L A C O L U M N A D E P L I N I O AVIÓN SIN PILOTO

L A C O L U M N A D E P L I N I O AVIÓN SIN PILOTO

Consternación por renuncia de López, titula EL TIEMPO. Y el término no es excesivo. Es consternante, en efecto, para el país y para el liberalismo, que López Michelsen no asista a la Constituyente, ni encabece una lista nacional por ese partido, cuando los restantes grupos políticos ponen al frente suyo las figuras más emblemáticas. Es algo más que un tropiezo: la expresión de una crisis profunda que puede alterar el equilibrio político del país. Yo la definiría de la siguiente manera: a tiempo que la opinión se moviliza hoy contra la clase política, considerando que contra ella, contra el congreso y contra el clientelismo se convoca la Constituyente, el liberalismo no dispone sino de este soporte electoral. Su único gran puntal en el voto de opinión era Galán. Asesinado, también el galanismo murió con él; sus sobrevivientes, efímeros dueños de un patrimonio emocional que les permitió elegir a Gaviria presidente, entraron fatalmente, por falta de líder, en el juego de las cuotas y d

29 de octubre 1990 , 12:00 a. m.

Pero es hasta cierto punto injusto que el voto de opinión vaya a castigar al liberalismo, cuando allí quedan figuras de gran integridad y jóvenes parlamentarios de una mentalidad nueva (pienso en un Fernando Botero Zea, en un Enrique Peñalosa Londoño) que marcan distancias con el clientelismo rampante, con sus manejos y la pobre retórica populista. Pero no son ellos los que dan al partido su coloración dominante. Son más bien la excepción.

López Michelsen, que nunca ha sido un manzanillo sino un hombre de ideas, un aristócrata del pensamiento, intentó articular una lista reluciente con figuras de este corte, sin excluir, como redes tendidas en provincia para atrapar residuos, listas regionales. Sospecho que debió desistir de su empeño ante la imposibilidad de obtener, por voracidad de los caciques, un soporte electoral efectivo y sin condiciones para su limpia nómina de candidatos. La aristocracia intelectual no hace ciertamente buen matrimonio con la democracia del trapo rojo, del aguardiente, del sancocho y las polvaredas clientelistas.

Quedan desde luego candidatos liberales de lujo al frente de listas sin mayor andamiaje electoral; es posible que algunas de ellas logren una dimensión nacional. Pero resulta dudoso, justamente por ser figuras que se apoyan en el limpio voto de opinión, que movilicen el fervor de los barones. Tampoco hay articulación en sus propuestas. No alcanzan a expresar homogéneamente un pensamiento de partido; simplemente éste no existe, pues hay en ellos trasnochados de la socialdemocracia y voceros de la nueva ola liberal que sacude al mundo. En suma, no hay en el campo sino partes de un ejército desperdigado, sin general en jefe. Eso es hoy el partido liberal.

Y todo esto ocurre a tiempo que el país hierve de ilusiones y de alarmas en torno de la Constituyente. Hay muchos locos excitados con esta piñata; y también, como dice Lemos Simmonds, locos cuerdos, impregnados hasta la médula de ideologismo, más peligrosos aún, pues convergen con los primeros en diagnósticos ilusos y propuestas alegres. Es tal su embriaguez que los sensatos hacen, como los abstemios de una parranda, papel de aguafiestas.

La inmensa mayoría de los colombianos saben dónde está el cáncer del país: en un Estado que no cumple su función esencial de administrar justicia y proteger a la sociedad civil, y en cambio se mete más lejos de lo debido, con resultados deplorables, allí donde mejor papel haría el sector privado. Es un pésimo empresario, un mal administrador y un manirroto en el manejo de los fondos públicos.

Si este es el mal, lo lógico no sería debilitar sino fortalecer por todos los medios la función defensiva del Estado y limitar sus pretensiones dirigistas en el área económica. Esta propuesta no es de centro ni de derecha --no responde, en otras palabras, a una vocación ideológica determinada-- sino un simple asunto de sentido común inspirado por la realidad que vivimos.

Pues bien: proponiendo desmantelar las facultades de excepción en caso de conmoción interna --y en ella vivimos--; proponiendo debilitar el régimen presidencial y despojar a la ley de su valor absoluto para introducir el concepto de la concertación (o negociación de la misma); buscando, en aras de los derechos humanos, dar un poder de fiscalización a la defensa en el proceso investigativo de la justicia con lo cual se darían mayores instrumentos a la impunidad; consagrando los feudos clientelistas con la elección popular de gobernadores y solicitando que el Ejército se limite a la defensa de las fronteras, los ideologistas de todo pelaje buscan dejar al Estado inerme frente a la subversión, el terrorismo y la delincuencia.

Sus propuestas parten de un diagnóstico equivocado que tiende a considerar la violencia como producto de causas sociales, de carencias democráticas y de excesos de autoritarismo. Esta visión sociológica tropieza con la realidad. La guerrilla pudo ser insurgencia popular hace 30 años; hoy se reduce a aparatos políticos militares, millonarios, que dominan zonas campesinas por intimidación. Nuestra democracia es más tolerante que restrictiva. Permite al partido comunista alabar la combinación de formas de lucha públicamente y hasta hacer la apología de Jacobo Arenas en la televisión. El Estado, en vez de autoritario, es de una temblorosa invalidez frente al crimen organizado. Y lo grave no es el Estado de Sitio sino las causas que lo hacen necesario. El mal no es el antibiótico sino la fiebre.

Por igual distorsión ideológica, se busca preservar el monopolio del Estado en la administración de empresas y servicios públicos, sin ver qué ineficiente, qué corrupto, qué derrochador es, y en qué situación se encuentran los puertos, las telecomunicaciones, los Seguros Sociales, los servicios de salud, las aduanas, las empresas municipales, las licoreras. Se ignora que el estatismo está mandado a recoger, que ha fracasado en el mundo, que está impugnado hasta en la propia Unión Soviética. Y nos quieren vender esta antigedad como propuesta de avanzada! Si el país no toma conciencia de quiénes son los borrachos y quiénes los sobrios en esta fiesta, la Constituyente solo puede ser un desastre. Está bien dar una sanción a la clase política. Lo necesita, y no seré yo quien vaya a defenderla. Pero --con perdón de las señoras--: carajo, mucho ojo a la hora de votar.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.