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Cuadros con olor a tinta de lapicero

Cuadros con olor a tinta de lapicero

De aquella manía infantil de cerrar los ojos, tomar un lapicero y hacer líneas en el cuaderno, para luego darles formas, a Ramón Echavarría le quedó mucho.

Este artista de 30 años, nieto del compositor Jaime R. Echavarría, refleja su vena artística por medio de una novedosa técnica que denomina ‘dibujo a kilométrico’.

“Hago obras con esferos porque es algo que se tiene a la mano, es fácil de manejar, es económico y muy práctico”, dice.

Ramón reconoce que sólo es un dibujante, pero tiene bien definida su técnica con tinta y sus trazos rebeldes y curveados, que hace jugando con su imaginación y sus movimientos para encontrar formas escondidas, como lo hacía cuando niño.

Así es como plasma figuras humanas, animales o guitarras sobre papeles bond, propalcote de alto gramaje u opalina de tamaños carta, doble carta y hasta pliegos, siempre con el clásico kilométrico delgado.

En un dibujo de un pliego puede gastarse hasta cuatro lapiceros.

Mensualmente se surte con una docena de éstos.

Su estilo es pintar figuras con mucha perspectiva. Son dibujos que visualmente llaman la atención y que aprendió gracias a las lecciones gratuitas que le hacía el fallecido escultor Fabio Parra.

“Fabio decidió ser mi maestro durante tres años sólo porque yo se lo pedí cuando dejé las aulas de artes plásticas porque estaba cansado”.

Desde entonces, se dedicó a trabajar su estilo de figuras deformes.

Expone en tiendas Esas imágenes cautivaron al abogado Álvaro Mejía cuando las vio en una exposición que hizo Ramón en el café-galería El Acontista, sobre Maracaibo, donde exhibió cerca de 50 cuadros.

“Me gustaron los gatos, los peces, las guitarras y las figuras humanas pintadas con lapicero. Por eso compré cinco cuadros, que son los que decoran mi oficina”, comenta Mejía.

Pero Ramón no ha tenido la suerte de ingresar fácil a las galerías. Entonces decidió exponer sus obras en tiendas populares.

Elige sitios donde la luz del día entre a raudales para que los posibles compradores tengan la oportunidad de ver cada detalle del dibujo. Otro aspecto importante es que sean visitados por gente del común.

Uno de los lugares donde tenía sus obras era la tienda La Micro, en el Parque del Periodista.

Pedro Escobar, un cliente del establecimiento, vio los cuadros y se enamoró de dos que tenían guitarras dibujadas. Pensó en que éstos, por su novedad, serían un buen regalo para un familiar suyo que vive en Armenia.

“Allá quedaron muy bien. La persona a la que se los regalé decoró su oficina con ellos”, asegura Escobar.

El negocio de las obras lo cerró directamente con Ramón. Como Escobar trabaja con calzado, acordaron un canje de las dos obras por cuatro pares de tenis, equivalentes a 280 mil pesos.

Ahora, los cuadros de Ramón sólo están exhibidos en la cafetería Saldarriaga, un reconocido establecimiento del parque de El Poblado, concurrido en las mañanas por taxistas y en las noches por jóvenes amantes del rock.

“Hace un año, él llegó con el dibujo de dos guitarras y lo pegó en la pared con una cinta, como un afiche, pero mi mamá y yo lo enmarcamos para que no se lo llevaran y para que no lo deteriore la manteca con que fritamos las empanadas”, relata Óscar Saldarriaga, propietario de la tienda.

“Yo no sé qué es lo que hago. Eso lo define la gente. Sólo sé que quiero vivir de lo que denominé ‘dibujo a kilométrico’. Lo sigo haciendo aunque no me dé mucho, porque quiero perfeccionarme y darme a conocer”, concluye el artista

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