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Política y pobreza

Política y pobreza

Los resultados que presentó esta semana el Departamento Nacional de Planeación (DNP) sobre la evolución de la pobreza y el ingreso real promedio de los colombianos durante el período comprendido entre 2002 y 2005 son alentadores. La pobreza ha caído. Hoy en día hay 2,3 millones de pobres menos que en 2002, y por primera vez desde 1994 la proporción de pobres es ligeramente inferior al 50 por ciento de la población. (EDICIÓN BOGOTÁ)

También se muestra una mejoría apreciable en la desigualdad, que por fin ha vuelto a los niveles que tenía en 1994, cuando arrancó el fatídico Salto Social. El nivel de indigencia, aunque todavía es muy elevado (10,2 por ciento de la población urbana, pero 27,5 por ciento en el campo) es el más bajo registrado en las ciudades y ha caído 5 puntos en esta administración.

El ingreso promedio de los colombianos, que cayó en picada a partir de 1994 hasta 2001, cuando comenzó a recuperarse levemente, ha vuelto al nivel que tenía al final de la administración Gaviria.

Estas estadísticas resumen la historia económica de los últimos 11 años: entre 1994 y 2001 retrocedimos, como no lo habíamos hecho desde 1930, y hemos recuperado lo que teníamos en 1994 entre 2002 y 2005. Pasamos 11 años en blanco.

Hay que pensar que si en lugar de haber botado a la caneca toda la segunda parte de los años 90 y retroceder como cangrejos, hubiera continuado modestamente el crecimiento del ingreso medio y no se hubiera acentuado la desigualdad, estaríamos presentando cifras de pobreza inferiores al 40 por ciento y un considerable aumento del ingreso medio. Eso ya lo perdimos para siempre.

No se debe perder de vista que, a pesar de la mejoría en las estadísticas, los niveles de pobreza e indigencia de Colombia y la desigualdad de ingreso y oportunidades son una vergüenza.

No hay justificación económica para que tengamos tantos pobres y la hay menos para la desigualdad entre grupos de ingreso o entre el sector rural y el sector urbano de la población. Nadie en su sano juicio puede alegar que es normal, y mucho menos que es justo que la mitad de la población esté comiendo lo que tenía que comer el legendario coronel que no tenía quien le escribiera, y que el 10 por ciento más pobre no tenga ni eso, mientras el 20 por ciento más rico recibe más del 60 por ciento del ingreso total de la nación.

La pronunciada desigualdad entre campo y ciudad tampoco tiene justificación.

El Gobierno tiene que mirar sus propias cifras y evaluar el impacto social de la política agropecuaria que ha seguido. La clientela del Ministerio de Agricultura han sido los ricos del campo, no los pobres, a juzgar por los resultados.

Cada vez que Cecilia López, Horacio Serpa, o los economistas que los rodean, denuncien el neoliberalismo o le digan a Uribe que no tiene política social, debería bastar mostrarles la evolución de la pobreza, la indigencia y el ingreso medio durante los años que tuvieron las riendas del gobierno para que no sigan pavoneándose con un tema en el que lo hicieron tan mal.

El presidente Uribe les puede responder con la gráfica de lo que ha sucedido a partir del 2002. Y César Gaviria puede volver a estar orgulloso de lo que dejó, pues apenas ahora se está llegando otra vez a los niveles que entregamos en 1994. Después vino el diluvio.

Los resultados sociales y el elevado nivel de pobreza e indigencia están muy vinculados con la macroeconomía, la evolución del ingreso y el empleo, pero también con la organización de la política. El clientelismo y el populismo les hacen mucho daño a los pobres, pero paradójicamente los atraen. Los neoliberales tienen más que ofrecerles pero no tienen discurso. Si uno observa lo que pasó en Colombia entre 1990 y 2005, en términos de pobreza y desigualdad, corrobora ampliamente estas afirmaciones

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