TIERRA PAEZ: EL QUE SIEMBRA SU MAÍZ

TIERRA PAEZ: EL QUE SIEMBRA SU MAÍZ

Un jinete trigueño y fornido, de ruana y botas pantaneras, recorre todas las mañanas la carretera pedregosa que lleva a las afueras de San Andrés de Pisimbalá. Es Corpus Achicué, un indígena paez que da consejos sobre cultivos en ocho caseríos desperdigados en los valles y picachos de la Cordillera Central, en el oriente del Cauca. Achicué, de 30 años, es uno de los líderes indígenas formados en un proyecto comunitario impulsado por la Fundación Antropológica de Tierradentro. Antes de las 6 de la mañana, Achicué enjalma su yegua colorada, alista el avío de mute, fríjol o sancocho, y se cala hasta las orejas un gorro de lana. Así inicia las dos horas de camino hacia El Picacho, Patacué, Lomitas u otra de las veredas del resguardo de San Andrés de Pisimbalá.

17 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Una labor similar se realiza en otros resguardos de Tierradentro. Allí, donde habitan unos cuarenta mil indígenas paeces, la Fundación Antropólogica impulsa desde hace seis años varios proyectos cuyos frutos comienzan a ser cosechados por más de cinco mil familias.

Inicialmente la Fundación consiguió que el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) y otras entidades oficiales capacitaran a un grupo de paeces en cultivos, manejo de granjas y cría de cabras y ovejas.

Así se inició el trabajo en Mesopotamia, Capicisco, Cedralia y El Duende, cuatro fincas que el Incora entregó a las comunidades. Comenzamos con tres resguardos: San Andrés de Pisimbalá, Santa Rosa y Yaquivá. Después se unieron Tumbichucue y La Mesa de Togoima. Ahora también hay trabajos en Lame, Vitoncó y algunas zonas campesinas . El que habla es Mauricio Puerta, director de la Fundación Antropológica de Tierradentro.

El es quien elabora los proyectos en coordinación con los indígenas, consigue recursos con diversas entidades, y dirige los programas. En Tierradentro es frecuente ver la camioneta verde del dotor recorriendo los caminos serpenteantes a más de cuarenta kilómetros por hora. Así conduce esta noche de septiembre por la vía que une a Guadualejo con San Andrés de Pisimbalá, mientras la brisa fría del cañón del río Paez azota el rostro de los 11 indígenas que viajan en la parte posterior del vehículo. Entre estos, hay dos mujeres que cargan sus hijos a la espalda, amarrados con un chumbe de hilo y un pedazo de tela floreada.

Puerta, antropólogo de la Universidad de los Andes, llegó a Tierradentro en 1972 a realizar excavaciones. Doce años después dejó en paz a los muertos para trabajar por los vivos . El primer paso fue crear la fundación. El camino a Tumbichucue De allí salieron los primeros técnicos indígenas que se regaron por las veredas de Tierradentro. Adán Pame, por ejemplo, regresó a Tumbichucue, donde es gobernador de cabildo.

Para llegar a esas heladas tierras hay que recorrer unos 15 kilómetros por una carretera angosta que se hace más difícil de transitar a medida que se interna en la montaña. Del lado derecho se ven inmensas rocas cubiertas por un musgo verdoso y al lado opuesto corre la quebrada de Paez, encajonada en un profundo cañón. Esta vía termina 10 kilómetros antes de llegar al poblado. Lo que sigue es trocha.

Allí nació Pame, un paez de 41 años que habla el castellano con dificultad. El líder creó 12 grupos de trabajo, y casi tres años después, una recua de mulas y burros bajó de la montaña con las primeras nueve cargas de lulo.

Su compañero, Julio Pencue, se fue para La Mesa de Togoima y fundó una empresa ganadera que ya tiene 38 reses. Corpus Achicué trabaja en huertas caseras para mejorar la alimentación de los niños. Reynel Guachetá, Manuel Chantre y otros más también recorren los caseríos de bahareque y zinc.

En ese proceso surgió Angel María Liz, un líder indígena de 23 años que un día le dijo a Puerta: Dotor, necesitamos una cooperativa . Liz no pudo ver cumplido su sueño porque murió acuchillado por otros indígenas. Unos dicen que fue por problemas de borrachera, otros que por celos de poder. De todos modos la cooperativa se fundó tres años después con un crédito de las Naciones Unidas.

La cooperativa funciona en una vieja casona de San Andrés de Pisimbalá. Allí, tras un viejo mostrador de madera, están los estantes de víveres, miscelánea y droga. Y en un rincón, colgados de dos palos, los chumbes de motivos precolombinos y las mochilas de colores vistosos elaboradas por las mujeres paeces. A dos cuadras está la iglesia de bahareque y paja que sobrevive desde los tiempos de la Colonia.

