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Las azarosas chivas del mar

Las azarosas chivas del mar

Aunque hay unos más grandes que otros, los barcos que salen desde Buenaventura hacia los pueblos del Pacífico, o viceversa, parecen construidos en el mismo astillero.

Incluso, en todos impera la misma regla de oro: primero es la carga que el viajero. “Son las leyes de los negocios”, se oye decir a menudo.

En este, El Guayaquil, además de 24 pasajeros hacen la travesía un guacal con 15 gallinas coloradas (las blancas no aguantan el viaje), tres cajas de cilantro, 15 cajas de limones y 12 pequeñas neveras de icopor con hielo y carne. Y como 60 pipas cargadas con gas.

No era para alarmarse. Este barco, de 15 años y que vale entre 70 y 100 millones de pesos, aguanta 80 toneladas de carga.

Fue precisamente por la carga que el Guayaquil no zarpó a las 5:30 de la tarde, como estaba establecido, sino a las 7:45 de la noche, mientras terminaron de subir todos los corotos. Las motonaves funcionan en el mar como las chivas en las veredas.

Con excepción de bamboleos bruscos en tres ocasiones, el viaje, de 12 horas y media, no fue terrorífico como la gente imagina. Tampoco fue plácido. Fue eterno.

Pese a que sólo un par de días atrás 13 personas habían muerto cuando el Norly, una embarcación similar que naufragó frente al Puerto de Buenaventura, se volteó por razones que están siendo investigadas, los pasajeros no se veían asustados.

Tres mujeres decían creer que iban montadas sobre una tortuga que rechinaba los dientes. Un aspirante a capitán de barco, a lo James Bond, miraba por unos prismáticos una nave pesquera a lo lejos. Habían transcurrido más de cinco horas de viaje.

Entre los pasajeros, como intrusos, petrificados por la inmensidad de un mar que se veía espantosamente negro bajo un cielo sin estrellas, estaban los enviados de este diario.

Parecían varados en un recodo del universo. Toda la noche sintieron que iban hacia el corazón de las tinieblas.

Una nave con 24 metros de eslora (largo), 6 de manga (ancho), 3 de puntal (altura) y 33 camarotes con seis literas cada uno. Además, un navegador satelital, compás de posicionamiento y un motor diesel de 160 caballos de fuerza.

Salvo un mar picado, los sustos están más en la imaginación que en las embarcaciones. Todos los días zarpa una nave para Guapi desde Buenaventura. Cada pasaje vale 70 mil pesos, con litera. Sin ella, 60 mil.

A las tres horas de recorrido desaparece el Puerto con sus luces, como si hubiese sido tragado por las aguas. Los que están acostumbrados al viaje se ven más tranquilos. Se meten a las literas, donde los pasajeros primíparos se asan como pan en un horno.

Ellos no. Parecen hechos para la intemperie, el calor y los sufrimientos.

Están curtidos de sol, de pobreza y de mar. Como Yesid Ortegón, de 28 años, un jornalero maderero. Viajaba con su mujer Ever Tulia y sus hijos July Maritza, de 3 años, y John Alexánder, de 10 meses. Este 4 de enero le pegaron un susto. De Guapi a Buenaventura, a las 12:00 horas, el barco en el que viajaba, uno más grande que El Guayaquil, se quedó sin timón.

Todo el resto de esa noche y el 5 de enero navegaron sin rumbo. Iban 70 pasajeros y estaban sin comida. A excepción de los foráneos, que entraron en pánico, los nativos esperaron hasta que al día siguiente apareció un buque remolcador.

De esas historias también habla el capitán Édier Angulo, el más serio de los pasajeros. Una vez –dice– se vio obligado a encallar un barco para no estrellarse con otro que estaba hundiéndose. Es lo único extraño que le ha pasado en diez años de echarse a la mar.

Son las 3 de la madrugada y todo mundo duerme. Hay cajas y maletines en cubierta y dos enormes vasijas con agua potable. Hay una mariposa que se estrella contra las bombillas. Finalmente cae al mar.

Al fin, el día dibujó el delta del Guapi. Eran las 7:45 de la mañana y el pueblo estaba ahí, en me dio de la neblina de la selva.

El Guayaquil había consumido 180 galones de acpm y había navegado por un mar de 32 metros de profundidad, a 10 kilómetros de la costa. Todos se desarrugaron y bostezaron. Como no hay muelle de desembarque (tampoco en el zarpe) hubo que saltar a una canoa. El paso costó mil pesos por persona.

Entonces, en tierra, los enviados de este diario echaron a correr por todo el pueblo, con sus maletines a rastras porque el avión salía a las 8:30 de la mañana.

Había un calor matinal como de dragón que empieza a bostezar. Hasta que el avión los trajo a Cali, en media hora, como si se hubieran montado en un rayo de luz.

Fue como saltar de un elefante marino a una libélula con aire acondicionado.

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