Una historia para no repetir

Una historia para no repetir

(EDICION BOGOTA) Un domingo, hace cerca de cuatro décadas, con el sol canicular de los Andes y próxima a gozar de la maternidad de mi primera hija, fui a visitar Tenjo. Al lado de la carretera, en una cuneta, estaba tirada una maleta de cuero color marrón, de tamaño mediano, de esas que se amarran con tiras del mismo material. Mi primer impulso fue pedir a mi marido parar, pero la maleta ya había quedado atrás.

27 de febrero 2006 , 12:00 a.m.

Al dar una vuelta por la plaza me encontré, por segunda vez, con la maleta de mi curiosidad. La llevaban dos policías, seguidos por un grupo de curiosos. “¿Qué tendrá?”, preguntábamos todos. Los policías entraron con la maleta a la Alcaldía Municipal. No se me pasó por la mente que en esa maleta se escondiera una carga macabra, y mucho menos que ella pudiera trazar la ruta de preocupaciones y derroteros de mi existencia.

Al día siguiente, al tomar mi café y mirar EL TIEMPO, me encontré con que la maleta era noticia. Adentro estaba el cadáver doblado de una mujer de 24 años, Olga Lara Mina (nombre cambiado).

La noticia mojó prensa por varios días. Olga era mecanógrafa, trabajaba en un hospital de la ciudad y tenía un hijo. Medicina Legal dictaminó muerte por asfixia. Aunque se habló de un “profesional que practicó una intervención durante la cual la muchacha falleció y, ofuscado, procedió al ocultamiento”, la investigación privilegió la hipótesis de un crimen pasional. El caso se identificó como ‘la enmaletada’ y las contradicciones empezaron a aflorar.

La pesquisa tomó un nuevo giro cuando un falso médico, que tenía consultorio para hacer abortos y que la Policía venía siguiendo, confesó que, ante el pedido urgente de Olga, que tenía seis semanas de embarazo, le había practicado un aborto y, por accidente, la paciente había fallecido.

Así fue como Olga Lara Mina pagó con su vida el deseo –o tal vez la necesidad– de interrumpir una gestación. Después de tres días, su cadáver inyectado de formol fue a parar, entre una maleta, a una vía pública en el amanecer de mi paseo sabanero.

Esta trágica y dramática historia se grabó en mi mente como símbolo de una tremenda injusticia y me ha acompañado desde entonces. Cuando más tarde me interesé por los estudios sobre la mujer, aprendí sobre la norma restringida que Colombia tenía, y mantiene, sobre el aborto y entendí por qué Olga Lara Mina tuvo que recurrir a la inseguridad de la clandestinidad para llevar adelante una decisión sobre su vida reproductiva, decisión que tuvo que pagar con su vida.

Esta historia y mi trabajo de años sobre la situación de la mujer me empujaron a luchar en las conferencias de Población y Desarrollo de El Cairo (1994) y de la Mujer en Beijing (1995) por la defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Tal historia debería avergonzar a la sociedad colombiana que, por un lado, condena el aborto en la norma y, por otro, lo tolera en la práctica. Para zanjar la contradicción entre condena y tolerancia se cobija en la negación y ocultamiento de la realidad, dejando todo el peso a las mujeres. Algunas pagan con su vida, como lo demuestra la alta tasa de mortalidad materna asociada a las complicaciones generadas por los abortos inseguros, o pagan con secuelas que quedan en la salud física y emocional.

El aborto puede discutirse como una decisión del orden moral y, por lo tanto, del fuero interno de las mujeres, pero en definitiva es también un problema de la sociedad. Esto, porque compromete la salud pública en cuanto a embarazos no deseados, mortalidad materna, programas de educación sexual y de planificación familiar.

El cambio de normatividad, que hoy cursa en la Corte Constitucional, avanza en liberalizar el aborto y tratarlo como un asunto de salud pública, de equidad de género y de justicia social, para que en este siglo las mujeres tengan acceso a servicios dignos y seguros y nunca más se repitan las Olgas .

Laras Minas. * Socióloga, profesora titular jubilada de la Universidad Nacional

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