Hasta ese sitio llegan los turistas rubios que caminan por Tierradentro con un morral a la espalda, y una cámara fotográfica que disparan contra los picos coronados de neblina, y los rostros cobrizos, de ojos rasgados, de los paeces, Este paisaje solo varía durante la época de cosecha, cuando los cachimbos y guayacanes se llenan de pequeñas flores rojas y amarillas que el viento esparce sobre los caminos y cañadas.

Los paeces han adoptado sin darse cuenta elementos de otras culturas. No es raro encontrar a un joven indígena con zapatillas de marca o a un gobernador de cabildo con su bastón de mando al hombro y un buzo con letreros en inglés. Pero también han llegado cosas nuevas que los han beneficiado; la cooperativa es el mejor ejemplo.

A través de esa asociación, los indígenas comercializan pequeñas cantidades de productos agrícolas y quieren montar un programa piscícola para mejorar la alimentación. Ese organismo, fomenta la creación de microempresas de zapatería y sastrería, entre otras. Y, además, dicta cursos de lengua paez y tiene listo un proyecto para fabricar bloques de cemento, financiado por la Embajada de Inglaterra. La morera: una esperanza En esos programas andaban metidos de lleno cuando llegó a Tierradentro la noticia del cultivo de morera y la producción de gusano de seda. Al principio se miraron extrañados unos a otros. Pero ahora, los indígenas de San Andrés de Pisimbalá, Yaquivá, Guanacas y Tóez tienen listas las primeras hectáreas de morera y se preparan para construir las casetas para los gusanos. El proyecto es sembrar 300 hectáreas en tres años.

Todo eso lo harán con el crédito de un millón de dólares que el IFI le otorgó a la Fundación Antropológica. Hay unos ochenta usuarios que esperan el primer desembolso del crédito. Luis Cuello, gobernador del resguardo de San Andrés de Pisimbalá, es uno de ellos. Es fornido, de baja estatura, y piel quemada por el sol. Cuello camina a diario por las cinco hectáreas de morera que tiene sembradas junto a la carretera que va de San Andrés a Inzá.

Hasta ahora, el principal ingreso de los indígenas proviene de los productos agrícolas y de gallinas, cerdos y ovejas, que venden los sábados en Inzá, el mayor centro urbano de Tierradentro, junto con Belalcázar.

Ese día los indígenas bajan de las montañas a pie, a caballo o apretujados en chivas multicolores. Algunos cortan camino atravesando los ríos por cables de acero, colgados de una gruesa manila. En Inzá los paeces charlan en su lengua, toman aguardiente y, al caer la tarde, inician el regreso con las jigras (mochilas de cabuya) repletas de mercado.

Muchos se han beneficiado con una ambulancia y tres puestos de salud que entregó el Fondo Nacional Hospitalario. La salud, sin embargo, es un problema grave en Tierradentro. La desnutrición hace a los indígenas víctimas fáciles de las enfermedades. Allí el promedio de vida es de 36 años.

Los proyectos nacen de las necesidades de la comunidad dice Puerta. Y los mismos indígenas los han sacado adelante con ayuda de entidades oficiales y privadas .

Para el próximo año tienen otro proyecto: una emisora para difundir la cultura paez. Y también una ilusión: que el Gobierno construya un colegio técnico-agropecuario en San Andrés de Pisimbalá.

Esos son algunos de los sueños y realidades que acompañan al indígena Corpus Achicué, mientras deja que su yegua colorada lo lleve por las trochas que se pierden frente a un paisaje de cachimbos, guayacanes y picos azulosos. Cue sh yuwe s qui piyana (Recuperando nuestra lengua) En Tierradentro más del cuarenta por ciento de los paeces ya no hablan el idioma de su raza.

Por esa razón la Fundación Antropológica de Tierradentro dicta desde hace seis meses un curso de lengua paez a cincuenta personas en San Andrés de Pisimbalá. Asisten niños, enfermeras, maestros y líderes comunitarios.

Adonías Perdomo, un indígena que estudia el idioma paez desde muy joven, es el maestro. Tratamos de recuperar nuestra lengua, sobre todo ahora que la nueva Constitución lo dejó como lengua oficial en territorios indígenas. Sin su idioma las culturas se mueren . PLAGA VERDE Hace unos dos años llegraron a Tierradentro varios hombres blancos que pagaban bien por cultivar una semilla desconocida.

Algunas comunidades de las partes altas de la cordillera comenzaron las siembras. Los indígenas jóvenes comenzaron a andar con plata, a emborracharse con frecuencia y a irrespetar a los cabildos (máxima autoridad). Algunos compraron armas. Ahora se sabe que la extraña semilla era de amapola. Pagan jornales de cinco mil pesos para rayar la pepa. -dice un indígena-. Y por cultivar una hectárea se ganan hasta 200 mil pesos .

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