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Diario de un adicto a la heroína en Medellín

Diario de un adicto a la heroína en Medellín

Me llamo Carlos Mario*. Mi primera traba fue a los 17 años. Me comí ocho tortas de marihuana. Eso fue muy teso.

A mí nunca me ha faltado nada. Vivo en un barrio de estrato 4, en Medellín, tengo mi Nintendo, mi computador, mi televisor, mi DVD.

Tenía un parche en el barrio, en tiempos de colegio. Nos la pasábamos en un garaje vacío. Éramos muy locos. Nos gustaba el skating y el rock and roll.

Fumábamos marihuana en fincas, en caminatas. Empezamos suave y llegamos a tener una maquinita para armar los baretos. Probamos la marihuana hidropónica, las pepas, los hongos y hasta el sacol. La pasábamos todo bien.

Pero hace dos años y medio decidimos entrar a las drogas fuertes.

Era el cumpleaños del parche y un amigo llevó un frasco de morfina que había quedado en el cuarto de su abuelo, que murió de cáncer. Nos hicimos en círculo como en Trainspotting. Estábamos obsesionados con esa película.

Primero nos tomamos 15 gotas, pero no nos hizo nada. Hasta que un amigo dijo: “Eso tiene que ser por la venas”.

Conseguimos seis jeringas y nos inyectamos 15 miligramos. Nunca había estado en un vuelo tan extraño. Caímos en la colchoneta mirando pa’ arriba. Cuando despertamos de ese viaje, cuatro vomitaron. Nos acabamos la morfina y quedamos flacos.

A las semanas me invitaron con un amigo a una fiesta a un apartamento por la vía a Las Palmas. Llevábamos marihuana, pero en la mesa había jeringas y una cápsula de heroína, de esas que se tragan las mulas. Yo quería probarla. Era como un mito porque uno oía Morrison a Iggy Pop. Uno sabe que se mueren de eso, pero uno se quiere meter en ese mundo.

Cuando la destaparon de inmediato la inhalé dos veces y quedé tirado en el piso. Uno no siente nada, el mundo se puede caer y a uno no le importa.

Con el diablo en las venas A los meses, con el parche decidimos un día ir a buscar heroína. Éramos 6 y cada uno puso de a 10 mil pesos. En el 2003 era difícil conseguirla. Era una droga muy delicada. Le preguntamos al dealer al que le comprábamos la marihuana por la ‘H’. Así se le dice.

Nos contactó con un man que nos la consiguió. Nos costó 60 mil el gramo. Era cara. El gramo de coca valía 12 mil, pero la llevamos. Había heroína desde color papel hasta café oscura. La derretimos con un mechero en una cuchara, con agua destilada, y nos la inyectamos en las venas. Uno queda down.

Comprábamos cada 15 días, cada 10, cada ocho. Después nos conseguimos otro dealer en Manrique, que nos vendía más barato. Me iba con unos amigos los sábados con 80 mil pesos, compraba la heroína, ponía mi música y me la ‘chutaba’ en la casa del man.

En cinco segundos me llegaba a la cabeza. Es como como si te cogieran con agujitas por todo el cuerpo. Cantaba Vomitando de The Kagas: “Cuando desperté sin heroína / el capitalismo no me daba más / Y vomitar y vomitar / buag”. Es que al principio sentía placer al vomitar.

Al tiempo, me empezaron a dar unos dolores en la espalda. Un amigo me dijo que eran los ‘monos’, los síndromes de abstinencia. El cuerpo me estaba pidiendo más heroína. Si consumía el sábado, ya necesitaba el miércoles. La heroína te coge a vos y te enreda. Es uno de los siete jinetes del Apocalipsis.

Nos cambiamos a un dealer que nos decía que si le conseguíamos un cliente nos regalaba una papeleta. El que me llevó se ganó su gramo y yo llevé a otros.

Uno siempre anda con el torniquete, la jeringa, la cuchara y una candela.

Para entonces, ya me inyectaba en una cancha, en una esquina. Entraba a una cafetería y pedía el baño prestado y un vaso con agua y me chuzaba. Ya estaba en la universidad estudiando música y me inyectaba en el baño y salía así a las clases de piano. Yo no compartía jeringas. Les daba de las mías a los demás, pero no recibía. Unos amigos que no se podían coger las venas del brazo se la clavaban en la yugular.

Dosis a cinco mil El año pasado la heroína se regó. Nos ofrecían buena y más barata. Se conseguía el gramo a 32 mil pesos, el medio a 16 mil y hasta dosis pequeñas a 5 mil. Se veía en universidades, en parques. Ya uno veía más gente buscando la ‘H’. Pealos bien, en carros, y hasta peladitas bonitas, pero perdidas.

La venta era 24 horas. Dejé de ir a Manrique y la pedía por celular. Tenía cinco números. Un fin de semana un dealer me dijo que lo reemplazara y me dejó los dos celulares, 20 gramos de heroína en papeletas y otros tres para mí. En esos días les entregué como a 60 personas distintas y recogí 6 millones de pesos.

A veces la policía me encontraba las jeringas, pero uno les decía que se acababa de aplicar una vacuna y muchos se comían el cuento.

