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La vejez de J.M. Coetzee

La vejez de J.M. Coetzee

(EDICION BOGOTA) No ha de ser fácil recibir el premio Nobel y, tras esto, continuar la vida como si nada hubiese ocurrido. Sentarse a escribir sabiendo que los ojos de muchos se clavarán en las páginas escritas y que cada yerro, cada desatino, cada falla por leve que sea, serán divulgados como si se tratara de una odiosa bestia a la que es mejor encerrar tan rápido como se pueda antes de que se exhiba al mundo.

Hombre lento, la más reciente novela del escritor y premio Nobel surafricano J.M. Coetzee, está lejos de ser una bestia, claro. Y resulta difícil que alguien quiera ver en sus páginas un gruñido de desilusión.

Primero está la historia. Una historia desde el comienzo estudiada y macabramente sencilla: En uno de sus paseos habituales en bicicleta por Magil Road, el fotógrafo sesentón Paul Rayment es atropellado por un carro que lo hace volar por los aires. Cuando recupera la conciencia, Rayment se descubre a sí mismo tendido en la cama de un hospital. Ignora cómo ha llegado hasta allí y tampoco sabe qué está pasando a su alrededor. Hasta que el médico de turno lo rescata de su invalidez mental, diciéndole que ha sufrido un accidente y que su rodilla, señor Rayment, su rodilla ha quedado “un tanto maltrecha (...) Vamos a tener que amputar, pero salvaremos lo que podamos”.

En un chasquido de dedos, en un giro agrio e imprevisto del destino, Rayment pierde su pierna (¿la derecha, la izquierda?, ¿acaso es útil el dato?) y es dado de alta del hospital, no sin antes recibir un consejo providencial por parte del equipo clínico: para su bien, y el de su muñón, lo mejor será que contrate a una enfermera. Una mujer capaz de velar por él, habida cuenta de que es un hombre solo. Así llega a su vida Marijana Jokic.

Hasta ahí la historia que Coetzee ofrece en ésta, su segunda novela publicada luego de obtener el Nobel en el 2003. Un hombre que pierde una pierna en un accidente tonto y que queda al cuidado de una mujer. Nada más allá de lo normal. Nada fuera de lo común. De hecho, en el empaquetamiento, nada que difiera de las obras anteriores de Coetzee en las que las historias avanzan a partir de una premisa simple y sin ambages.

Por ejemplo, el profesor que en Desgracia es expulsado de la universidad por un desliz amoroso con una estudiante; o el magistrado que en Esperando a los bárbaros termina en la cárcel por seguirle los pasos a una anodina prisionera que lo cautiva.

Con Hombre lento, Coetzee sigue siendo el emperador de esa única y privilegiada isla donde sus historias parten de un traspié, un yerro, una nadería, para revolver de cabo a rabo la condición humana y así mostrarnos lo que significa vivir en un mundo regido por un manojo de leyes que cambian y mutan alrededor del absurdo. He ahí todo su mérito. Su microcosmos.

Aunque en Hombre lento deje preguntas sin resolver (“no es una desgracia, pero sí una desilusión”, decía el Washington Post), también lo es que en esta novela Coetzee da muestras de su maestría a la hora de tejer un relato mediante una prosa que roza la perfección. De ahí que la sentencia del New York Times no pueda ser más alentadora: Hombre lento es una novela “maravillosamente escrita”.

Una fortuna no sólo para Coetzee, que pasa la prueba de los autores post-Nobel con una novela que supera a su predecesora, la agrisada y catedrática Elizabeth Costello, sino para sus lectores, que tienen a la mano una excusa más para visitar la isla de las historias humanas donde el surafricano es amo y señor.

hombre lento j.m. coetzee mondadori 259 páginas

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