EL SORTILEGIO DEL AZAR

EL SORTILEGIO DEL AZAR

Echar mano de las ciencias o artes ocultas, lo que simplemente se ha llamado brujiar , ya no es exclusivo de mujeres, ignorantes, desplatados, quienes andan en problemas o se preocupan solo por las cosas de este mundo. También dejaron de ser rituales reservados para martes y viernes en gabinetes clandestinos y misteriosos. Entre estas prácticas hay algunas públicas, instantáneas y cotidianas, como columnas de prensa, líneas telefónicas y máquinas tragamonedas que suministran el horóscopo. Otras son más personales y sofisticadas como la carta astral, que se elabora metiendo en el computador fecha, hora y lugar de nacimiento. Al parecer, da pistas sobre lo que conviene o no y, con algunos niveles de fanatismo, se ha convertido en el mapa de navegación de empresarios, políticos, artistas y de otros que siendo menos populares, también quieren triunfar.

17 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

En esta misma línea están las fotografías tomadas con el efecto Kirlian que registran algo llamado, por quienes andan en ese mercado, la intensidad del aúrea o energía de la persona. Con esa lectura ellos detectan lo dicen con la mano sobre el corazón estados anímicos, problemas afectivos, mentales o corporales.

También se hacen hipnoterapias mentales, sexuales, contra la drogadicción y para diagnosticar y tratar enfermedades crónicas o sicosomáticas (problemas que están en la cabeza, pero que se reflejan en el cuerpo).

Al lado de ellas, continúan teniendo adeptos, y cada vez más numerosos, las adivinas y adivinos de naipe y bola de cristal, y los brujos o hechiceros populares. Estos dicen poder traer al ser amado en tres días y ligarlo para siempre, revelar el nombre del enemigo y alejarlo a costa de lo que sea y dan riegos, hierbas, amuletos, talismanes y oraciones para la buena suerte.

Son fenómenos que por el hecho de haber invadido los terrenos de las disciplinas racionales y tener un público ya no tan delimitado, despiertan hasta en los más escépticos ciertos cuestionamientos.

Es casi imposible no sentir por lo menos curiosidad. Omar Hegeile, parasicólogo y estudioso de lo esotérico, dice que, aunque no se exteriorice, la gente cree en esos poderes y fenómenos ocultos porque, de alguna manera, hay que sustentar en la mente lo que no se puede entender. Su planteamiento es contundente: quien no cree, no existe.

O si no: quiénes visitan los consultorios de adivinas, mentalistas, astrólogos, brujos, parasicólogos? Qué los mueve a ir? Por qué lo siguen haciendo? Generalizando, los clientes van desde los 17 hasta los 70 años y son, por parejo, de todas las clases sociales y credos religiosos. Parece que no hay sexo para ello y, en algunos casos se cae el mito, van más hombres que mujeres. Hay estudiantes, médicos, abogados, sicólogos, hombres de negocios titulados o no, obreros, amas de casa, maestros, gente de farándula y sacerdotes y religiosas que cuestionan su vocación o su vida personal.

Según la astróloga Elsa Vanegas, desde el presidente César Gaviria, casi todos los políticos tienen su asesor astrológico, al estilo de los grandes gobernadores y empresarios europeos y norteamericanos. La esposa de Reagan causó perplejidad en ese sentido.

Los futurólogos coinciden en que sin importar la clase social o el sexo, las preocupaciones son las mismas para sus clientes: la mayor es el futuro. Ya sea el amor primer motivo de consulta, cómo van a funcionar las inversiones, o qué depara alguna oferta laboral. Comercio de esperanzas Hay quienes llegan al consultorio llenos de conflictos emocionales por problemas afectivos, familiares o económicos que, cualquiera pensaría, son casos para sicólogos, sicoanalistas o asesores financieros. Ellos consideran a estos expertos (que algunos califican de puros charlatanes) sus consejeros y portadores de soluciones. Suelen caer en fanatismos: llamarlos a media noche, en medio de una crisis, o no dar un solo paso sin consultarlos.

Algo similar sucede con los motivos de salud. La mayoría corresponden a enfermos desahuciados, cansados de rodar de médico en médico sin encontrar mejoría o, por lo menos, un diagnóstico. Un gran porcentaje confiesa haber encontrado respuestas en los adivinos.

Quienes miran esta situación con ojos críticos, aseguran que la gente recurre a dichas consultas porque la educación y el medio han mutilado su autoconfianza y lo oculto les ofrece respuestas más rápidas y reconfortantes que las de la medicina o la sicología.

Los astrólogos tienen otra explicación: estamos en la Era de Acuario; Urano está entrando en la casa que rige el inconsciente colectivo de Colombia; está gobernando el imperio de Plutón... Y eso estimula una alta receptividad hacia las cosas metafísicas. Por eso, no es raro que al consultorio de un astrólogo llegue alguien con serias inquietudes sobre su misión en la tierra, sobre sus vidas pasadas o las que va a tener.

