MISIÓN DE LA PRENSA EN PELIGRO

MISIÓN DE LA PRENSA EN PELIGRO

Cuando revivió EL TIEMPO, después de su clausura en 1955, el país daba trazas de tomar rumbos promisorios y estables. Habíamos vivido diez años de arduas luchas e intensos sobresaltos. La reconciliación de los partidos abría una nueva era de paz, legalidad democrática y libertad constructiva. Jamás la violencia debería volver a enseñorearse de Colombia. Sus pequeños focos supérstites acabarían por extinguirse en un ambiente dominado por la concordia y por el restablecimiento del orden jurídico. La civilización política, que una sistemática pedagogía habría de aclimatar, sería muro infranqueable contra el desbordamiento de las pasiones. No se iniciaba una lenta convalecencia, sino la rectificación enérgica, vigorosa y activa de arbitrariedades, excesos y extravíos. Al cabo de una travesía como pocas procelosa, llegábamos al fin a puerto seguro.

31 de enero 1991 , 12:00 a. m.

Las anteriores reminiscencias vienen a la memoria con motivo del arribo de EL TIEMPO a sus ochenta años. Su primera etapa, la de su creación fecunda y laboriosa, la de la batalla por el pan arduo de su diaria subsistencia, había transcurrido en épocas menos turbulentas. De tranquila bonanza; de moneda estable; sin persecución oficial y sin problemas agobiadores, según el testimonio de su principal protagonista. El periódico había nacido como órgano del credo republicano, en respaldo del Gobierno del presidente Carlos E. Restrepo, pero no demoraría en abrazar combativamente la causa liberal, ya bajo la dirección de Eduardo Santos, quien lo adquiriera de su propietario original, Alfonso Villegas Restrepo.

En la oposición se mantuvo hasta 193O. Fue el poderoso ariete contra la hegemonía conservadora. De pronto, ocurría una matanza como la de las bananeras en 1929, pero la violencia no se generalizaba, aunque todavía no se respetara el derecho al sufragio, ni las mayorías populares pudieran hacer valer sus fueros.

La prensa, desde 191O, era absolutamente libre. Los periodistas se desafiaban a duelo; se disparaban un pistoletazo o se trenzaban en rudas polémicas. Nada serio los amenazaba. Si acaso, la presión moral de los baculazos, que, lejos de perjudicarlos, multiplicaba los lectores. En el ánimo público prevalecía el rechazo a cuanto fuera capaz de reproducir la devastadora guerra civil de los mil días.

A quien escribe estas líneas sorprende comprobar el paso accidentado de más de cuarenta años desde su vinculación a este diario. Hasta hará poco, pensaba haber dejado atrás la década más preñada de peligros. La de 1948 a 1958. En realidad, grande era la incertidumbre para la existencia individual y colectiva. Por estar la prensa permanentemente a la vanguardia, bien pregonando derechos e ideas, bien como escudo de los compatriotas y credos en desgracia, se hallaba expuesta a tremendas represalias.

El periodismo era fundamentalmente político y literario, aunque no dejara de cumplir su misión informativa, dentro de una simbiosis de que Enrique Santos Montejo (Calibán) fuera alto ejemplo. La consigna de fe y dignidad se encargó de resumir la norma de conducta frente a la adversidad, con miras a superarla sin demérito de los conceptos morales y de las convicciones democráticas.

No era fácil moverse en aquellos terrenos cenagosos. Cuando apareció el rayo de luz de la reconciliación nacional, Eduardo Santos, que había impartido aquella como guía suprema, trazaba este derrotero complementario: El mayor de los valores es el que se necesita para escoger entre males; para buscar entre peligros e incógnitas un camino seguro y seguirlo audazmente. Lo cómodo es quedarse en la queja, en la protesta, en la consideración del pasado, por justa que sea esa consideración . Y algo más, para evitar reincidencias: perdón pero no olvido. El tránsito del periodismo político a uno menos matriculado al servicio de una causa, eliminaría los riesgos de los órganos de expresión y de sus trabajadores? Las persecuciones del pasado no habrían sido el fruto de actitudes demasiado radicales y beligerantes de quienes estábamos en la pelea? Algo relativamente artificial y limitado a élites intelectuales en medio del mar embravecido de la violencia? La posibilidad de zozobra se extinguiría junto con los linotipos y otros implementos de la vieja guardia? En los últimos veinte años hemos asistido a una revolución tecnológica como ninguna otra en la historia del periodismo. No por casualidad esta columna se escribe en computador, desde lejos de la planta de EL TIEMPO, y, por línea telefónica, entra directamente a su sistema electrónico, cuando los teléfonos funcionan. Apenas una pequeña muestra del cambio operado. Más patente, desde luego, en la transmisión por satélite de las páginas enteras, entre la sede central y otra ciudad en que han de imprimirse. Pasmosa evolución de las comunicaciones que, sin embargo, no se ha traducido en un ámbito menos caldeado y exento de riesgos.

EL TIEMPO fue, en los cincuentas, pasto de las llamas. Víctima de la censura y, por último, del veto oficial a su publicación. En carne propia sufrimos terribles amenazas. Pero nunca se dieron circunstancias peores que las actuales. El enemigo era conocido y se le combatía a sabiendas de las consecuencias, en aras de ideales irrenunciables: las libertades públicas, los principios democráticos, los derechos humanos. Todavía el terrorismo, al estilo contemporáneo, parecía lejano.

Cuando se salió del túnel de la larga crisis institucional, de la quiebra de la noción del régimen de leyes, no se imaginó que tornaría a ocurrir, en forma endémica, por factores y móviles distintos. Los periódicos se convirtieron de nuevo en blancos de venganzas y en objetos de siniestras presiones. Por su naturaleza, debieron correr la suerte de la nación.

Figuras representativas del oficio cayeron abatidas. El terrorismo se ensañó en sus instalaciones, y, al ver la inutilidad de su estrategia, se orientó a tomar de rehenes a sus cabezas y a algunos trabajadores. Con razón se ha dicho que la prensa colombiana está secuestrada. Escarnecida su libertad; entorpecida su misión. No por obra de gobiernos arbitrarios, sino de organizaciones delictivas que también contra ellos conspiran.

Durante algo más de la mitad de la existencia de EL TIEMPO, hemos seguido a través suyo las peripecias de la nación e intervenido en algunas de sus jornadas decisivas. Nos consta, por consiguiente, hasta dónde son delicadas sus presentes responsabilidades y tribulaciones. Especialmente las de su director, con uno de sus hijos cautivo del narcotráfico, episodio del cual confiamos en que salga indemne. No obstante, el hecho mismo de su secuestro, como el asesinato de que fuera víctima Diana Turbay, como el de Guillermo Cano, como tantos otros, proclaman la necesidad apremiante de restituir a la prensa, y a la nación toda, el disfrute de su libertad, su seguridad y su derecho.

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