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Los amos del fútbol

Los amos del fútbol

(EDICIÓN BOGOTÁ) (PÁGINA

El matutino El Observador, de Montevideo, publicó el lunes último una investigación inquietante: 202 futbolistas uruguayos emigraron durante 2005.

Cifra récord en su historia. El más pequeño del mapa sudamericano exportó el equivalente a 18 equipos completos; a los 18 que militan en su Primera División. Lo que queda es imaginable: tierra arrasada. El sueldo normal de un atleta en ese país va de 450 a 900 dólares.

El 10 de diciembre último, en el cotejo Paysandú 1 - Deportivo Colonia 5, por el Torneo Apertura, se vendieron 8 entradas. La taquilla no alcanzó los 10 dólares.

Damián Macaluso, un correcto marcador de punta izquierdo (digamos un obrero del sudor) desechó una oferta de Peñarol para volver al país. Prefiere continuar en el Sambenedettese, de la Serie ‘C’ de Italia.

El diario deportivo Olé, de Buenos Aires, dio a conocer una curiosa y detallada estadística: los 1.543 goles convertidos por jugadores argentinos que actúan en el exterior durante el año que se fue. Sólo se menciona a los 301 que anotaron aunque sea un gol.

En una columna reciente dábamos cuenta de que los once mejores atacantes colombianos (la mitad de ellos de entre 20 y 21 años) defienden camisetas extranjeras.

La CBF (Confederación Brasileña de Fútbol) informó que durante el mismo período extendió pase al exterior a 1.200 jugadores. Entre ellos, Robinho y Cicinho...

Las tres máximas figuras del Perú destacan en Europa: Farfán en Holanda, Pizarro y Guerrero en Alemania. La dupla de ataque que presentará Paraguay en el Mundial (Haedo y Santa Cruz) presta servicios en el país de Gutenberg.

Ambos están allí desde los 19 años.

Juan Arango, el matador venezolano (hundió a Colombia en Barranquilla con aquel misilazo), aporta sus goles al Mallorca.

La situación es idéntica desde Ushuaia hasta Santa Marta. Los buscadores de oro llegan a estas costas, pasan el tamiz y se llevan las pepitas. Aquí queda un universo dominado por la nostalgia. Es ver crecer los hijos y decirles adiós. Lo verdaderamente triste es la perversa ecuación que se desprende de este éxodo pavoroso: cuanto más venden nuestros clubes, más pobres son. Recuerda aquella reflexión de Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina: “América se empobrecía produciendo café, Europa se enriquecía bebiéndolo”.

En 1989, Nacional de Montevideo arrastraba grandes deudas con su plantel. La dirigencia recurrió a la única solución que veía frente a sus narices: transferir a Daniel Fonseca, por entonces joven y promisorio goleador, y con ello saldar los haberes impagos. El viejo recurso de vender a los buenos para pagar a los malos. Un miembro disidente de la directiva preguntó: “¿Y por qué no vendemos a los malos y les pagamos a los buenos...?”.

Es lo que le preguntamos a nuestros directivos: si vender los hace cada vez más pobres, ¿por qué no compran? ¿por qué no cambian la estrategia? ¿no están hastiados de administrar la pobreza? Estamos creando en las mentes jóvenes la cultura de la mediocridad.

Nos asalta otra duda: ¿de qué sirve hacer fútbol así? ¿Cuál es el sentido? La palabra revolución suena subversiva, pero acaso haya llegado la hora de intentar algo diferente. El escenario económico no variará ostensiblemente en una década y Europa siempre ejercerá la fuerte seducción de sus encantos.

Un interrogante más: ¿para quién es este negocio? Para los clubes no. Ellos son la base de toda la pirámide del fútbol. Sin clubes no hay juego. El rédito es para inversionistas particulares que adquieren las fichas de los futbolistas por monedas y luego las venden en millones. Y para los jugadores, todos los que llegan a Europa, México o Asia trasponen el umbral de la riqueza. Son los amos absolutos de la actividad. Depositarios de todos los derechos, receptores del gran dinero, patrones de las decisiones, destinatarios de la fama y del cariño del público. Los únicos, además, que no se responsabilizan por la derrota. Para eso están dirigentes y entrenadores.

Los futbolistas justifican su poder en que son la parte esencial del juego.

En esto tienen razón, son tan esenciales como la pelota, los arcos, el inflador ..

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