Empezaron a pasar cosas malas. Una pelada se mató porque del desespero se inyectó límpido. Y a un amigo se le estalló la yugular porque se estaba inyectado una dosis con otras drogas.

Para ese tiempo ya necesitaba 40 mil pesos diarios para la droga. Uno hace marañas para conseguir la plata. Vendí unos libros y mi oro, pero no mi guitarra. Un amigo vendió su colección de CD originales. Y a cada rato empeñábamos su Play Station y una impresora.

En junio del año pasado comenzó mi crisis. Me inyectaba hasta 10 veces al día. Un fin de semana nos encerramos en la casa de una amiga y nos pinchábamos cada hora. Aveces, unos se dormían y la lengua se les iba para adentro. Los llevábamos a un hospital y le gritábamos al vigilante: “Ese metió heroína”. Y corríamos porque después nos cogía la policía.

Mi mamá y mis hermanas pensaban que solo fumaba marihuana. Ellas son mi única familia. Mi papá murió en un accidente antes de que naciera y mi único hermano se mató trabado en una moto.

Ya estaba mal. En la casa, apenas me levantaba solo pensaba en ‘chutarme’.

Vomitaba a cada rato. No podía orinar y pa’ defecar me dolía mucho.

Me dio el sentimentalismo con mi mamá. La llamaba a cada hora desde donde estaba consumiendo. Le decía que la quería mucho, que me disculpara. Ella no me entendía. Era muy existencialista, leía a los poetas malditos y a Niztche. Me veía mal, flaco, ojeroso. De tantos dolores, de verme tan demacrado, empecé a tomar conciencia que estaba llevado del diablo en polvo.

A finales de noviembre no podía más. Un día me levanté y le conté a mi mamá que estaba consumiendo una droga muy fuerte, que era muy doloroso. Se le bajaron las lágrimas.

Llamó a mis dos hermanas y me llevaron al Hospital San Vicente. Me dieron cita para el otro día con un toxicólogo. Cundo volví a casa el cuerpo me pedía droga y les dije que me amarraran a la cama para que no me fuera a consumir. Al otro día me internaron en una clínica de rehabilitación.

Me recibieron con pastillas de ‘metadona’. Estuve en una habitación, donde me atacó el síndrome de abstinencia. Tenía pesadillas. Veía gente muerta.

Veía que les estripaba la cabeza a unos con la patineta. Me golpeaba la cabeza contra las paredes. Tumbaba todo. Sudaba. Vomitaba. Me dolían las venas. A los tres días había pasado lo más duro. Estuve un mes internado.

Salí el 29 de diciembre. Ya tomo solo unas pastillas para el dolor y puedo dormir.

Ya cumplí 21. Este es un año de renacimiento, pienso seguir estudiando y cambiar de casa, de amigos, de todo. Yo soy solo uno. En las calle hay muchos pelados buscando como conseguir plata para ‘chutarse’ un gramo de heroína.

*La identidad del joven fue cambiada.

- LA DROGA MÁS PELIGROSA La heroína, obtenida del látex de la flor de la amapola, es considerada la droga más adictiva y peligrosa.

Su uso regular produce tolerancia en el cuerpo, lo que hace que el adicto consuma más cantidad para obtener el mismo efecto y al ocurrir esto se genera una dependencia. Y si la persona no la consume sufre, entre otras cosas, fuertes dolores musculares, insomnio, diarrea, vómitos y escalofríos.

La heroína se consume inyectada, fumada o aspirada. Todas generan adicción.

Los expertos dicen que una sola dosis puede convertir a una persona en adicta.

Su consumo puede provocar una sobredosis mortal, el aborto, el colapso de las venas y transmisión de enfermedades como el VIH y la hepatitis B.

Además, solo el 10 por ciento de adictos se recupera totalmente.

- UNA AMENAZA SIN CIFRAS CLARAS La sobredosis, en la que se utilizó heroína, y que le habría provocado la muerte al estudiante universitario, John Renato Rúa Mejía, de 23 años, y una complicación respiratoria a Dilian Muñoz, el pasado miércoles en Medellín, parece ser la punta de un iceberg de un nuevo problema de drogadicción.

Se pensaba que los principales destinos de la heroína eran Estados Unidos y Europa, y no nuestras calles, donde se consigue a 5 mil pesos. El problema es que no hay cifras claras para conocer la magnitud de la situación. En Medellín, las autoridades de salud tienen un estudio del 2003 y el 2004 donde no se registra su uso. Pese a la falta de datos hay señales. Varios centros de atención a adictos de la ciudad pasaron de recibir un caso por año, a 30 el año pasado. En lo que va de este año en un solo hospital siete personas entraron a tratamiento.

Ubier Gómez, toxicólogo del hospital San Vicente, dijo que por uso de heroína han atendido casos de sobredosis, de muertos por depresiones respiratorias y por una infección de las válvulas del corazón.

“Tenemos un desconocimiento de la magnitud del problema. Si unimos los datos podemos tener un número lo suficientemente significativo para decir que tenemos una epidemia”.

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