Otros lo atribuyen a la necesidad de encontrarle asidero a una angustia colectiva ocasionada por el cambio de milenio: los pasos agigantados del progreso científico, la era atómica, las tecnologías desconocidas, la apertura al espacio, el derrumbe de ideologías y sistemas políticos y económicos, producen cierto desconcierto.

Pero el debate no es ese. Esas ansiedades de la gente que siempre han existido son explotadas y convertidas en productos de mercado. En Bogotá se consiguen expertos en leer hasta las cosas más inverosímiles: las líneas de la mano, por lo menos 10 tipos de naipes, el fondo de la taza de café, té o chocolate, las nubes y el humo, huesos o tierra de muertos, el tabaco, la bola de cristal, la piel, la energía del cuerpo, la lengua, el iris del ojo, la carta astral... Hacerse esta última, que está de moda, puede valer hasta treinta mil pesos o más. Las consultas con adivinos van de dos mil a quince mil pesos, sin contar los rituales, talismanes y esencias y bebedizos que casi siempre acompañan los tratamientos. Cuando se piensa que hay expertos que pueden tener, en promedio, hasta 10 consultas diarias, las sumas que están en juego son fabulosas. La persistencia de muchas de estas prácticas mágicas es alimentada por una publicidad que abunda en diarios, revistas y programas radiales sensacionalistas. Ahí están, nadie los ve En Colombia no se sabe a ciencia cierta cuánto dinero se mueve en esos sitios porque ni siquiera se sabe cuántos hay. Pero en países como Francia, la cifra supera los tres mil. Y son grandes contribuyentes: cada año le pagan al fisco tanto o más dinero en impuestos que los abogados, médicos y arquitectos.

Allá es una profesión liberal y es aceptada. Pero aquí, dentro del Código de Policía y el Penal, algunas de esas prácticas podrían tipificarse como delitos contra la fe pública y abuso de confianza y de las necesidades, pasiones e ignorancia de la gente.

Quién los controla? Hay varias instituciones encargadas de hacerlo. El Ministerio de Comunicaciones vigila permanentemente los programas radiales. Según el coronel (r) Hernando García, jefe de la sección de Evaluación y Vigilancia del Servicio, el ochenta por ciento de las infracciones detectadas corresponden a emisoras de A.M. que transmiten programas de brujería a altas horas de la noche. Las sanciones llegan hasta la suspesión por veinte días del espacio. Al parecer, los casos han bajado.

En Bogotá, la Secretaría de Salud se encarga de los casos relacionados con curanderos y supuestos médicos tradicionales. Se han cerrado algunos establecimientos, y muchos casos están cursando proceso judicial. Pero solo se abren investigaciones cuando hay denuncias específicas.

Lo mismo sucede con la Policía Metropolitana. Ellos reconocen que no llevan un registro de esos negocios y que no hacen un seguimiento permanente. Han indagado casos aislados, y las denuncias son muy esporádicas. Desde hace por lo menos un año no tienen casos de charlatanes, estafas o abusos cometidos por supuestos brujos.

El principal obstáculo es que quienes utilizan esos servicios están convencidos de que el adivino tiene poderes. Lo creen hasta la sugestión: les dan un status rodeado de tanto respeto y temor, que quienes salen defraudados descartan la idea de acusarlos.

Pero hay cosas aparentemente ciertas: los expertos dicen poder demostrar científicamente que los cuerpos celestes afectan a las personas y que sí hay clarividentes, aunque muy pocos, y enemigos de toda publicidad.

Hegeile asegura que el poder de la mente puede alterar estados mentales o físicos a distancia. Que muchos materiales ejercen influencias en el campo vibratorio de alguien y son explotados como talismanes. También se aprovecha el hecho de que ciertas sustancias tomadas crean desequilibrios energéticos o físico-químicos, y por eso se habla de brebajes o bebedizos.

Esos fenómenos, que tienen una explicación científica, son tergiversados por los charlatanes y convertidos en trucos para deslumbrar y engañar a la gente.

Pero todo efecto es potencializado por la fe de quien acude. No es extraño, entonces, que en un estudio hecho en Bogotá por la socióloga Liliana Soto, el setenta por ciento de las personas que recurren a esas prácticas confiese que su situación ha mejorado.

Hay otro factor que favorece este nuevo mercado: el hecho de que el universo se esté estrechando. Así se han puesto en circulación ritos, magias y religiones hasta ahora desconocidas y, por lo mismo, atractivas.

El motor fundamental seguirá siendo los vacíos, preocupaciones y misterios de la vida. Por ello es posible que, al lado de los descubrimientos científicos, cada vez más rápidos e impactantes, lo oculto y la pasión por lo irracional continuará ganando espacio.

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