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Hogar de huérfanas de guerra

Hogar de huérfanas de guerra

Por más que la sicóloga le repite mil veces que no es así, Natalia Alzate Rendón* se siente culpable de la muerte de su mamá hace tres años largos, cuando ella tenía 13.

La adolescente recuerda con exactitud cronométrica que a las cinco de la tarde del 22 de septiembre del 2002 ambas leían un libro sobre las ánimas y les entró un frío de cementerio al escuchar tres motos con el acelerador a todo dar.

"Vienen por mí", le dijo Guillermina* a su hija mayor. Entonces tenía 38 años de edad y 8 meses de embarazo, con la certeza de que podrían ser sus últimas palabras.

En la humilde casa a bordo de carretera, estaban sus otros tres hijos: Dianita, de 2 años; Lucía, de 4, y Camilo, de 6.

A las 5:10 p.m., las motos rugieron frente a la residencia de los Alzate, que estaba abierta.

Exactamente diez minutos después, seis hombres se acercaron. La señora Rendón les preguntó si querían algo de tomar y el resto del interrogatorio vino del lado contrario. A las 5:30 le exigieron que los acompañara y ella obedeció.

"Me dijo que me entrara, que ella ya venía. Yo pensé que se la iban a llevar para la manga, pero al ratico mi hermanito me dijo que la tenían en la carretera. Ya me imaginaba que la iban a matar y empecé a rezar", cuenta Natalia.

A las 6:25 p.m. retumbaron tres tiros en medio del silencio y la oscuridad de El Libertador, un pequeño poblado a dos horas en carro desde la cabecera de Granada que llevaba dos meses sin electricidad por una torre tumbada.

Natalia confirmó sus temores al llamar a su madre sin obtener respuesta.

Encendió una linterna, le puso los zapaticos a Dianita, la tomó en brazos y corrió por un desecho llevándola a ella en un brazo y a sus otros dos hermanitos colgados del otro. La idea era evitar que vieran el cadáver.

En medio de una lucha perdida para que no se le agüen los ojos, Natalia se culpa de nuevo por no haber podido evitar que asesinaran a su mamá.

Hecatombe humanitaria En los corrillos de Granada se dice que el crimen fue la cuenta de cobro porque Guillermina desobedeció al Eln al sacar de la zona a los seis hijos más grandes y quedarse solo con los cuatro pequeños cuando le exigieron que entregara a uno para sus filas.

El día del entierro los subversivos asesinaron en un retén de control a uno de los 10 hijos de Guillermina, que se dirigía a despedirla.

Según el personero de Granada, John Jairo Ramírez, en ese municipio la guerra ha dejado más de 500 muertos desde el 2000. Aunque los eventos que más se recuerdan son la masacre de las autodefensas del 3 de noviembre del 2000 y la posterior toma de los frentes 9, 34 y 47 de las Farc, un mes y tres días después, cada uno con 23 muertos, luego se han presentado asesinatos, amenazas y desplazamientos menos estruendosos pero que profundizan el trauma para la población.

El alcalde, Diego Iván Aristizábal, confirmó que de 18.961 habitantes que había al iniciar el Siglo XXI, no quedan ni la mitad.

La hecatombe humanitaria deja también alrededor de 230 huérfanos, entre el 12 y 15 por ciento de padre y madre. La mayoría pasan al cuidado de abuelos y parientes pero no pocos quedan desamparados.

De ahí que el que antes fuera Hogar Juvenil Campesino Femenino de Granada transformó su carácter de internado para estudiantes de lunes a viernes hacia un hogar permanente cuyo rasgo principal es que la mayoría son huérfanas del conflicto armado: de 72, 13 no tienen ni p adre y madre y por lo tanto permanecen internas bajo el cuidado de cinco religio-sas; a 46 les falta alguno de los padres, y solo 13 los tienen a ambos pero no poseen recursos, por lo que pasan el día allí y duermen en sus casas.

Hoy se llama Hogar Campesino Femenino Niña María y ocupa el centro de una finca a unas cinco cuadras del parque. Consta de tres pisos, es amplia y cuenta con salones, dormitorios, unidad es sanitarias cómodas, corredores amplios y patios.

La institución la dirigen las Franciscanas de María Auxiliadora, en cabeza de la superiora Alba Jaramillo.

El sostenimiento corre por cuenta de las colonias granadinas, de Bienestar Familiar, de los aportes de la comunidad religiosa y de lo que producen en la misma finca.

Las Alzate Rendón llegaron allá 15 días después del fallecimiento de su mamá, pues aunque el papá vivía con ellas y todavía existe, nunca llevó la responsabilidad en la casa, y los tíos con su pobreza extrema solo pudieron encargarse de Camilo.

Dianita, la pequeña de ojos verdes y cabello castaño oscuro, no levantaba la mirada; se mantenía sola, sentada y cruzada de pies y manos. Las demás también permanecían retraídas, sin socializarse con las otras 9 niñas que habitan el hogar las 24 horas, según recuerda la hermana Alba, o mamá Albita, como la llaman las niñas.

"Otra de las niñas pasó seis meses en los que solo miraba a la pared y con frecuencia se daba golpes contra el piso y los muros", relata la superiora.

Lejos de ser particular, el cuadro refleja una constante en las niñas que transitan por los predios de las Franciscanas, pues en general llegan con la depresión a flor de piel, muchas se orinan en la cama, son irritables y violentas y no conversan con nadie.

Pero poco a poco, entre el cariño de las hermanas y las terapias de una sicóloga logran cambiar el panorama.

"Yo las dejo que boten toda la corriente que quieran (que cuenten su tragedia), y juego con ellas a las muñecas y a la comitiva", explica la hermana Alba.

El hábito y los 59 años de vida que lleva encima la religiosa, y una cojera fácil de captar a primera vista en su cuerpo de escasos 1,40 metros estatura, no les impide a las niñas jonjolearla con todo tipo de chanzas; ni a ella corresponder a los juegos que le proponen.

En la amplia edificación las niñas revolotean como mariposas, bien jugando o cumpliendo con alguna labor, pues como en cualquier familia, cada una debe colaborar.

La menor goza del privilegio de dormir en una silla-cama, al lado del catre metálico de 'mamá' Albita. En este momento esa gabela es para Dianita, quien vive pendiente de que su mami de la tierra –la hermana Alba– no se le pierda ni un minuto, y a punta de mimos y rabietas busca ser el centro del mundo.

En la casa no faltan el brindis con torta ni el canto de Happy birthday en los cumpleaños ni los traídos del Niño Dios.

Según la hermana Alba, el ambiente familiar que se respira es el elixir capaz de hacer que las niñas superen el trauma que les tocó pasar. Incluso, afirma –y ellas lo corroboran– muchas veces, de alguna manera, se sienten mejor que antes porque tienen asegurada comida y buen trato, algo que no siempre tenían entre sus familias biológicas

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