Amantes que valen la pena

Amantes que valen la pena

La luz del teatro se enciende, alguno se acomoda la chaqueta y otro el pelo y, entre aplausos que ruedan por las gradas, surge la duda: ¿cuántas obras acaban de terminar? En realidad solo una, El amante, del británico Harold Pinter, pero en el escenario del Teatro Nacional de la 71, en Bogotá, todavía se respira esa dualidad de los personajes: su esquizofrenia, sus vidas paralelas, sus historias que pueden ser una o muchas...

04 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Del talento de Pinter, Nobel de literatura en el 2005, hay que repetir la cita de Carlos Fuentes: “Logra el retrato más corrosivo de cómo vivimos y hablamos”. Es uno de los grandes dramaturgos del último siglo (nació en Londres en 1930) y además de vehemente crítico político y guionista inacabable, ha escrito obras que impactan igual por su simpleza y por su profundidad.

Pero todo eso suena dramático y tenso. Y El amante es una comedia llena de ironía y, sobre todo, aguda. Richard permite que su esposa, Sarah, reciba a un amante –que es, o puede ser, él mismo– varias veces por semana en su propia casa. Y ella parece feliz con que él visite con frecuencia a una prostituta –que es, o puede ser, ella misma–.

Esto, que parece absurdo, se vuelve realmente absurdo en escena. No en vano la admiración de Pinter por Samuel Beckett y la justicia de Fabio Rubiano –director del montaje en el Teatro Nacional– al describirla hace poco en EL TIEMPO: “En acciones mínimas, crea conflictos máximos”.

De ahí la habilidad de Pinter para comerse las fronteras entre el humor y el hastío por la rutina. Y de ahí la astucia y el talento imprescindibles para montar una obra como El amante que, en la sala de la 71, es placer puro y recrea con certeza el sarcasmo de la pieza y la dualidad de los personajes.

La obra se vive en un solo impulso: es corta (una hora), el texto es vertiginoso, la estética sencilla y el montaje ágil. ¿Se puede pedir algo más? Sí, una extraordinaria actuación. ¿La tiene este Amante del Teatro Nacional? No siempre.

Son tantos los estados de ánimo de los personajes de Pinter, tantos sus cambios repentinos en escena y tantas sus facetas, que Patrick Delmas y Marcela Carvajal, por instantes, parecen ir a destiempo con la doble pareja de la pieza, tan extasiada como hastiada del amor. Ellos, sin embargo, saben mostrar ese clima algo desquiciado de la obra. Sin duda.

Asombra, y esto también es mérito de los actores, que El amante, publicada en 1962, parezca más vigente ahora. Es, más que nada, una muestra contemporánea y vivaz de cómo nace y muere el amor entre la rutina, la fantasía, la pasión y hasta la locura.

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