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‘Nos cambiaron la película’

‘Nos cambiaron la película’

“Les cambiaron la película”. Eso nos dijo el director de pediatría de la Clínica Marly, de Bogotá, el día en que nos dieron de alta después del nacimiento de nuestra hija Alejandra. La pequeñita había nacido de 35 semanas, antes de lo previsto, con 2.200 gramos y 44 centímetros. Tuvieron que anticipar su nacimiento por preclampsia.

Cuando salimos no había quién me calmara. No paraba de llorar porque debíamos dejar a Alejandra en la incubadora y volver al día siguiente para darle de comer cada tres horas. No se está preparado para eso, pues uno espera llegar a casa con su bebé, acostarlo en su camita, vestirlo, acariciarlo y darle de comer.

Pero nos cambiaron la película. Alejandra debía permanecer en el hospital hasta que se alimentara por sí misma. Era prematura y había perdido peso al nacer.

El consejo del médico fue tomar un curso para ser papás canguro; sabíamos del asunto por lo que se veía en televisión y ahora entrábamos al grupo de los papás que deben saber que los tres factores protectores de los bebés canguro son calor, alimento y mucho amor.

En su condición no pueden regular su temperatura y su cerebro no está lo suficientemente desarrollado para saber que deben despertarse para comer. El amor estimula su crecimiento.

Alejandra salió del hospital con 2.070 gramos. Desde ese instante estuvimos en contacto directo. Dormía sobre nuestro pecho. Piel con piel. El día de su salida fue para nosotros el mejor, pero también el más angustiante porque teníamos que aplicar todo lo que nos habían dicho en el curso: solo ponerle pañal y mantenerla sobre el pecho debajo de nuestra ropa, incluso en la noche.

Para eso debíamos dormir por turnos, sentados y con ella en posición vertical. No la podíamos bañar, solo limpiar con una toalla húmeda tibia, hacerle los masajes de estimulación con aceite de girasol y darle baños de sol. Todo debía hacerse en el menor tiempo posible para evitar que perdiera calor.

Lo más importante del proceso fue la alimentación y la estimulación afectiva. Le hablábamos y la acariciábamos todo el tiempo (lo seguimos haciendo) para que supiera que es muy importante para nosotros y que la queremos mucho.

Todo eso sirvió, y eso ha sido lo mejor de esta experiencia. En solo 12 días Alejandra llegó a 2.500 gramos (el peso mínimo que debe tener un bebé al nacer). Ese día el pediatra nos indicó que ya podíamos vestirla con toda la ropita que tenía, bañarla y dejarla dormir en su moisés. Eso sí, no todo podía ser al mismo tiempo porque podía estresarse.

Hoy Alejandra mide 56 centímetros y pesa 5.000 gramos. Aún en la noche, cuando la oímos quejarse, nos levantamos con los brazos entrecruzados pensando que la tenemos en el pecho.

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