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¿A mitad de camino?

¿A mitad de camino?

(EDICIÓN BOGOTÁ) (PÁGINA 1-13)

Durante los dos primeros años de su período, el Concejo de Bogotá aprobó, en medio de interesantes discusiones, todas las iniciativas de la administración de Luis Eduardo Garzón: el Plan de Desarrollo ‘Bogotá sin indiferencia’, un cupo de endeudamiento por 600 millones de dólares, los presupuestos del 2005 y 2006 y la contribución por concepto de valorización, que representará ingresos nuevos para el Distrito cercanos a los dos billones de pesos.

El resultado es favorable para la ciudadanía pues esos recursos se orientan a fortalecer programas y proyectos con impacto de mediano y largo plazo en educación, salud e inclusión social, así como a financiar un ambicioso plan de obras de infraestructura vial y espacio público. En tal sentido, puede decirse que el Concejo y la administración le han cumplido a la ciudad. Van ahora algunos comentarios sobre el proceso.

La composición actual del Concejo fue resultado de la primera experiencia de aplicación de la reforma política. La necesidad de cruzar el umbral disminuyó el número de listas (de 227 en el 2000 a 40 en el 2003) y presionó a los líderes de pequeños feudos electorales a agruparse. La distribución de curules con cifra repartidora premió los esfuerzos de aglutinación, modificando de forma importante la representación partidista en la corporación.

Así, el PDI obtuvo ocho concejalías en detrimento de la representación mayoritaria habitual del Partido Liberal y de los distintos movimientos de origen conservador, lo que presagiaba un importante respaldo a la gestión del Alcalde por parte de su bancada. Una especie de gobierno de partido con una cualificada, hábil y bien diferenciada oposición en el cuerpo plural de representación de la ciudad.

Sin embargo –y en contra de esa visión optimista–, la ya tradicional personalización de nuestra política (de la que aún no escapan las nuevas fuerzas), aunada a la debilidad de la reglamentación del régimen de bancadas, ha concluido en un escenario de negociación Concejo-administración en el que se privilegian capacidades individuales de influencia y de persuasión de curtidos concejales de Bogotá sobre sus compañeros, tanto como la atención de demandas particulares de grupos o sectores específicos de la población representados por algún concejal en ejercicio.

La adscripción partidista y la negociación programática fueron más bien marginales a la hora de consolidar mayorías en torno a las iniciativas de la administración distrital. Pero los proyectos clave fueron aprobados, ¿entonces? Pues la evidente inestabilidad que produce esta negociación personalizada de los apoyos se une a las dificultades que experimentan los electores para exigir cuentas a sus representantes. Esto refuerza el microempresariado electoral que asegura su reproducción política por la vía de atender demandas particularistas de sus votantes antes que por la estructuración y sometimiento al escrutinio público de modelos de desarrollo urbano, de inclusión social, de inserción en la globalización, de desarrollo económico, para poner algunos ejemplos, a través de partidos políticos. Democracia de largo aliento, pero más profunda y vigorosa.

El 2006 es año electoral y, hasta el momento, se sabe de por lo menos seis destacados concejales que lanzarían sus candidaturas al Congreso. La agenda financiera de la administración ya ha sido tramitada y el gobierno distrital empieza la segunda mitad de su mandato. Con partidos débiles, nuevas caras significan el ‘eterno retorno’: aprender, posicionarse ante el electorado en el tiempo que les queda y, con algo de suerte y mucho de habilidad, llamar la atención de la administración. Esta situación y el debate electoral que se avecina podrían hacer del control político el protagonista del año.

* Coordinadora del proyecto ‘Concejo Cómo Vamos’, patrocinado por la Fundación Corona, la Cámara de Comercio de Bogotá y la Casa Editorial EL TIEMPO

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