EL MAGDALENA, PASO A PASO

EL MAGDALENA, PASO A PASO

El niño vivía obsesionado por el arco iris y por el nacimiento de los ríos. La inocente travesura degeneró en tragedia familiar. Intentaba escaparse. Un día ocurrió lo temido. Como era hijo de su papá, la búsqueda fue intensa y generosa. Lo encontraron aterido y hambriento casi llegando al páramo. Había remontado el río Quindío. Acogió la llegada de sus salvadores a patadas. Han pasado precisamente muchos años desde aquella premonición de mi niñez, y el porqué del nacimiento de los ríos ya no me desvela. Alcancé esta verdad universal: lo que no entendí de niño, ya nunca lo comprenderé. La ciencia complica las cosas. Pero el misterio me sigue apasionando. Remontar el Magdalena hasta su cuna de páramo no es una expedición o aventura. Es como marchar, ahondar hacia uno mismo. Y apostamos por este desafío.

10 de noviembre 1991 , 12:00 a. m.

Llegamos, pues, con Juan Camilo Garibello y John Alexander Bejarano a San Agustín. Alvaro León Monsalve, director del Parque Arqueológico, nos brindó todo el apoyo logístico.

La primera etapa, con el río todavía muy lejano allá en su cañón vecino a la carretera, son los 27 kilómetros en chiva hasta el pueblo de Quinchana. Aquí ya el río comienza a ser familiar y permite los tuteos, es adolescente y limpio. Subimos a una meseta que domina el pueblo y visitamos un cementerio indígena de la cultura agustiniana. Una mujer, con rostro humano, da a luz. La estatua es prehispánica y contrasta con las muecas y dientes felinos de las esculturas del valle del Alto Magdalena. Siempre he creído que si los científicos y antropólogos hablaran a las estatuas más con el corazón y menos con el carbono 14, ellas revelarían sus secretos.

Esta primera noche la pasamos en ambiente campesino, en casa de Cecilia de Martínez y su esposo Roque. Ternura, sufrimiento, resignación y sabiduría, además de profunda belleza revela el rostro de esta mujer, endurecido por el trabajo recio del campo. Cómo se esmeró para que los señores de la ciudad tuvieran una confortable posada. Nos dio la mejor cama... No importa que esa noche se desbaratara con escándalo general.

Temprano, al día siguiente, llegó Liborio Muñoz con sus hijos Nelson e Indalecio. Traía, además, una mula y un caballo blanco. Indalecio, el menor, montaría el caballo, y la mula (siempre las mulas) cargaría nuestros morrales. Y nosotros? Libres para admirar el paisaje y sumergirnos en la frescura del bosque.

Nos separan 27 kilómetros de la Laguna de la Magdalena. Haremos dos etapas. Los indios, desde tiempo inmemorial remontaban la cordillera por esta misma ruta, uniendo así los valles del Magdalena y del Cauca. Sebastián de Belalcázar cruzó por aquí mismo. Al otro lado del puente colgante y cimbreante sobre el río Quinchana se inicia el fuerte ascenso. Fincas, niños campesinos de mejillas coloradas, perros bullosos... pero, poco a poco, se restablece el silencio, roto de vez en cuando por los gritos de los campesinos que bajan madera. Aparentemente el bosque se ve intacto, pero ya dentro de él se aprecia la barbarie. Los árboles grandes, los que sostienen la techumbre vegetal, caen día y noche bajo el hacha y la sierra. Qué vaina! Los cuatro artículos de la nueva Constitución sobre el medio ambiente, para qué sirven? Viene luego el fuerte descenso al río Magdalena y a su rústico y bello puente de Barandillas. Nos dijeron que eran 16 curvas de bajada. No las contamos. Ya estamos por cuenta del bosque total. Helechos gigantescos que semejan parasoles de faraones egipcios, quiches, chusques, flores escandalosas, hongos... Es el esplendor de la vida. Y nosotros, allí, representando el papel de los postreros seres que llegaron a poblar la Tierra en su último cuarto de hora.

Con la tarde, el bosque se torna más sugerente y se puebla de divinidades, mientras nosotros, en éxtasis total, nos llenamos de ensoñaciones. Un perro, ya muy arriba, desbarató el encanto dejando en la pierna de Juan Camilo su firma dolorosa. Maldito. El perro. Río de pañales limpios A las seis horas hemos llegado a la posada de Alvaro Palechor. Hay cordialidad y simpatía. Memorable aguapanela con queso. El ambiente es fresco y las estrellas brillan como si fuera su primer día. Hace tiempo pasó por aquí un muchacho medio loco, o loco del todo es Palechor el que cuenta. Y casi sin ropa y sin comida, dijo que iba para la laguna. Tratamos de disuadirlo. A los tres días lo encontraron medio muerto . Las historias y cuentos se desgranan pero el sueño nos vence, a pesar de que un campesino, seguramente despechado, llegó y sentado en la cocina durante toda la noche a épico volumen repitió hasta el infinito: Mujeres, oh mujeres tan divinas!... .

