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Los recursos naturales

Los recursos naturales

El ser humano ha utilizado los recursos naturales para su subsistencia y desarrollo desde los inicios de la especie, pero la salud e integridad de los ecosistemas en que aquellos están inmersos resultan muy vulnerables ante su intervención, si ésta no se adelanta con las debidas precauciones y con base en un conocimiento adecuado. La humanidad debe aprovechar tales recursos sin menoscabar ese patrimonio natural y respetando las demás formas de vida con las que comparte su hábitat.

Son lamentables hechos tan nefastos como la cruel matanza de tiburones para exportar miles de toneladas de su aleta dorsal, tan apreciada y bien pagada en los países asiáticos; o el envenenamiento de cinco mil patos migratorios canadienses, en un pueblo de Sucre, con el despropósito inconfesable de venderlos clandestinamente, poniendo en peligro la salud de la población; o la tala de bosques naturales para establecer cultivos ilícitos, actividad destructora del ambiente, agravada por la profusa utilización de insumos químicos, cuyos residuos alteran el equilibrio ecológico y envenenan las fuentes de agua.

Pero no sólo es el afán de lucro el que ocasiona estos atentados contra la naturaleza. También lo hacen la imprevisión y negligencia como en el caso de los derrames de barcos petroleros, la demencia de la lucha guerrillera con la voladura de oleoductos, la pretensión de destruir cultivos ilícitos con glifosato, la obstinación de Estados Unidos en no suscribir el protocolo de Kioto que intenta reducir las emisiones de gases efecto invernadero y, en fin, un motivo muy triste y poderoso: la pobreza.

La pobreza ha ocasionado el deterioro de los suelos en zonas de minifundio andino por la sobreexplotación de los mismos durante muchos años y la no aplicación de una tecnología apropiada; es una causa principal del proceso de colonización en el que la falta de recursos impide al colono asentarse y lo obliga a una reiterada destrucción de los ecosistemas naturales; es un impedimento para que las comunidades propietarias de la mayoría de los bosques del país los aprovechen para su bienestar y progreso y, al mismo tiempo, los conserven para el futuro. En todos estos casos, la destrucción de los recursos naturales no ha resuelto el problema de la pobreza sino que cada vez lo hace más grave al mermar y agotar la fuente de unas precarias condiciones de subsistencia.

La necesidad de luchar contra la pobreza, propósito central dentro de las Metas del Milenio, y simultáneamente la de conservar y renovar los recursos naturales, hace ineludible la aplicación del concepto de desarrollo sostenible, según el cual no se logra un objetivo a costas del sacrificio del otro, sino que éstos se refuerzan y complementan para que el ambiente esté al servicio de la población, pero no en forma efímera sino perdurable.

El desarrollo sostenible, tan obvio y lógico en su concepción, no es tan expedito en la práctica. Demanda recursos económicos, conocimientos y decisión política que lo permitan y promuevan. Se requiere diseñar instrumentos que canalicen recursos hacia él e investigación científica, tanto tecnológica como socioeconómica, que genere el conocimiento necesario para hacerlo posible. El conocimiento es indispensable tanto para generar nuevas opciones que remplacen los recursos naturales no renovables cuando ellos se agoten, como para garantizar la recuperación continua y la sostenibilidad de aquellos que poseen la facultad de renovación de sus propiedades y de su capacidad productora de bienes y servicios ambientales.

En cuanto a la decisión política, es lamentable que el mandato sobre el desarrollo sostenible, consagrado en el artículo 80 de nuestra Constitución Nacional, y cuyo sentido permeaba claramente el proyecto de ley forestal, se haya ido desdibujando en el proceloso camino hacia su aprobación y adopción definitiva.

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