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Jobs, el zar del entretenimiento

Jobs, el zar del entretenimiento

Steve Jobs, el presidente de Apple, siempre ha sido un excelente negociante. Pero la transacción que cerró la semana pasada es una carambola fuera de serie.

Jobs le vendió a Disney en 7.400 millones de dólares una empresa que él compró hace 20 años en 10 millones: el estudio de animación Pixar, del cual también es presidente. Y esta ni siquiera es la parte más atractiva del negocio.

Jobs es dueño del 51 por ciento de Pixar. Como el trato se acordó mediante un intercambio de acciones, Jobs se convirtió en el mayor accionista de Disney, una de las principales firmas de entretenimiento del planeta. Eso le dará un poder enorme en esta industria multimillonaria.

Jobs, quien ahora hace parte de la junta directiva de Disney, quedó en una posición privilegiada: tendrá un pie en el territorio de la tecnología y otro en el del contenido, precisamente los dos reinos que deben aliarse para que se materialice una nueva era de entretenimiento digital.

Era que tiene promesas tentadoras: por ejemplo, que todas las películas de cine que se han creado estén disponibles en Internet –para comprarlas o alquilarlas en línea–, que sea posible ver TV en los celulares o que se pueda comprar música directamente desde un radio digital, entre otros.

Eso no se ha logrado, en parte porque a los proveedores de contenido –como los estudios de cine– les aterra el riesgo de que su contenido sea pirateado. Es un temor lógico, pero a la vez absurdo, pues su contenido ya está siendo pirateado, pese a la renuencia a distribuirlo por Internet.

Desde las entrañas de Disney, Jobs podría cambiar esa visión. De hecho, ya les demostró a las disqueras que la gente sí adquiere música legalmente por Internet, si se la ofrecen como la desea. La tienda de Apple, iTunes Music Store, vende 50 millones de canciones mensuales, con lo que domina el 83 por ciento de la distribución de música en línea. Su secreto es simple: vende canciones sueltas (a 1 dólar).

Igualmente, Jobs despertó otro mercado que andaba estancado: el de programas de TV para dispositivos móviles. Apple lanzó hace tres meses un iPod que reproduce video y convenció a Disney de que ofreciera series de TV en iTunes a dos dólares el episodio (entre ellas Lost y Desperate Housewives). El modelo fue un éxito, y otros estudios pusieron su contenido en esa tienda.

El matrimonio entre Disney y Jobs tiene por ello un buen augurio. La industria de la tecnología –y los usuarios– se beneficiará si Jobs persuade a Disney de vencer sus temores; y eso convencería a otros estudios.

Disney también ganó. Ahora no solo tiene en sus filas a un hombre con gran visión y un olfato excepcional para crear productos que seducen al público, sino que se adueñó del talento de Pixar, algo clave para su futuro. Pese a ser una firma emblemática en la historia de las películas animadas, Disney perdió su magia cuando estas empezaron a crearse por computador.

En contraste con la intrascendencia de los recientes filmes animados de Disney, todos los de Pixar han sido éxitos de taquilla: Toy story 1 y 2, Bichos, Monsters Inc., Buscando a Nemo y Los increíbles. Hasta ahora Disney se había beneficiado por un acuerdo de distribución que tenía con Pixar, pero este expira en el 2006.

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