Mucho se ha especulado en los últimos días sobre la extraordinaria
popularidad del presidente Uribe, que es tan alta que hasta el propio
Presidente, sorprendido, decidió iniciar campaña antes de lo previsto.
Gracias a los números aparecidos en Semana y RCN, el Presidente se
arriesgará, en contra de lo que había decidido y de manera innecesaria, en
la campaña parlamentaria.
Lo que ha llamado la atención de los analistas y despertado alguna esperanza
entre sus adversarios es el hecho de que el Gobierno recibe, en general,
calificaciones muy regulares. Las notas que saca son particularmente malas
en el frente económico.
La mayoría de la gente piensa que el Gobierno tiene un récord mediocre en la
lucha contra el desempleo y la pobreza y en el mejoramiento de las
condiciones económicas de los colombianos.
Eso, piensan unos y otros, deberá afectar al Presidente y, para la única
encuesta que importa, que es la del día de las elecciones, prevén un
descenso futuro que podría costarle caro.
Sin embargo, no es necesariamente cierto que el Presidente pagará los costos
de un gobierno calificado como regular por los encuestados. Evidentemente,
esto se debe al llamado efecto teflón. Pero afirmar que el Presidente está
protegido por este apenas describe lo que sucede, no lo explica.
El secreto del teflón de Uribe descansa, a mi juicio, en tres hechos
fundamentales. El primero tiene que ver con la razón por la cual fue
elegido. El segundo tiene que ver con su personalidad. Y el tercero, el más
importante, tiene que ver con un truco táctico.
El primero es simple. Uribe fue elegido, en su condición de anti-Pastrana,
por su decidida actitud frente a las Farc. Esa condición y la rabia contra
la guerrilla que la hacía necesaria no ha cambiado. Ahí está. Una vez más
el electorado votará por Uribe porque su presidencia ha generado la
impresión de que estamos en un país más seguro.
Sus adversarios más importantes Navarro, Serpa, Mockus representan otra
alternativa al problema de la guerrilla a la que aún no ha regresado el
péndulo. La opinión aún no exige diálogo, sino dureza.
El segundo es también elemental. La gente quiere a Uribe porque ve en él
características de líder sintonizado con los tiempos. Su acento, sus
expresiones de alcalde municipal, su fascinación por el más mínimo detalle,
su cercanía a la gente, hacen que los electores sientan que lo conocen desde
siempre.
Sus adversarios más importantes son, o bien enigmáticos, como Mockus; poco
carismáticos, como Navarro, o representan el pasado, como Serpa. Los demás
son, simplemente, desconocidos.
Pero es el tercer factor el más importante, porque allí reside el secreto de
la manera de gobernar de Uribe. Uribe construyó el efecto teflón
representando al ciudadano contra el Estado. En los consejos comunales,
Uribe no es el Gobierno. Es el abogado cansado y acucioso que habla en
nombre de la gente y exige que el Estado cumpla con lo que prometió.
La gente habla, implora, y el Presidente toma su micrófono y, en nombre de
la señora de la farmacia o del mecánico del pueblo, encara a los ministros,
a los generales, a los alcaldes y a los directores de institutos y les
pregunta por qué no pasa nada, por qué no hay lápices en los colegios, por
qué no avanza la carretera, por qué no llega el Ejército a tiempo.
El mensaje es perfecto: si las cosas no ocurren no es por culpa de Uribe,
sino a pesar de Uribe. Este será reelegido porque en estos cuatro años ha
sido el permanente defensor de los desvalidos que encuentran espacio en los
consejos comunales.
Pero si Uribe quiere pasar a la historia, el truco táctico no será
suficiente. Solo con teflón no se hace gran cocina.