El segundo día de marcha nos recibió con un amanecer violento: brochazos de amarillos recorrían el cielo. Aquello era vida! Pero el caballo se había volado por la noche. Tan flojos estos caballos de ahora, no son como los de antes. Un campesino madrugador nos contó que hacia las cuatro lo vieron pasar por el sitio en donde el perro mordió a Juan Camilo. A nuestro regreso completaríamos el recorrido del caballo blanco: en una jornada regresó hasta San Agustín, sin detenerse en los pastizales de Quinchana y despreciando las yeguas que suspiraron al verlo pasar. Indalecio seguiría a pie. Entramos al bosque de niebla. Ella lo envuelve todo, hasta el alma. Aquí la humedad ambiental es casi total, por ello los bosques son vitales para nuestros ríos. En Colombia ha desaparecido bajo el hacha el 92 por ciento. Cómo no dolerse? Cruzamos varios afluentes del Magdalena. Lo llevamos al lado, es un río niño. Lo miramos con ternura. Entramos por un cañón muy estrecho. Al frente hay una cascada de quizás 200 metros, la vegetación pierde altura. Señal de indicio , como diría Andrés, el arriero antioqueño que fue mi padre. Estamos llegando al páramo. Grandes helechales, los primeros frailejones, y están florecidos. Qué más quiero? Un cráneo de caballo. Erase un borracho que quiso atravesar la cordillera de un solo tirón. Al llegar al páramo, se fundió el caballo. Y el borrachito? Ya se sabe, Dios les ayuda. Lo llaman Páramo de las Papas por su riqueza en este tubérculo, y de las Letras, porque los viajeros dejaban nombres y letreros por doquier.

Tomamos el camino viejo , hacia la izquierda; el de la derecha lleva directamente a la laguna. Establecemos nuestra carpa en un alto desde donde divisamos tanto la laguna del Magdalena como la de Santiago. Liborio y sus hijos descenderán del páramo a la posada de Loyola. Nos encontraremos para el regreso.

Días antes, en la profunda selva del Vaupés, entre los ríos Kuduyarí y Querarí, los tres nos preguntábamos: Qué será lo primero que haremos cuando lleguemos a la laguna? Y la respuesta unánime fue: abrirnos de piernas para que el río mayor de la patria, la cloaca máxima del país fluya bajo nosotros. Ya habíamos llegado, un ciclo se cerraba. Al menos para nosotros, que nos emocionamos con estas tonterías , aquello era íntimo: estábamos mirando nuestro río medular, en su cuna, y con pañales limpios. Daba gusto.

Detrás de la laguna se levanta el cerro de Las Tres Tulpas. Lo ascendimos y desde él miramos hacia el norte los volcanes de Sotará, Puracé, Coconucos y Pan de Azúcar. Ellos forman el núcleo del Parque Nacional del Puracé, donde nacen los cuatro ríos-estrella de la patria: Magdalena, Caquetá, Patía y Cauca. El páramo, en primera fila Aquella noche vivimos un atardecer indescriptible. Se formó una ventana de nubes en el cielo y por ella fue cayendo el sol. Una hora, a casi 10 grados bajo cero, estuvimos allí, pagando primera fila. John Alexander había encontrado dos ranitas que se calentaban en un frailejón, y permanecían montadas, largo rato. Tan pícaras ellas.

Fueron tres días en el páramo. A dos kilómetros en línea recta de nuestra carpa nace el río Caquetá, otro de los gigantes de Colombia. Recibirá el Caguán y el Orteguaza, y el Cahuinarí y el Yarí y el Mirití y el Apaporis y, con el nombre brasileño de Japurá, irá a buscar, ya viejo, su muerte en el Amazonas. Nace e inmediatamente se despeña, pobrecito, por una cascada de veinte metros y recorre un valle estrecho, idílico, para alejarse del páramo.

A veinte minutos de nuestra carpa se encuentra la Laguna de Santiago, más grande y hermosa que la del Magdalena. Aguas negras, límpidas, bosques que la acunan y un farallón potente de roca que la defiende. De quién? Desde el Cauca la subida al páramo es más cómoda, pero menos emocionante. Siete horas en bus desde Popayán hasta Valencia y luego una hora a pie hasta el páramo. Al descenso nos hospedamos nuevamente donde Palechor. Veníamos impactados por la historia del muchacho que fue tragado con su cabalgadura cerca de la Laguna de la Magdalena por los chunquiales , o barrizales. Topamos en la posada con dos suizos y un alemán que querían conocer la cuna de nuestro Magdalena. Siempre los extranjeros conociendo nuestro país! Y los nacionales? Con valiosas excepciones que aumentan en número, viven desesperados por la ciudad más bella de Colombia: Miami.

Al llegar al puente de Barandillas iniciamos el gran ascenso y las mentadas 16 vueltas. Cómo las cuentan aquí? Para nosotros fueron cuarenta. Cómo no visitar a doña Cecilia, la campesina que nos encantó y nos hizo recordar la ternura de nuestras madres? Fuimos a decirle que fue bueno para nosotros haberla conocido, como grande en nuestras vidas haber arrullado al río Magdalena recién nacido. El, que es contemporáneo de las estatuas de piedra de San Agustín y, como ellas, sabe muchas cosas de volcanes, bosques y geologías.

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