El último patriarca de la dinastía de los Echavarría

El último patriarca de la dinastía de los Echavarría

El empresario, filántropo, intelectual, fundador de empresas, de universidades, de escuelas, ex ministro, ex embajador, escritor de 28 libros, Hernán Echavarría Olózoga, de 94 años, se murió en un tranquilo sueño el pasado martes en su casa del barrio Chicó, en el norte de Bogotá, donde tenía una enorme biblioteca y consentía un jardín de árboles nativos, que seleccionó cuidadosamente.

26 de febrero 2006 , 12:00 a.m.

Su desaparición cerró un capítulo en una generación descendiente de una de las grandes familias antioqueñas que transformaron las industrias y los negocios, no solo en Antioquia sino en el país.

La historia de su familia se remonta a mediados del siglo XIX, en Barbosa (Antioquia), a donde su bisabuelo don Rudesindo Echavarría Muñoz, que se casó con doña Rosa Isaza Pérez, llegó atraído por la fiebre del oro.

Don Rudesindo dejó Barbosa y se trasladó a Medellín, con sus seis hijos, donde creó una empresa comercializadora de telas.

Tras la muerte de Rudesindo, Alejandro Echavarría Isaza, uno de sus hijos, que había estudiado artes prácticas y carpintería en la Escuela de Artes y Oficios, se encargó de la empresa de su padre a los 17 años.

El biógrafo Roberto Cadavid, conocido con el seudónimo de Argos, escribió en el libro ‘Grandes forjadores’ una anécdota sobre este comienzo que partiría en dos la historia de Antioquia: “Los importadores de mercancía con los cuales negociaba Rudesindo mantenían en el mayor misterios sus fuentes de aprovisionamiento extranjero. De un sobre con sellos ingleses hallado por azar en el almacén de uno de estos proveedores, uno de los Echavarría tomó la dirección del despachador europeo. Reuniendo todos sus ahorros le mandaron a esa firma desconocida 10.000 pesos oro en barras y le solicitaron ancheta de mercancía semejantes a las que le despachaban a don Lisandro Uribe. Medio año después llegó el pedido, todo de telas, y una carta que inició una conexión de largo tiempo…” Pero Alejandro Echavarría Isaza, que tuvo siete hijos con doña Ana Josefina Misas Eusse, fue más allá de traer telas, participó en la creación de la primera empresa de energía eléctrica de Medellín a finales del siglo XIX y en 1908 creó Coltejer, para producir telas en nuestro país.

Viajaba a Estados Unidos y Europa para realizar negocios, participó en la fundación del Banco Alemán Antioqueño, construyó la primera cancha de tenis en Medellín, pero su obra más consentida fue una de carácter humanitario, la construcción del hospital San Vicente de Paúl de Medellín, cuya primera piedra fue puesta en 1916.

La mayoría de los hijos de don Alejandro Echavarría Isaza, que murió en 1928, se dedicaron a trabajar en su compañía, como don Carlos J., que había estudiado economía y finanzas en la universidad de Columbia (E.U.) y fue gerente de Coltejer por varios años, pero además fue fundador de la Asociación Nacional de Industriales (Andi), del Banco Industrial Colombiano, de RCN e impulsor de la industria bananera.

En el negocio de la locería Pero el encargado de abrir un nuevo camino en los negocios de la familia fue don Gabriel Echavarría Misas, otro de los hijos de don Alejandro, que en 1935 adquirió la fábrica Locería Colombiana.

Don Gabriel, que se casó con doña Elena Olózoga, envió a sus hijos varones a prepararse a Europa y Estados Unidos para asumir el control de su empresa.

Entre ellos estaba don Hernán Echavarría Olózoga, que estudió ingeniería en la Universidad de Manchester y Economía en el London School of Economics.

Regresó a Colombia en los años 30, trabajó en Coltejer y terminó en el negocio de la Locería, de su padre, que dio origen a la Organización Corona, la pionera en el país en elaboración de productos de cerámica para el baño.

Pese a que tres de sus hermanos Elkin, Norman y Felipe, estuvieron trabajando en la empresa, don Hernán siempre despuntó como el líder familiar, por su inteligencia y sus grandes conocimientos académicos, que iban más allá de las cifras de los negocios.

Partió a la capital a montar una fábrica en la sabana de Bogotá y comenzó la expansión de esta empresa, que tiene presencia en 22 países y que actualmente tiene participación en el mercado de los Estados Unidos.

En los sesenta, don Hernán y sus hermanos, asesorados por empresas extranjeras, convinieron entregarles el manejo de la empresa a jóvenes profesionales y se dedicaron a otras labores.

Blanco de violencia Pero esta próspera y numerosa familia, como muchas del país, no se escapó de la violencia.

En 1971, Diego Echavarría Misas, tío de don Hernán, fue secuestrado y asesinado. En 1988 fueron secuestradas en el oriente de Medellín, Elena Olarte de Echavarría, esposa de un tío de don Hernán, y su hija María Elena Echavarría de Robles.

Un año después, en El Poblado, fue secuestrado Norman, hermano de don Hernán, con su amigo estadounidense Michael Reyf. Los dos fueron liberados 10 días después. Y el 17 de diciembre, el grupo de ‘Los Extraditables’ secuestró a Patricia Echavarría de Velásquez, sobrina de don Hernán, y a su hija Diana. Un mes después, las dejaron dentro de un furgón con un mensaje en el que anunciaban la rendición ante el Gobierno.

El 4 de septiembre de 1990 la familia sufrió otro golpe. El industrial y ganadero Julián Echavarría Lince, otro sobrino de don Hernán, murió luego de que fue secuestrado y la policía trató de rescatarlo de su cautiverio en zona rural de Puerto Triunfo (Antioquia).

El gran pensador Pese a estos insucesos, recuerdan sus amigos, don Hernán Echavarría Olózoga, el último en morir de sus cuatro hermanos, nunca se alejó del país, ni pensó abandonar sus empresas.

Don Hernán, pese a todo lo que lograron sus familiares, es considerado por todos como el más sobresaliente de la familia, pues no solo se destacó en el campo empresarial y en el mundo de los negocios, sino que incursionó en la política, en el mundo académico y en el periodismo.

Siempre defendió la libertad de empresa, para generar empleo, y pidió una reforma agraria. “No debemos permitir que el gran problema de la pobreza se vuela cuestión de foros”, decía.

100.000 pesos aportaron don Hernán y sus cuatro hermanos, junto con su madre, doña Elena Olózaga, para crear la organización conocida hoy como Fundación Corona, que incentiva programas de educación en el país

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.