa de estilo español, en medio de la zona industrial de Puente Aranda.

Allí la sorpresa es grande porque los enólogos, es decir los expertos en vino, son mencionados como una suerte de grandes maestros, algo parecido a un genio solista de una orquesta sinfónica. Son sacerdotes mayores de la religión de la buena vida.

Entonces, uno espera a alguien de edad, que ha acumulado años de trabajo y se encuentra a un grupo de jóvenes que no supera los 35 años. Sven Bruchfeld, el director de los enólogos de Santa Carolina, tiene 33 años, e Iván Martinovich, su discípulo y el encargado de presentar los vinos, 31.

Ninguno tiene corbata y el protocolo es cero. Es más, abundan las camisas por fuera del pantalón vaquero.

Doce copas vacías esperan por el vino. Y la cata va in crescendo, es decir comienza por los vinos más jóvenes, para nosotros los legos: los más baratos. Y culmina con los de gran reserva. Es el inicio de una ceremonia en la que palabras como taninos, especias, aromas frutales, notas de hierbas, cuerpo y complejidad monopolizan la charla. Es la jerga de rigor, pero, a decir verdad, no se necesita ser un experto para notar la diferencia que hay entre un Sauvignon Blanc-Semillon 2005 y el reserva de familia Cabernet Sauvignon 2003. El primero es muy popular y es de los que se consigue en los supermercados, para el otro hay que alistar la tarjeta de crédito.

El vino chileno confirma su reputación, pero hay que decir que se prepara para una dura batalla con el gigante dormido que tiene al lado, Argentina.

Después de muchos años, los argentinos decidieron que era hora de salir de casa y buscar nuevos mercados. Colombia es uno de ellos.

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DÍA TRES FIN Miércoles. Regreso a la cruda realidad.

El paso por Mendoza, Santiago y luego Buenos Aires trae buenos recuerdos y malas costumbres. Al menos para un bolsillo tipo clase media, como el de un periodista promedio o como el de los mismos protagonistas de la laureada Sideways.

Este curso de cinco días (dos solamente en el viaje de ida y regreso) no permite aclarar bien qué diablos son los taninos, ni a qué se refieren exactamente cuando hablan de olor a especias, o diferenciar si huele a roble americano o roble francés.

Es importante dominar ese lenguaje y suscribirse al Wine Spectator, la Biblia de este sector, si usted es crítico, pero inútil si su propósito es solamente pasar un buen rato y dejar un buen sabor en su boca.

Para eso lo importante es tomarse el tiempo y paladearlo para uno mismo. Es un acto íntimo, en el que sobra el exhibicionismo erudito, pues es usted y solo usted el que lo disfruta. Es como un cuadro, una sinfonía o buen libro, que no se despiden con la palabra fin sino con !salud!.

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EL DÍA DOS Vuelo en Lan Chile a Mendoza (Argentina).

Aquí el recorrido es por las bodegas de Trapiche, uno de los grupos vinícolas más grandes del país. Se constata que la presencia de sangre joven en este arte es la regla. Los enólogos de Trapiche también son treintañeros y con ellos llegó el mundo de la agricultura controlada por satélite, los computadores y las mediciones electrónicas.

Mucha ciencia para lo que durante mucho tiempo se hizo solo por intuición.

Marcelo Belmonte es el enólogo que se ocupa de la parte vitícola, es decir de los cultivos. Acaba de llegar de California y es un verdadero genio en balancear la compleja ecuación que permite recoger las uvas precisas para el vino que se desea. Es como afinar un instrumento y ponerlo a punto para producir los sonidos justos. Luego de este curso acelerado de tecnoagricultura, está la cata. Otra vez 12 copas y tomar vino a la lata.

En Trapiche, los top son los Single Vineyard, hechos con las mejores uvas de los mejores viñedos y que llevan el nombre de sus cultivadores, Viña José Blanco, Viña Felipe Villafañe y Viña Pedro González. Estas son las estrellas del paseo, pero sus precios son como los de un jugador de fútbol del Real Madrid.

En el otro extremo está el Trapiche Sauvignon, al alcance de todos y a precio de supermercado

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