Secciones
Síguenos en:
Arrogancia de los principillos

Arrogancia de los principillos

Al principio tuve vergüenza de usar el privilegio de un espacio en EL TIEMPO para ventilar minucias personales, pormenores de latonería. Pensé que faltaba a la seriedad, a la responsabilidad del escritor. Me dije que era gastar mi pólvora en gallinazos. Pero me acordé de Homero cuando dice que la vida de uno solo cuenta la vida de toda su gente, y me pareció que la anécdota de carretera ilustraba males sociales y violencias gratuitas, que la hacen más difícil y sucia para los colombianos rasos como uno. Que nos incumbe a todos.

La cosa fue así. Yo subía por el camino veredal en mi jeep azul del siglo pasado, y en un recodo me encontré con una flamante camioneta Ford que me cerró el paso. Aunque la norma estaba de mi parte, el personaje que conducía había decidido no dejarme pasar, con mi hijo y mis naranjas recién cortadas.

Lo miré: mentón corto, pelo de cepillo, los ojos helados de quien guarda, quién sabe, el recuerdo de una humillación amorosa. De todos modos, me atreví a reclamarle mis derechos con firmeza. El hombre se limitó a decirme, a manera de disculpa, o de amenaza, ya no sé, que su carro era más pesado que el mío.

Descendí para echar un vistazo al camino. A ver si podía acomodarse sin sentirse humillado y encontrábamos una transacción razonable. Entonces, sin aviso, el hombrecito aceleró su mastodonte de lujo, y embistió mi carcacha con furia asesina. Escuché el rugido de su motor. El crujido de mis azules latas. Al volverme vi a mi hijo espantado, arrojado en un cafetal en flor.

Para su desgracia, mientras escapaba del escenario del delito, el tipo acabó también en la cuneta entre un revuelo de hojas.

Compréndanme. En el tono más áspero que encontré le recordé a su querida madre. El homúnculo bajó de su Ford desafiante, temblando. Yo pensé que estaba a punto de subir de peso dos gramos plomo y, como dice Virgilio, la lengua se me pegó a la garganta. Por el temor. La sorpresa. Y la ira santa.

Mi hijo, más inteligente que yo, me rogó, con olfato de buen sicólogo: –Vámonos de aquí. Que este señor está loco.

Llegaron los policías rituales. Trazaron el croquis de rigor. Aunque me concedieron la razón frente al tipo, nos aconsejaron un arreglo. Sabían por experiencia que el peor trato es preferible a internarse en los berenjenales de la justicia colombiana. El de la Ford estuvo de acuerdo. Y ofreció en medio de montones de quejas de pobre 200 mil pesos para reparar el destrozo: el cheque de un banco en Guaduas que recibí sobre todo como constancia de que no estoy mintiendo.

El arbitrario caballero, Alex Rodríguez, es ingeniero. Politiquea en el pueblo vecino de La Vega. Fue su alcalde. Y secretario de la gobernación de Cundinamarca del “Camaleón”, así le dicen con cariño sus perspicaces adversarios, Andrés González. Un prohombre pues de nuestra malagradecida clase dirigente que muerde la mano que la alimenta, es decir, la tuya y la mía. Y cree que los derechos de los demás son inversamente proporcionales a sus mezquinas prebendas.

Un incidente trivial. Sí. Cotidiano. También. En un país rastrero. Pero que describe rancias perversiones nacionales: la irracionalidad de nuestras jerarquías, y la condición de nuestros principillos reinantes en las periferias del poder.

Al volver a la casa, mi hijo magullado, el alma ofendida y asqueada por el oprobio, no sabía, lo juro, que en una película vieja que pasaron por televisión, iban a darme esa misma noche el broche de oro para rematar este artículo triste, en las sabias palabras de un viejo ingenio: el hombre es el único animal que se sonroja. O debería hacerlo.

eleonescobar@hotmail.com

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.