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¿Qué pasa con nuestros niños?

¿Qué pasa con nuestros niños?

No sé si sea pura coincidencia. Llama la atención que entre finales del año pasado y comienzos de este, varios noticieros -sobre todo de televisión- hayan denunciado espeluznantes casos que tienen como víctimas -protagonistas a los niños. Un día es el caso del menor molido a palos hasta matarlo por su madre y padrastro. Otro el del niño lanzado también por un padrastro o madrastra desde un piso diecisiete en Cali. O las quemaduras por pólvora en diciembre como consecuencia de la imprudencia de los adultos. O los dos niños que ven asesinar a su madre en una escuela rural de Tulúa en donde trabajaba como profesora. O los innumerables casos de menores víctimas de las llamadas ‘balas perdidas’, prácticamente en todos los pueblos y ciudades de Colombia (ya se ha perdido el rastro a las cifras), causadas por borrachos, delincuentes, o disputas entre pandilleros, o entre estos y la fuerza pública.

Desde luego no han faltado los espeluznantes casos de niños quemados, golpeados o mutilados como castigos de sus padres por situaciones tan disímiles como llorar, pedir comida, no hacer tareas, perder el año, o protestar.

Y claro, no han faltado las denuncias sobre abuso sexual de menores, casi siempre dentro del núcleo familiar o de ‘amigos’ cercanos. ¡Y otra vez han vuelto a aparecer las imágenes de niñas madres de quince, trece y hasta de diez años! Cualquiera que siga las crónicas de estos días puede llegar a la conclusión de que en Colombia no tenemos futuro y hemos perdido la esperanza. ¿Qué le espera a una sociedad que trata de esta manera a sus niños? Si no paramos esta racha, nunca vamos a detener el círculo infernal de la violencia. Si a este cuadro le sumamos los niños que tienen que trabajar en las calles, los desplazados, los de las minas, los de la prostitución, nada halagador nos aguarda. Solo odio, resentimiento y sed de venganza puede anidar el corazón de estos infantes. Van a ser los criminales, los asesinos en serie y los sicarios de mañana, si seguimos ignorando el fenómeno. Un perfil siquiátrico de los actuales guerrilleros que como en el Tolima hacen arrodillar a unos policías para matarlos a sangre fría luego de obligarlos a bailar y a tomar cerveza, o de los paramilitares que ejecutan masacres que otros organizan, o de los narcotraficantes que construyen su imperio sobre la coacción, la corrupción o el miedo, podría ayudarnos mucho a entender lo que está pasando. Basta recordar que el tristemente célebre bandolero ‘chispas’, cuyo nombre de pila era Teofilo Rojas, quien asesinó a garrotazos a cuarenta y dos personas para economizar municiones en Caldas, era una víctima de la violencia política de los cincuenta, pues había visto matar a su padre y violar a su madre y hermanas.

Lo que no puede hacerse es caer en los lugares comunes. Ya han salido con la propuesta de aumentar las penas, y hasta de establecer la pena capital para quienes maltratan niños. Eso es buscar, como se dice en el Tolima, el ahogado rió arriba. Ya hay penas suficientes en el código penal, de cinco, diez, quince y hasta cuarenta años o más para quienes maltratan, lesionan, o matan niños. Ese no es el problema. El Código penal no es la solución para todos los conflictos sociales. Debemos ir mucho más allá, y preguntarnos, qué está pasando en nuestra sociedad en temas como las relaciones familiares, los valores, la educación, la situación económica, las condiciones de vida, la pobreza, la distribución del ingreso, la concepción de vida, para entender en su dimensión la tragedia que nos espera, y que todavía podemos evitar.

* * * * * Ayer se cumplieron ciento veinte años del nacimiento de Alfonso López Pumarejo, tal vez el colombiano más importante en el siglo XX, quien realizó la transformación social y política de mayor alcance en la pasada centuria.

Lástima grande que se haya detenido el impulso de la “revolución en marcha”.

Otra sería la suerte de este país. Y lástima también que olvidemos tan fácil nuestra historia.

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