Status quo

Status quo

La razón la tiene el que más grite, o dicho en términos coloquiales “El que no llora no mama…”. Mientras más trágicos sean los pronunciamientos sobre el futuro de la nación, más prensa mojan. Triste ya, que para los intercambios internacionales colombianos el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos es como una nueva constitución y amerita, por lo tanto, un análisis mesurado.

03 de marzo 2006 , 12:00 a.m.

Las premisas teóricas sobre los beneficios del comercio serían el preámbulo de la discusión razonable. Los postulados de la ciencia económica suelen tener dificultades para ajustarse a una realidad que los desborda (basta observar lo desmirriadas que andan las predicciones) pero poseen una excepción: hace casi 200 años David Ricardo demostró con la precisión del teorema de Pitágoras que el comercio internacional no es una suma cero.

Todos ganan.

El inglés reunió la belleza de la demostración matemática con la verdad en la práctica. Dos siglos más tarde, una enorme acumulación de valor agregado le ha dado claramente la razón, al punto que los nacionalismos del orbe han aceptado ceder soberanía a la Organización Mundial del Comercio (WTO). Van pacientes décadas de sucesivas y dificilísimas negociaciones, plagadas de obstáculos políticos, reduciendo barreras al intercambio. Actualmente se avanza en la llamada Ronda Doha, que, con despalomada ingenuidad, detractores del TLC aspiran a que se arregle antes de formalizarlo.

Esos detractores se agrupan en varias vertientes. Ante todo está la de los implacables, para quienes cualquier aproximación a los Estados Unidos resulta demoníaca. Negocio que se haga con ese país es intrínsicamente malo y los hechos nunca los van a convencer de lo contrario. Luego están los que ignoran principios elementales de economía y por lo tanto son impermeables a argumentos científicos. Y por último están los que, aunque bien informados, atraviesan un túnel coyuntural con miras a las próximas elecciones y se refugian en el “sí, pero”. Estos últimos andan por las ramas escogiendo hojitas del frondoso árbol arancelario para encontrar las que tienen gusanos, que, por supuesto, las hay. Todo acuerdo es susceptible de ser mejorado. Esa discusión no termina nunca. Lo perfecto es negociar solo.

A los inconformes políticos del TLC, se suman los que se sienten gremialmente lesionados. Para ellos la estrategia ha sido identificar su interés particular con el interés nacional, exagerando el supuesto daño propio y minimizando el beneficio general. Han encontrado eco en una prensa irreflexiva -o peor- que, curiosamente, le ha dado poco despliegue a las esas sí nefastas secuelas para la economía nacional del vencimiento a fines de este año del sistema de Preferencias Andinas. Al fin y al cabo, los Estados Unidos no tienen porqué prorrogar esa prestación gratuita por la linda cara de Colombia.

Del alboroto por el TLC sale a relucir un sesgo inquietante: la preocupación con el status quo. Don Sancho Jimeno desde la atalaya en que oteaba la aproximación a la armada pirática enfilada hacia Cartagena en 1697, hacía reflexiones para sus adentros sobre el gran daño que le había hecho a España el andar en las mismas con los mismos, sin innovación desde cuando los ancestros habían conquistado un continente. No lo convencía seguir repitiendo lo de siempre sólo porque ya se venía haciendo. Don Sancho, antes que los tratadistas, intuía que la esencia de la economía es el cambio.

Qué tal que Colombia hubiese insistido en seguir protegiendo el trigo de las altas mesetas andinas, para que la inmensa mayoría de los colombianos en las ciudades estuviese pagando el triple por su pan y sus pastas. O que las telas antioqueñas, por tantos años aferradas al arancel y demás gabelas parafiscales, no hubiesen entendido que la cosa no era más por ahí sino añadiendo valor en Colombia Moda. O que los quindianos se hubiesen puesto a llorar debajo de matitas de café en vez de reorientarse hacía sembrar plátano y vender el turismo en su bello departamento.

Al presidente Uribe hay que abonarle su entereza al anteponer el interés general a su reelección. El TLC inaplazable, puesto que esta es su ventana de oportunidad, le costará votos. Hay que excusar que el estadista le ceda el paso al político al intentar proteger su descubierto cuarto trasero avícola con subsidios como los anunciados en ‘Agricultura, Negocio Seguro’.

Pero ¿Por qué no, por ejemplo: ‘Carpintería, Negocio sin Pierde’?

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