Acercar a los sunitas, desafío en Irak

Acercar a los sunitas, desafío en Irak

El gran reto para Estados Unidos y para el gobierno iraquí es convencer a los sunitas de entrar a formar parte de un gobierno de unidad.

26 de febrero 2006 , 12:00 a.m.

De lo contrario, la violencia entre grupos religiosos desatada el miércoles pasado tras el atentado contra la mezquita dorada de Samarra podría no ser más que una leve muestra de lo que podría suceder entre sunitas y chiitas.

Dado que amplios sectores de miembros de las dos comunidades religiosas viven mezclados, se presume que una guerra civil desataría una especie de conflicto de limpieza en la que los sunitas querrían dejar libre el territorio de chiitas, y viceversa.

Wesley Clark, ex comandante de la Otan que hoy es consultor, lo tiene claro: “No digo que podamos terminar con el sectarismo, pero pienso que no se puede mantener un Estado iraquí completo si no se logra continuar implicando a los sunitas”, dijo en el Council on Foreign Relations (CFR), un centro de investigación en Washington.

Cambio de actitud Y la razón es sencilla. No es posible –sin pagar los costos– marginar a una comunidad que durante años manejó las riendas del poder y de la economía iraquí; que representa entre un 20-25 por ciento de la población; que sostenía estrechos lazos con la mayoría de países árabes vecinos, y que cuenta con algunos sectores que en la actualidad tienen un poder de fuego capaz de causarles grandes dolores de cabeza a las tropas estadounidenses y británicas.

Por eso, los expertos piden un cambio de actitud de Washington: “La situación todavía no es desesperada porque muchos iraquíes aún piensan que si abandonan la reconstrucción eso significaría la guerra civil –escribió Kenneth Pollack, experto de la Brookings Institution, en un estudio titulado ‘Un cambio de época: una nueva estrategia de E.U. en Irak’–. Por lo tanto, E.U. debe abordar el 2006 como un año decisivo”.

Es el reconocimiento de que tras la caída de Saddam Hussein, en el 2003, se cometió un error de percepción. Washington dio por hecho que tras años de represión contra los chiitas, estos los recibirían con pétalos de rosas.

Esperaban manifestaciones de júbilo por haberlos librado de la brutalidad de Saddam.

Pero no fue así. Gran parte de la jerarquía religiosa chiita y algunos tan influyentes como el radical Moqtada al Sadr y sus milicias se opusieron abiertamente a la presencia de tropas extranjeras en su territorio y lo hicieron saber con el ruido de sus fusiles.

Por eso Washington, también para castigar a los sunitas que habían apoyado a Saddam durante años, se empeñó en ganarse el apoyo de los chiitas y puso en sus manos el gobierno, la policía y el ejército.

Además, persiguió a los miembros del partido Baas, el único que existió por años.

Los sunitas, en cambio, fueron lanzados al ostracismo, lo que los llevó, por supuesto, a la insurrección. De ahí que la actividad de los grupos armados rebeldes, que tantas veces atacan objetivos civiles chiitas, es vista, cuando menos, con comprensión por parte de los sunitas, muchos de los cuales ven al nuevo régimen como un enemigo.

Esa es una de las razones por las que en la actualidad tanto el gobierno actual como E.U. intentan que los sunitas se vinculen de alguna forma al nuevo gobierno. Ya lograron que participaran en las pasadas elecciones de diciembre, pero tras largas negociaciones empantanadas por semanas, y rotas tras la jornada de violencia del miércoles pasado, es difícil que retornen.

Los intereses iraníes Ahora, hay que tener en cuenta también a las fuerzas extranjeras.

En las plegarias y sermones del viernes pasado, los líderes chiitas acordaron pedir calma a las dos comunidades y reiteraron que estaban convencidos de que la autoría del atentado contra la mezquita dorada de Samarra no fue de los sunitas iraquíes sino de fuerzas extranjeras.

Unos apuntaron a las milicias de Musab al Zarqawi, el jordano de Al Qaeda que le declaró la guerra a los chiitas por considerar que son infieles y apóstatas: “Detrás de los atentados hay extranjeros que vienen de Arabia Saudí, Kuwait y Siria, pues las operaciones suicidas no las hacen los iraquíes”, explicó a EL TIEMPO Yassin, un profesor partidario de la máxima autoridad religiosa chiita en Irak, el ayatolá Alí al Sistani.

Otros aseguraron que la responsabilidad era de los servicios de inteligencia estadounidenses e isralíes, que querrían desestabilizar.

Y algunos fueron más allá. Quizás tanto la destrucción de la mezquita como las operaciones de represalia contra los sunitas fueron planeadas por sectores de los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes. Estos están controlados por las formaciones confesionales chiitas de Al Dawa y del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak que lidera Abdulaziz al Hakim y que tienen vínculos directos con Irán: las milicias Bader.

“Por el momento, la violencia es provocada desde arriba, pero aún no ha impregnado la base. Irak es el rehén de un conflicto regional entre E.U. e Irán, pues Teherán quiere impedir que Washington constituya un gobierno que le sea favorable”, estimó Ghassam Salame, especialista en Oriente Medio y ex consejero de la ONU en Irak.

Es por eso que el reloj avanza en contra de quienes quieren que el panorama se estabilice. Pues, como asegura Salame, “si la situación sigue estancada y si el gobierno no es formado rápidamente, el país puede caer en la guerra civil”.

*Con reportería de Karen Marón.

AÑOS DE LUCHA Las diferencias entre sunitas y chiitas tomaron forma poco después de la fundación de la religión musulmana, específicamente tras la muerte del profeta Mahoma.

Mahoma había establecido que quien debía elegir a su sucesor era una asamblea (shura), principio de gobierno de toda autoridad musulmana. Así, fueron elegidos cuatro califas, llamados los ‘bien guiados’: Bakr, Omar, Uthman y Alí.

Pero las luchas políticas entre ellos y los asesinatos torpedearon la línea de sucesión.

El último de los califas, Alí, que era yerno de Mahoma, tuvo que enfrentar a Mutawiya Abi Sufran, un hombre tan poderoso que logró trasladar la capital del naciente imperio árabe de Bagdad a Damasco.

Allí fundó la dinastía de los Omeya, que durante años dirigió el rumbo del imperio árabe en su expansión.

Así, la que era una religión monolítica se partió en dos: los seguidores de Alí se convirtieron en los chiitas, y los demás en sunitas.

Los chiitas creen que el sucesor legítimo de Mahoma es Alí y tras de él sus hijos (Hussein y Hassan) por ser la única descendencia masculina del profeta.

Pero Alí murió asesinado, y su hijo, Hussein, que intentaba ser nombrado ‘comendador de los creyentes’ murió decapitado en un combate en el 680 después de Cristo en la ciudad de Kerbala (Irak).

Marginados Desde el califa Alí se cuentan 12 imanes. Según la tradición, el último de ellos, Muhammad al-Mahdi, se ocultó voluntariamente en una cueva que está debajo de la mezquita dorada de Samara, la misma que fue dinamitada el miércoles, para regresar, al fin de los tiempos, a hacer justicia.

Los sunitas dominaron la región y la riqueza y los chiitas estuvieron marginados, hasta que en 1979 triunfó la revolución islámica de Irán, y ahora otros chiitas dominan también en Irak.

IRAK, CORAZÓN DE LA DISPUTA E.U. VR. IRÁN Irak es el rehén de un conflicto regional entre E.U. e Irán, pues Teherán quiere impedir que Washington arme un gobierno que le sea favorable”

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.