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Para salvar los cerros

Para salvar los cerros

El asunto de la conservación y protección de los cerros orientales de Bogotá es indudablemente muy delicado. Todo ciudadano de bien está seguramente de acuerdo con que esto es una necesidad prioritaria para la ciudad, no únicamente desde el punto de vista ambiental y estético, sino como una de las formas de proporcionar un aire respirable y sano para todos.

Pero el meollo del problema es cómo lograr este objetivo de bienestar colectivo y a dónde conducen las medidas de congelación y prohibición que se han planteado mediante la resolución 463 del Ministerio de ambiente y leyes y decretos anteriores.

Porque se ha visto, históricamente, que la prohibición, sin contar con los recursos humanos y económicos de control, no solo no produce ningún resultado sino que, por el contrario, induce y estimula el deterioro del área en términos de invasión, asentamientos clandestinos y barrios piratas o destrucción de la naturaleza para la obtención también clandestina de arenas, piedra y otros materiales de construcción. Y esto ocurre con mucha más gravedad en una zona tan cercana al área urbanizada y donde hay toda clase de presiones especulativas de finca raíz.

Esto, reforzado por los incendios forestales que se presentan en cada periodo de sequía, también por falta de control, ha llevado a través de los años a un deterioro muy serio de los cerros que bordean la ciudad.

¿Cómo se pueden controlar, cuidar y mejorar 14.000 hectáreas de tierra? ¿Cuándo tendrá la Administración Distrital los recursos para esta enorme tarea y mediante qué tipo de organismo se puede en forma efectiva acometer este objetivo? Yo me atrevo a decir que declarar un área que bordea la ciudad en toda su longitud como ‘reserva forestal’ e impedir cualquier tipo de uso o de desarrollo no es el camino correcto.

He seguido el crecimiento y desarrollo de muchas ciudades del mundo en sus partes montañosas y puedo decir que únicamente en aquellas en que existe una reglamentación realista y clara de conservación y al mismo tiempo de desarrollo controlado se han logrado salvar los recursos naturales, el paisaje y el medio ambiente. Para mencionar solo algunos casos está el de la ciudad de Los Ángeles y el de Ciudad de México, con el caso de las Lomas de Chapultepec antes del desbordamiento incontrolado del D.F. Y ni hablar de los pueblos y ciudades de Suiza, donde todo es montañoso, la densidad de población es muy alta y la preocupación por la naturaleza es una de las características de su población. Sin embargo, allí se puede construir bajo unos parámetros muy estrictos de baja ocupación y de respeto absoluto de la vegetación y el entorno.

Solamente si la zona está habitada y tiene una colectividad educada, respetuosa y que se siente propietaria, se podrá pensar en una conservación.

El papel del Estado en ese momento es la educación y los estímulos para lograr el objetivo.

Un estudio y un proyecto detallados deben permitir inventariar y clasificar los predios según su ubicación, sus características y la existencia de vegetación nativa. El Estado debe hacer el esfuerzo de adquirir las extensiones que ameriten ser convertidas en verdaderos parques naturales o recreativos, dotándolos del equipamiento y la seguridad necesarios para su aprovechamiento por parte de toda la ciudad. El resto de la tierra se debe reglamentar para que pueda ser utilizada racionalmente y para que genere los impuestos y recursos que permitan la realización del plan y su adecuado control. Las universidades que en su pénsum incluyen estudios forestales y biológicos serían excelentes aliado para desarrollar viveros de especies nativas y estaciones experimentales de investigación y enseñanza.

Pensando en la extensión de 14.000 hectáreas y apartando el área necesaria para parques, en las zonas en que se acepte un desarrollo con un promedio muy bajo de ocupación, se puede llegar a tener una población estable que garantice la buena conservación y aun el mejoramiento del medio ambiente.

En algunos pequeños sectores de los cerros a lo largo de la ciudad, este hecho se puede comprobar históricamente en agrupaciones en las cuales se ha construido vivienda de baja altura con un índice de ocupación que no llega ni al 10 por ciento del área del terreno.

El resultado a lo largo de varios años corrobora definitivamente la idea de que un desarrollo relativo y controlado es el único camino para la salvación de nuestros cerros orientales.

* Arquitecto - Urbanista

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