PLENITUD

En el trabajo de educación sexual con padres de niños pequeños se aprecia gran preocupación por dar elementos positivos para una sexualidad sana y realizante. El educador sexual cae a veces en la tentación de dar fórmulas en relación con el manejo de la desnudez, el estímulo a la sensualidad y el autoerotismo, o el uso de películas explícitas sobre el tema. En los adultos participantes en estas actividades surge a veces angustia por la no convicción en ellas o la certeza de su incapacidad para ejecutarlas. Cuando logran cumplirlas, terminan haciendo mayor daño pues su conducta no es espontánea sino forzada y estresante.

03 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

En realidad, una sexualidad sana en el niño se garantiza simplemente con pocos elementos básicos, entre ellos, la percepción positiva del cuerpo y de cada una de sus partes.

El niño inicia su relación con el mundo a través de la vivencia del contacto físico con la madre (su calor, olor, textura de piel, respiración, pulsaciones). Una madre que niega a su hijo esta experiencia ( conectándole un tetero acuñado con la almohada, por ejemplo) lo está preparando para ser insensible a la presencia del otro y desconfiar de él.

Más tarde ese hijo comienza a descubrir su cuerpo. Comienza con su mano y, a medida que su campo visual lo permite, descubre los otros componentes de su realidad corporal. En un momento determinado, descubre sus genitales y tiene, usualmente, la primera experiencia negativa: la risas que se producían cuando chupaba el dedo gordo del pie, se tornan en miradas reprobatorias o angustiosas cuando los toca. Aquí se inicia su percepción de que el cuerpo está dividido en dos tipos de partes: las buenas, mostrables, tocables; y las malas, vergonzosas, intocables.

Al surgir el lenguaje, la idea queda refozada: mientras la oreja se llama oreja y el ombligo ombligo, los genitales tienen múltiples apodos: pajarito, cuca, cosita. Las actividades relacionadas con ellos se vuelven también tragedia familiar: el control de esfínteres está rodeado de términos negativos (sucio, caca), castigos y en ocasiones, violencia.

Su autoestima, que es clave para las relaciones sexuales sanas, desciende con estas experiencias. Aprende que, para ser amado, debe responder siempre a las expectativas del otro, lo cual va a ser negativo para su futuro.

La clave está entonces en transmitir siempre al niño una vivencia positiva del cuerpo: este es bueno, y cada una de sus partes existe, tiene nombre y desempeña una función.

El modo de transmitirlo depende de cada quien y no hay fórmulas mágicas. La única ley aplicable para todos es: solo en la medida en la cual mi cuerpo es bueno y valioso para mí, puedo transmitir esa idea y esa vivencia a los demás.

Nunca es tarde para empezar, y cuanto más temprano se haga, mejor será.

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